Doña María Epul, la machi mapuche de Chubut con la que Perón quiso curar a Evita
Por Andrés Bonatti
En un remoto paraje de la Patagonia, una curandera mapuche se convirtió en la confidente espiritual de la familia más poderosa de la Argentina. María Epul de Cañuqueo, machi de Cerro Negro, fue la mujer a la que Juan Domingo Perón confió la salud de su madre y a la que incluso recurrió para que atendiera a Evita en los momentos más duros de su enfermedad.
Su historia revela un cruce inesperado entre la medicina ancestral indígena y la política de alto nivel a mediados del siglo XX.
Para comprender la magnitud de ese encuentro es necesario detenerse primero en el rol que las machis desempeñan dentro de la cultura mapuche. Desde muy jóvenes, estas mujeres aprenden los saberes ancestrales, los mitos y las tradiciones indígenas, un conocimiento que las prepara para convertirse en guías espirituales de su comunidad.
Son más que curanderas o sanadoras: unen a las personas de su pueblo con el mundo de los dioses, mantienen el equilibrio entre los humanos, la naturaleza y las fuerzas que rigen el universo.
Tras la campaña militar conocida como «Conquista Del Desierto» (1878 y 1879), muchas de estas mujeres fueron asesinadas, perseguidas o encarceladas, porque representaban el poder espiritual de una cultura que desafiaba el modelo de civilización impuesto.
Sin embargo, el rol de la machi sobrevivió a la conquista: superó los obstáculos, se adaptó a nuevas condiciones y permaneció vivo en las comunidades que lograron resistir.
María Epul de Cañuqueo fue una de esas machis. Nació a fines de 1881 en una comunidad mapuche del sur de Chile. Desde pequeña su vida quedó marcada por un episodio que sus descendientes recuerdan como una señal: a los cinco años se perdió en el bosque durante varios días y fue hallada inconsciente, aunque sobrevivió.
La machi de la comunidad interpretó aquel suceso como un anuncio: la niña tenía el don de sanar y, con el tiempo, se convertiría en guía espiritual. El presagio se cumplió, porque María llegó a ser una machi cuyo prestigio trascendió las fronteras de su pueblo.
A comienzos del siglo XX, su familia cruzó la Cordillera de los Andes para asentarse en Gualjaina, en el noroeste de Chubut. Allí, María aprendió de su madre los secretos medicinales de la naturaleza y la importancia de la fe en el proceso de curación.
En Gualjaina conoció a Francisco Cañuqueo, con quien se casó en 1911 y tuvo cuatro hijos: Celestina, Antonio, Bernardo y Andrés. Ocho años después, la familia se trasladó a Cerro Negro, un paraje de la meseta patagónica rodeado de coirones y jarillas.
En su nuevo hábitat, María repartía sus días entre el cuidado de la huerta, la granja, el ganado y la crianza de sus hijos.
Cuando sus ocupaciones se lo permitían, también atendía a quienes llegaban a su casa buscando ayuda. Sus primeros pacientes eran, en su mayoría, vecinos cercanos que conocían su historia y confiaban en el don que le había sido revelado en la infancia.
Los relatos sobre sus curaciones comenzaron a viajar más allá del paraje. Hombres y mujeres de comunidades distantes emprendían largos trayectos para llegar hasta su casa.
A medida que su fama crecía, las tareas de la chacra fueron quedando en manos de su familia, y María empezó a dedicarse de lleno a su labor como machi.
No sólo ofrecía remedios y atenciones a los enfermos, sino que también oficiaba las ceremonias sagradas de su pueblo. Entre ellas, el Nguillatún, una celebración comunitaria para agradecer, pedir por la salud y el bienestar, y reafirmar los lazos espirituales con la tierra y los antepasados.
Doña María, como todos la llamaban, atendía en su rancho de adobe con una condición: el paciente debía tener fe; de lo contrario, prefería no atenderlos. Les pedía que llevaran siempre un frasco con su orina, "las aguas", que ella colocaba junto a un haz de luz para examinar.
En minutos podía diagnosticar y recetar hierbas. Hablaba únicamente mapudungún, por lo que su hijo Bernardo traducía cada consulta. A cambio de su ayuda no pedía dinero, aunque recibía obsequios, y cuando la enfermedad excedía sus posibilidades, enviaba al paciente a un médico.
Cerro Negro dejó de ser un paraje tranquilo, poblado por un puñado de familias campesinas, para convertirse en un lugar con un crecimiento inaudito. Se construyeron viviendas, comercios y hasta una escuela que llegó a albergar a más de 30 niños.
El autor es un apasionado por las historias ancestrales
"Una prueba del movimiento humano que se dio por aquí está dada por la existencia de alrededor de 150 tumbas en el hoy cementerio abandonado. Se observa, además, una llamativa presencia de botellas de todo tipo y tamaño. Son los restos de cientos de personas que transitaron por aquí y alguna vez habrán buscado los remedios de la abuela. Dan otra prueba más de lo distinta que fue la vida en este lugar en aquella época con un importante número de pobladores estables", relata Antonia Ñanco, nieta de la curandera, en su libro "Doña María Epul de Cañuqueo. Machi y Camaruquera de Cerro Negro", que publicó en el año 2006.
La demanda de los pacientes fue tan grande que las autoridades del pueblo tomaron la decisión de construir una pista de aterrizaje de aviones. El lituano Casimiro Szlapelis, pionero de la aviación en la Patagonia, fue uno de los pilotos que con su aeroplano aterrizó varias veces en Cerro Negro, trasladando a personas de la alta sociedad que deseaban atenderse con María.
Durante los primeros meses de 1950, el nombre de María Epul de Cañuqueo llegó a oídos del presidente Juan Domingo Perón. El mandatario seguía con inquietud la evolución de la salud de su madre, Juana Sosa Toledo, aquejada de una diabetes que avanzaba sin tregua, y comenzó a considerar la posibilidad de confiar su tratamiento a la célebre curandera mapuche.
En más de una ocasión, Perón había reivindicado públicamente su ascendencia indígena por línea materna y decía sentirse orgulloso de esa herencia. Reconocía, además, el valor espiritual y terapéutico de las machis en sus comunidades.
Sin embargo, ese discurso convivía con hechos que mostraban distancia: se mantuvo indiferente frente al reclamo del Malón de la Paz en 1946, y guardó silencio tras la masacre de Rincón Bomba en 1947, donde fueron asesinados integrantes de la comunidad pilagá en Formosa.
Aun con esas contradicciones, en el plano personal Perón decidió confiar en los saberes de una machi mapuche para velar por la salud de su madre.
Así fue como Juana Sosa, que residía en Comodoro Rivadavia, viajó varias veces a Cerro Negro para atenderse con María Epul. Testimonios incluidos en el citado libro de la nieta de María Epul aseguran que la madre de Perón mejoró su estado de salud, que pudo volver a caminar y que cada vez que regresaba a su ciudad se sentía fortalecida y agradecida por los cuidados recibidos.
Por esos años, Perón también estaba preocupado por su esposa Eva, a quien le habían diagnosticado cáncer de cuello uterino. Motivado por las mejoras que veía en su madre, el jefe de Estado intentó llevar a Evita hasta Cerro Negro para tratarla con la machi, pero el estado de la primera dama era ya tan delicado que lo único que pudo hacer fue enviar una muestra de su orina.
María Epul fue encarcelada, pero Perón mandó a liberarla
Tras examinarla a la distancia, María Epul concluyó que el mal estaba demasiado avanzado y que ya no había nada por hacer. Evita murió poco después, el 26 de julio de 1952.
En 1954, María Epul fue denunciada ante la Justicia por ejercicio ilegal de la medicina. Gendarmería la detuvo y la trasladó a un calabozo en la localidad chubutense de José de San Martín.
Los habitantes de Cerro Negro y de otras localidades cercanas se movilizaron para exigir su liberación, a través de una nota acompañada por cientos de firmas. Uno de esos vecinos, Angel Torres, consiguió hacer llegar la misiva a la Casa Rosada.
El presidente Juan Domingo Perón intervino personalmente: gracias a su gestión, María Epul recuperó la libertad apenas una semana después de ser encarcelada.
Los últimos años de la machi estuvieron marcados por el deterioro de su salud y la pérdida de la vista, pero nada de eso la alejó de su misión. Continuó recibiendo pacientes y encabezando las ceremonias del Nguillatún.
Antes de morir, pidió a sus hijos que mantuvieran viva la lengua indígena y que no permitieran que su espíritu quedara encerrado en un ataúd. Falleció el 16 de septiembre de 1960, y fue sepultada envuelta únicamente en su quillango, tal como lo había deseado.
En un rancho de Cerro Negro, una mujer que hablaba solo mapudungún y exigía fe a sus pacientes llegó a formar parte de la intimidad de la familia presidencial. Su legado demuestra que las culturas indígenas, lejos de ser un vestigio del pasado, siguen latiendo en las historias más inesperadas de la Argentina.