Géneros

Memorias desde los márgenes: gays, lesbianas y travestis bajo el terrorismo de Estado

 Por Marisa Rojas

Una noche de 1987, en el lobby de un hotel de la calle Suipacha, el rabino Marshall Meyer, miembro de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) -creada por el presidente Raúl Alfonsín el 15 de diciembre de 1983 para investigar las violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura (1976-1983)-, le cuenta a Carlos Jáuregui, primer presidente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), que en la nómina de los desaparecidos registrados durante la elaboración del informe Nunca Más figuraban 400 homosexuales, cuya condición había sido silenciada por presiones de la iglesia católica. Meyer le dijo a Jáuregui no poder asegurar que esas personas hubiesen sido secuestradas por ser homosexuales, porque tenían militancia política, estudiantil, sindical, pero sí que una vez secuestrados habían recibido un trato especialmente sádico y violento, como el de los detenidos judíos.

Jáuregui cuenta esta historia por primera vez, sin dar nombres, en el libro que escribe el mismo año, La homosexualidad en la Argentina. "No los conocimos, no los conoceremos jamás; son solamente 400 de los 30.000 gritos de justicia que laten en nuestro corazón", escribe. En 1996, en una entrevista en la revista NX, revela su fuente. Meyer había muerto tres años antes.

"En Argentina hemos construido la memoria en base a información y a símbolos. El número de los 30.000 es un símbolo. No es una cifra. Igual sucede con el número de los 400 desaparecidos homosexuales. Son símbolos. Desde la CHA formamos parte con otras organizaciones, como H.I.J.O.S, del Frente Orgullo y Lucha. Reivindicamos a los 30.000 y pedimos justicia también por los 400, para que se reconozca la existencia de personas de nuestra comunidad como víctimas de las desapariciones forzadas de la dictadura", explica Marcelo Suntheim, activista de la CHA.

En 1986, al culminar su primer mandato como presidente, Jáuregui pasa a desempeñarse como secretario de Derechos Humanos de la organización y a articular políticas con los organismos. Ese mismo año, durante las jornadas de las Madres en Plaza de Mayo por los 10 años del Golpe, Carlos y César Cigliutti ponen por primera vez una mesa con volantes de la CHA en el espacio público. "Fue difícil, algunas organizaciones decían ¿Qué hacen los putos acá, qué tienen que ver con nosotros?", recuerda Cigliutti en el documental de Lucas Santa Ana dedicado a Jauregui, El puto inolvidable.

"Siempre decimos que la democracia llegó en el 83 para todo el mundo menos para nuestra comunidad", dice Marcelo Reiseman, coordinador del Área Memoria de la CHA, y explica: "Lamentablemente Alfonsín puso como ministro del Interior, encargado de la CONADEP, a Antonio Tróccoli, un facho que en una de las primeras declaraciones a prensa dice que va a limpiar las calles de homosexuales porque son todos enfermos. Es cierto que con la democracia empezó a haber más boliches y lugares de encuentro, pero también empeoró la persecución por parte de la policía y las brigadas de moralidad, amparados en los edictos 2H y 2F. De hecho, la razzia más importante de nuestra historia se llevó a cabo en 1984 en el boliche Balvanera, donde se detuvo a 200 personas. Como respuesta a tanta persecución ese mismo año se realiza en otro boliche, Contramano, la asamblea donde se funda la CHA". Al año de su creación, el 1° de abril de 1985, la organización publica en el diario Clarín su primera solicitada: Con represión y discriminación no hay democracia.

En 2023 el periodista Matías Máximo publicó El Nunca Más de las locas, un ejercicio a contrapelo de la historia oficial para poder construir un nuevo archivo posible sobre la persecución a las disidencias. "Si le reclamamos al Nunca Más la no inclusión de los desaparecidos LGBT tenemos que pensar en los problemas situados: ¿Cómo iba a acercarse a denunciar una travesti la desaparición de su compañera si la podían dejar presa porque su existencia misma era una contravención? Los mecanismos no estaban dados en el Poder Judicial para que existiera un verdadero acceso a la justicia. Además, ¿de qué forma un militante marica iba a denunciar un secuestro si las propias organizaciones le daban vuelta la cara por no cumplir con los valores de la familia?", dice.

En 1968, el militante del Partido Comunista y delegado sindical del Correo Argentino, Héctor Anabitarte, fundador junto a Carlos Troitiño del grupo Nuestro Mundo -primer movimiento reivindicativo de los derechos de los homosexuales en la Argentina-, fue enviado por su partido a un médico psiquiatra ‘para tratar su enfermedad'. En 1971, Nuestro Mundo se nucleó junto a otros grupos en el Frente de Liberación Homosexual (FLH) donde, desde el grupo Eros, Néstor Perlongher llevaría adelante un rol clave en la visibilización de la persecución a los homosexuales. Durante la dictadura, desde su exilio en Brasil escribirá el Informe de la Comisión por los Derechos de la Gente Gay que buscaba funcionar como denuncia internacional. "Por la sola sospecha de homosexualidad, personas de ambos sexos son perseguidas y encarceladas en la Argentina sin que siquiera se les permita recurrir a la justicia. Ello constituye una clara violación de los derechos humanos. Basta de represión!", se lee en la carátula de la segunda versión del documento, distribuida en 1981.

Pueblo, ¿amor e igualdad?

El FLH aglutinó a diferentes organizaciones con el objetivo de incorporar la liberación sexual a las demandas revolucionarias de la época. En 1973, la asunción de Cámpora como presidente resultó el escenario de un hito en la historia del activismo de las diversidades.

La mañana del 25 de mayo un grupo de quince jóvenes vestidos con pantalones campana y gamulanes se dan cita en Retiro debajo de la torre de los ingleses. Con una bandera enrollada en dos cañas parten por la avenida Alem hacia la Plaza de Mayo. Rodeados por una multitud despliegan el paño donde se lee "Para que reine en el pueblo el amor y la igualdad. FLH. Libertad a los presos políticos". En manos de un grupo de maricas la frase de la marcha peronista resuena inolvidable.

"Nos fue muy bien ese día. Fue histórico. Fue la primera, la primerísima vez, en toda América Latina, que un grupo de las características del nuestro hacía una aparición pública en un acto político. La gente nos recibió muy bien. Pero un mes más tarde, cuando con la misma bandera marchamos a Ezeiza a recibir a Perón, la historia fue otra. Los de adelante caminaban cada vez más rápido y los de atrás se retrasaban para separarse de nosotros. Nos dejaron solos", recuerda Jorge Luis Giacosa, integrante del FLH.

Con la asunción de Cámpora se había inaugurado una (breve) primavera, también, para las maricas. Fueron poco menos de dos meses de gran visibilidad para el FLH que terminarían cuando en el inicio de la tercera presidencia de Perón volvió a ponerse en funciones, con el cargo de superintendente de Seguridad, al comisario Margaride, un histórico represor de los homosexuales. Tras la muerte de Perón, el FLH hace un balance muy crítico de su gestión. En febrero de 1975, una publicación en la revista El Caudillo, órgano de difusión de la derecha peronista a cargo de José López Rega, ministro del Interior del gobierno de Isabel Martínez de Perón, llama a Acabar con los homosexualescreando brigadas callejeras para "dar caza a los sujetos vestidos como mujeres, hablando como mujeres, pensando como mujeres; cortarles el pelo y atarlos a los árboles, encerrarlos o matarlos".

El FLH pasó entonces a la clandestinidad y se disolvió en el primer año de la dictadura.

Clandestinas: lesbianas en dictadura

Una madrugada de agosto de 1983 una lesbiana de 23 años reparte en calle Corrientes un volante mecanografiado. Lo entrega de mano en mano. El escrito, extenso, sin firma, se titula Carta de persona a persona. En él, una mujer ´gay´ llama a la organización colectiva frente a la represión. Eran los meses finales de la dictadura y una ola de asesinatos a varones gays, que había iniciado en 1982, alcanzaba la cifra de 17. El documento recién alcanzaría notoriedad a comienzos del siglo XXI gracias a la investigación del archivista y militante LGBT Juan Queiróz. Se conocerá entonces que la autora fue Elena Napolitano, una cantante de blues nacida en 1960 en el barrio de Mataderos.

"La Carta es un documento muy importante que hay que leer hoy. Elena no hace un planteo centrado solamente en la cuestión identitaria, habla del disciplinamiento de los cuerpos que hacen el capitalismo y el sistema patriarcal, así como la iglesia, para la reproducción y la fuerza de trabajo. Y también de los argumentos de la ciencia para la opresión", dice Gabi Herczeg, militante lesbiana de Potencia tortillera.

Durante la dictadura, las experiencias lésbicas aparecen en lugares muy distintos del campo militante. Mientras en Buenos Aires Napolitano reparte en soledad su Carta, en Córdoba una ex militante de la Juventud Guevarista del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), Viviana ‘la Negra' Avendaño, se incorpora junto a Mariel, su pareja, a la Federación Juvenil Comunista, para desarrollar tareas territoriales en barrios populares de la capital provincial. Detenida en 1975, a los 15 años, había estado presa hasta 1981, primero en el Pabellón 14 de presas políticas de la Unidad Penitenciaria Nº 1 de Córdoba y luego en la cárcel de Devoto. "Vivi fue la presa política más joven puesta a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN). Estando en prisión tiene su primera relación sexo-afectiva lésbica con otra militante del PRT al que, no sabemos por qué, deciden informar de su vínculo. Haber asumido públicamente su opción sexual la legitimó cuando no estaba de moda hacerlo", dice Fabi Tron, activista lesbiana de Potencia tortillera.

Hasta mediados de los 80, cuando Ilse Fuskova y Adriana Carrasco publican los Cuadernos de existencia lesbiana, el activismo lésbico, tal como puede entenderse hoy, no había tenido lugar. "Las lesbianas ocupaban el lugar de la clandestinidad dentro de la clandestinidad", dice la antropóloga Eleonora Sabarots, quien junto a la fotoperiodista Dan Damelio llevan adelante el proyecto de investigación, archivo y documentación Lesbianas en la dictadura. "Para la militancia de los 70 ser lesbiana era como una segunda capa de clandestinidad adentro de las mismas organizaciones. Había una presión social y en los propios grupos por la formación de la familia, porque las mujeres se reprodujeran, porque los militantes formaran parejas y tuvieran hijos", detalla.

"En los partidos políticos y en los espacios sociales a las lesbianas mucho no nos querían, más bien no nos querían nada; en todo caso sí querían hacernos heterosexuales. En el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) de aquellos años, el que fundó Nahuel Moreno, el único partido que dio lugar entonces a las demandas del movimiento de liberación de las mujeres, a las que eran reacias a tener el noviecito que le asignaban para corregirlas se las mandaban al sótano a Marta Ferro, porque eran irrecuperables pero iban a ser buenas trotskas igual", dice entre risas Carrasco.

El sótano de la Ferro estaba ubicado en el Pasaje San Lorenzo 391, una angosta calle adoquinada del barrio de San Telmo. Funcionó durante unos pocos meses en la previa al Golpe del 76 y durante la dictadura luego, de 1978 a 1980. "Bajo el nivel de la calle, bajo el nivel del terrorismo de Estado, el sótano habilitó una experiencia proletaria que supo alojar y agitar un deseo que en ese entonces pocas bocas se atrevían a nombrar, no así a probar", escribió val flores en el libro que recupera la historia del espacio.

En tiempos en que el lesbianismo apenas podía nombrarse, los gestos de resistencia adoptaron formas diversas: escribir, amar, crear refugio. "Repartir una carta en soledad, visibilizar una relación con otra mujer estando presa, dar refugio, todo en tiempos de dictadura, son gestos audaces que nos ayudan a pensar los activismos hoy, en un contexto en el que no solo el negacionismo, sino la reivindicación de la dictadura, están cada vez más a flor de piel. Por eso es muy importante recuperar estas experiencias", dice María Luisa Peralta, feminista lesbiana, integrante de Sexo y Revolución, el programa de memorias políticas feministas y sexo-genéricas del CeDInCI/UNSAM.

La voz travesti

"De ese portón verde no me olvido más... Por ahí nos entraron la madrugada que nos trajeron desde San Martín después de levantarnos en la Panamericana a Judith, al ‘Negro' Miguel, que en ese tiempo se llamaba Claudia, a la María y a mí. Nosotras estábamos acostumbradas a que la Policía nos persiguiera, nos llevara detenidas, nos abusara. Pero nunca entendimos por qué nos habían trasladado tan lejos esa noche. Yo no supe dónde había estado esos quince días del 77 hasta que un día vi en la tele que mostraban este lugar y decían que había sido un Centro Clandestino de Detención. Así supe que había estado en el Pozo de Banfield. Un lugar del que no me olvido más. Como tampoco de los gritos, ni de la radio fuerte, una radio vieja, que se escuchaba por las noches. Las voces de chicos muy jovencitos que venían como desde el piso de arriba donde estaba nuestra celda y nos preguntaban: ¿Dónde estamos? ¿Dónde estamos? Eso y el llanto de un bebé que escuchamos un día. No me olvido más", dice Julieta ‘la Trachyn', González.

Como en otras dependencias policiales devenidas Centros Clandestinos de Detención, Tortura y Exterminio, en el Pozo de Banfield detenidos contravencionales como las travestis se cruzaron con detenidos por razones políticas. El lugar funcionó dentro del diagrama represivo conocido como "Circuito Camps", fue el sitio de detención de víctimas del Plan Cóndor, de los jóvenes platenses detenidos durante la Noche de los Lápices, y operó como maternidad clandestina dentro del plan sistemático de apropiación de bebés.

Los responsables del funcionamiento del Pozo de Banfield, así como del Pozo de Quilmes y el Infierno de Lanús, fueron enjuiciados en la causa Brigadas, iniciada el 27 de octubre de 2020 en el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata. Un juicio que en 2022 se transformó en histórico al incorporarse, a pedido de la Fiscalía, imputaciones por los casos de 8 travestis como víctimas del terrorismo de Estado: Valeria del Mar Ramírez, Julieta Alejandra González, Claudia, Judith Lagarde, Analía Velázquez, Paola Leonor Alagastino, Carla Fabiana Gutiérrez y Marcela Viegas Pedro. "Fue un juicio histórico pero a mí me da vergüenza que haya sucedido recién entonces y sea aún el único", dice la auxiliar de Fiscal, Ana Oberlín.

Para Julieta testificar en el juicio fue sumamente importante. "Muchas veces me pregunté por qué una mañana nos largaron sin decirnos nada. Se lo he preguntado mucho a dios, porque yo soy muy creyente. Y creo que fue así para que tantos años después yo pudiera contar lo que vi y escuché, ser los ojos y la voz de esos chicos y chicas que estuvieron acá", dice.

Reconocer también es reparar

Las violencias hacia el colectivo LGBTTIQNB+ no iniciaron el 24 de marzo de 1976 ni terminaron con el retorno de la Democracia, en 1983.

"Se cumplen cincuenta años de la dictadura y desde el propio Estado nos dicen: ‘¿Por qué no nos presentan una lista de todas las compañeras desaparecidas?'... ¿Cómo se atreven a preguntarnos eso? Este es un Estado genocida que antes, durante y después de la dictadura nos demonizó, criminalizó y patologizó", dice la activista travesti Marlene Wayer.

Y profundiza: "Estamos dispersas por todas las comisarías del país que no son otra cosa que un apartheid a cielo abierto. Tenemos un cementerio en la cabeza. Hay compañeras que dicen ´con la Ley de Identidad de Género recién ha llegado la democracia para nosotras´, pero eso es mentira. Por una ley no accedés a la democracia. Las travestis todavía no vivimos en democracia. Nos tienen que reparar como pueblo travesti. Y esa reparación tiene que incluir una garantía de no repetición, que cuando aparezca un niño, una niña, travestita, trans, o lo que se le ocurra ser, no vayan a violentarlo".

En la Argentina del 2026, a 50 años de la última dictadura cívico-eclesiástico-militar, los ataques a la diversidad son política de Estado. El presidente llama pedófilos a los homosexuales. Y se produce un crimen de odio cada 38 horas.

Fuente: Página 12