Cultura

Irma Cuña: la joven poeta

Es una calurosa mañana de febrero, del recién comenzado año 2012 y el periodista busca en los estantes polvorientos antecedentes de la explotación petrolera en Plaza Huincul. En el depósito conviven toda clase de originales: documentos legales y contables, diarios, revistas, copias mecanografiadas en papel manteca, libros copiadores de administraciones territorianas.

Llama la atención una estantería desvencijada donde las cajas de cartón hacen pilas en dudoso equilibrio. Una de ellas tiene una deslucida etiqueta manuscrita, POETAS NEUQUINOS, con varias carpetas en su interior.

Entre las pertenecientes a Milton Aguilar, Juan José Brión y otros, una carpeta tamaño oficio lleva un rótulo que dice IRMA CUÑA. Son textos de la joven poeta ya graduada en la Universidad del Sur, en Bahía Blanca, donde dejó atrás el valle y los álamos, el viento omnipresente. Y ahora aparece aquí, en las colecciones previas y contemporáneas a Neuquina, su primer libro, de 1956. Son poemas de la prehistoria de la poeta: mucho más que borradores, aunque algunos fueran descartados de sus ediciones posteriores (ver nota).

Un ejemplo es el siguiente poema, fechado a mano el 25 de enero de 1952. De este poema se publicó sólo la primera estrofa dividida en un cuarteto y un dístico, con el título "Álamos", en la edición de El riesgo del olvido, que recopilaba su obra poética publicada, en la sección "Otros poemas" (Neuquén, ediciones de la Municipalidad, 1992):

¡Álamos de mis canales,

álamos altos, jugosos

de una savia de panales

que los vuelve perezosos!

¡Cómo amé yo los umbrales

de sus cuerpos rumorosos!

¡Álamos de mis canales!

los del vaivén vagoroso!

¡Cómo ignoraba los males

del mundo triste y tedioso

cuando a sus sombras iguales

dormí mis sueños hermosos.

Álamo fresco: no exhales

voces de niño medroso;

también yo sorbo mis sales

y callo, y sigo animoso.

¡Vuelve a llenarme los ojales

de sombra y sol, este pozo!

¡Álamos de mis canales!

Hondos, largos, generosos.

Ya curaron las señales

que, en tu tronco de coloso,

terca mano, en diagonales

ahondó, ¡caso curioso!

¡que el hombre siempre apuñale

lo más amigo y hermoso!

Alamedas desiguales

del verde oscuro y gozoso.

¡Álamo fiel! no propales

este lamento afectuoso.

¡Sombra azul de mis canales

ebria de viento oloroso!

Esta poeta tiene 24 años, un diploma y Neuquina, su primer libro, que acaba de aparecer en Bahía Blanca. Vuelve a su ciudad natal, donde la vía del ferrocarril es una grieta que divide al alto del bajo. En el Neuquén territoriano los ciudadanos son de segunda: no votan; sus autoridades son elegidas por un presidente lejano, ajeno y extraño que reside en Buenos Aires.

En la carpeta hallada, hay un comentario publicado en la revista Neuquenia de septiembre u octubre de 1956 sobre su primer libro. Además, se conserva la fotocopia de una reseña de la conferencia que Irma Cuña ofreció en la biblioteca Juan B. Alberdi sobre "valoración de la poesía" en Federico García Lorca. Es septiembre de 1956, y ésta será su primera actividad pública en Neuquén tras su graduación. Curiosamente, hacia finales de los años noventa, presentará su libro El Príncipe en ese mismo edificio.

En esos textos previos a su primer libro, guardados con el orden que le dieron la poeta y el azar, está configurado el posterior crecimiento de una obra poética singular. Poemas inéditos, varias versiones del mismo texto; originales que luego pasaron corregidos a las ediciones formales y, en conjunto, configuran una obra enjuta pero honda, un descarte y un recorte elaborados en partes iguales por la autora y por el tiempo.

Estos textos primeros permiten asomarse al desenvolvimiento de su poesía: de un regionalismo puro con grandes influjos de la poesía española tradicional, Irma Cuña va a sortear una fácil integración a la generación del 40 en la Argentina y a la que debería pertenecer por afinidad estética y por fecha de nacimiento. Sin embargo, ya en estos textos está su indagación en la poesía latinoamericana desde antes de la conquista y el desastre español; la búsqueda incipiente de la utopía no en el futuro sino en el pasado aborigen. Es decir, en estos textos, Irma Cuña llegó a esbozar las líneas de su gran obra posterior, como es el caso de "Ríos", fechado en forma manuscrita el 8 de febrero de 1952, en los recortes.

Ríos largos de mi valle,

ríos hondos e impetuosos;

como en el joven la sangre

bulle la espuma en sus lomos.

¡Cuánto son para mí amables

las claras aguas del hondo

cauce azul que todo invade!

¡Ríos anchos, sonorosos!

Ríos bordeados de sauces,

de álamos y de algarrobos,

con verdes islas y graves

murmuradores arroyos.

¡Cómo les sois de suaves

al corazón ardoroso!

Ríos que hicieron oasis

del desierto triste y hosco:

la piedra volvió paisaje

y el monte se hizo obsequioso.

¡Ríos amigos del valle

más querido y más hermoso

de los argentinos valles!

A aquella raza de asombro

que se surcó, ya no aguardes.

Solo en nocturnos retornos

sus almas rozan tus cauces.

¡Ríos bravos de mi valle,

nostálgicos del indiaje,

cómo me sois generosos!

Si bien con su reinstalación en la ciudad de Neuquén hacia finales de los años ochenta, las ediciones de Irma Cuña no tuvieron un crecimiento cuantitativo -el volumen con su Poesía junta, del año 2000 tiene apenas 190 páginas y sólo hubo un par de plaquetas posteriores-, su obra continuó en avance. Sus amigos y discípulos atesoran aun hoy día versiones diferentes de poemas que jamás vieron la edición ni fueron recopilados en parciales colecciones. Es como una continuidad de la carpeta que el periodista acaba de encontrar en el Archivo Histórico de la provincia: la obra crece en espiral, vuelve sobre los mismos temas y los mismos textos hasta encontrar la expresión justa. En la joven poeta está la maestra, la que sabía que su voz tendría oyentes, la que confiaba en que su palabra la trascendiera.

Eso ocurre con la "Suite del viento", una selección aparte en la serie que deslumbra al periodista. Está mecanografiada y sugiere una continuación que no se ha hallado. Los textos están separados por líneas completas a todo lo ancho de la página. Parece preparada por otra persona, a encargo de la autora. Aborda tópicos de la poesía de Irma Cuña, especialmente en los libros Neuquinay Cuando cae la voz. No tiene una continuación, aunque la sugiere:

(Primera parte)

Golpeaba el agua nueva en los canales.

La savia abría surcos.

El sol alto

deslumbraba el azul.

Dormía el médano

su lento ardor de arena inapresable.

Sobre la barda gris, la barda roja y la barda amarilla

se miraban

la espina breve, el ojo de la piedra

y una flor:

-recordábanse las alas.

Pero nacía el viento,

el viento grande,

y sólo el viento,

el viento,

devoraba

--

Sólo ha quedado el viento.

El agua sacia el mar o las arenas.

El fuego arde en el sol.

La tierra es polvo

con rencor de semillas.

¿Pero el viento?

Sólo el viento inasible.

También la roca.

La primera roca.

Derretida en los fuegos,

sepultada en la tierra,

taladrada en el agua.

Sólo el viento.

--

No queda más que el viento,

Y la inutilidad de la semilla ardida.

Vinieron lluvias mansas como colinas,

lluvias lentas como árboles.

Después el huracán,

y el agua golpeaba con sus ramajes rígidos.

Fue en otra eternidad.

El río corre entre murallas,

fluye,

fluye,

fluye,

nacido del olvido de los cauces.

No queda más que el viento.

El viento sin mesetas.

El único posible.

El viento entre las piedras.

Tuvo el agua en las manos,

la cabeza en las nubes,

y la arena: el olvido,

y el álamo: el silencio.

Ama el viento.

El viento único.

El terrible viento.

--

El viento único.

El viento innumerable.

La ráfaga.

La ráfaga.

La ráfaga.

Así, desde estas páginas amarillas por el tiempo, algunas repetidas en carbónicos azules, con tachaduras y correcciones, manuscritas en tinta muchas de ellas hasta la obra final, Irma Cuña se proyecta como la poeta imprescindible que es para la literatura patagónica en particular y argentina en general. Los poetas y escritores regionales encontraron y encuentran que en Irma Cuña se abre y demuele esa doble frontera constituida por un regionalismo casi folklórico y la municipalización encubierta establecida desde Buenos Aires y otras metrópolis, que excluye lo que no se produzca en sus territorios. Para estos "faros de la cultura oficial", el resto es un presunto desierto hasta que demuestre lo contrario (ver nota).

Hay un texto manuscrito, "El cactus", que apareció publicado, con modificaciones, con el título de "Cactus", en Neuquina. En la tercera estrofa, después de la palabra "raíces" va punto aparte y le sigue un verso en mayúsculas. El primer verso de la cuarta estrofa, en el libro, dice: "Pero en esas mañanas de las bardas" y, finalmente, en la última estrofa, el final del segundo verso dice: "y caldeados".

Ha crecido en el pulso de la arena

su grisáceo verdor de espina aguda,

y retoña oprimido y valeroso

el colmado silencio de su pulpa.

Su mirada es de sueño eternizado

porque el viento no logra estremecerlo:

se ha aferrado a la tierra como un hijo

sin caricias y en medio del desierto.

Yo he escuchado su queja inexpresada

y he admirado el vigor de sus raíces;

no es hermoso, ni grato, ni amigable;

sólo espera de Dios y a Dios recibe.

Pero alguna mañana de las bardas

en que el sol se recrea entre las piedras,

ha estallado su flor de seda roja

en la espina durísima y reseca.

Y entre tanto oleaje indiferente

de arenales dormidos y callados,

esa flor lucidísima y despierta

es un grito potente hacia lo alto.

Con Irma Cuña, el cuarzo sepia, la rosa de arena, los ónices verdes y ocres cobraron la misma vida que los álamos del valle y las gentes que pueblan estas tierras. Su voz tuvo su estatura: alta y cerril; suave y plebeya; dulce y cimarrona. Los críticos dirán que es el epítome de la poesía patagónica. Si ese término algo significa, para quienes leen, escriben y viven en esta región, la obra de Irma Cuña es mucho.

Datos biográficos:

Irma Cuña nació en Neuquén, en septiembre de 1932. En esa ciudad murió en mayo de 2004.

Después de sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal, cursó la carrera de letras en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca, donde fue discípula de Ezequiel Martínez Estrada.

De esa universidad obtuvo una beca que le permitió estudiar oralidad y escritura en Francia. Inició allí su tesis sobre Pedro de Urdemales que concluyó en México, donde también redactó su tesis doctoral en literatura española.

De regreso en el país, a mediados de la década de 1960, se casó con Enrique Silberstein, economista y periodista. En 1975, junto a su esposo debió exiliarse en México debido a las amenazas sufridas por parte de la Triple A. En 1997 fue designada miembro de número de la Academia Argentina de Letras en representación de la literatura patagónica.

Obras: Neuquina(1956); El riesgo y el olvido (1962); Cuando la voz cae (1963); Menos plenilunio(1964; Maneras de morir(1974); El extraño(1977); La divisa del emboscado(1982), todos reunidos, con textos inéditos en El riesgo del olvido, publicado por la municipalidad de Neuquén en 1991, con prólogo de Gerardo Burton. En 1999 hubo dos ediciones simultáneas de El Príncipe, largo poema sobre mitos mexicanos que había quedado traspapelado en su archivo. Luego hubo dos ediciones antológicas, una publicada por Último Reino en 2000 -Poesía junta- y otra del Fondo Nacional de las Artes. Simultáneamente, continuó editando en plaquetas: Angélicos, 1999; estar en Ti, 2001; Poesiestrenar(fotocopias) 2004, todos por Arteletra, de Guillermo Inda. Tras su fallecimiento, la municipalidad de Neuquén publicó Patagónica y otros poemasy el Fondo de Cultura Económica, una antología titulada Pasajera del viento.

Fuente: Va Con Firma