A nueve años del diluvio, una crónica desde el barro comodorense: Cuando la lluvia partió la ciudad Por Gerardo Escobar
No fue solo una tormenta. Lo que ocurrió entre fines de marzo y comienzos de abril de 2017 en Comodoro Rivadavia fue la superposición de capas: un fenómeno climático extremo, una infraestructura al límite, decisiones postergadas, desigualdades acumuladas y una ciudad que, hasta ese momento, no había terminado de mirarse a sí misma.
Se destapó lo tapado
La lluvia fue el disparador. Pero no fue lo único. Durante días, el agua avanzó sobre calles, casas y barrios enteros, marcando recorridos que ya existían, aunque invisibles. Expuso lo que estaba tapado, lo que no se mantenía, lo que no se planificaba. Y al mismo tiempo, obligó a una reacción inmediata: del Estado, con respuestas fragmentadas; y de la sociedad, con una organización que emergió desde abajo, urgente y solidaria.
Esta crónica reconstruye ese proceso día por día. Desde la calma previa hasta el colapso. Desde el alerta que no alteró la rutina hasta el momento en que la ciudad quedó partida.
Nueve años después, no se trata solo de recordar lo que pasó. Se trata de entender cómo pasó. Y por qué todavía sigue ahí.
27 de marzo
El 27 de marzo de 2017, el Servicio Meteorológico Nacional emitió un alerta por lluvias intensas que se extenderían hasta el jueves 30, con picos previstos para la tarde-noche del miércoles 29. La advertencia estaba formulada con claridad, pero no logró perforar la inercia de la ciudad.
Desde la Municipalidad de Comodoro Rivadavia se activaron los protocolos de emergencia. Hubo tareas de limpieza en pluviales y desagües, se dispuso el esquema de guardias y se puso en funcionamiento un sistema de atención permanente durante las 24 horas. Defensa Civil, por su parte, comenzó a organizar su dispositivo para los días que vendrían.
Pero en la calle, donde los problemas eran estructurales, la respuesta aparecía desfasada. Los pluviales acumulaban tierra y barro por falta de mantenimiento sostenido, y la basura -dispersa en distintos puntos de la ciudad- terminaba de completar un escenario conocido. En las cercanías de los barrios más carenciados, los basurales clandestinos persistían como parte del paisaje. El operativo de limpieza avanzaba sin intensidad: pocos recursos, escasa maquinaria pesada, cuadrillas reducidas. Más que una intervención profunda, parecía un intento de contención.
Ese mismo día se registraron lluvias aisladas, intermitentes, que no alcanzaron a generar complicaciones visibles. No hubo señales de alarma en la vida cotidiana. La ciudad siguió funcionando bajo su lógica habitual: tránsito cargado, bocinas, corridas, choques menores en horas pico.
El alerta estaba, pero no se sentía. Predominaba una sensación de tranquilidad.
Una calma que, con el tiempo, quedaría asociada a algo más: la antesala de lo que estaba por venir.
28 de marzo
El 28 de marzo los protocolos de emergencia continuaban activos, pero el tono empezaba a modificarse. Desde el municipio, el intendente Carlos Linares anunció que se solicitaría la suspensión de clases para el jueves 30. La proyección ya no era menor: se hablaba de precipitaciones de "entre 60 y 70 milímetros" y de un escenario agravado por la posibilidad de marejadas.
"Es grave el alerta", se señalaba desde el Ejecutivo. En la misma línea, el secretario de Seguridad, Héctor Quisle, reforzaba la idea de preparación: "estamos en estado de alerta y preparados para cualquier tipo de contingencia".
La información circulaba, pero no impactaba de la misma manera en todos. Había una memoria reciente que empezaba a activarse en algunos sectores de la ciudad. Quienes ya habían atravesado temporales fuertes hacían cuentas rápidas: recordaban los efectos de lluvias de apenas 32 milímetros, como las de 2013, y comenzaban a dimensionar lo que podía ocurrir si los pronósticos se cumplían.
Pero esa preocupación no era uniforme.
Otra parte de la ciudadanía permanecía inalterable, sostenida en la rutina. El movimiento cotidiano no se detenía: el tránsito cargado, los tiempos apurados, el "caos coordinado" de todos los días seguía funcionando como si el alerta fuera apenas una formalidad.
La ciudad, otra vez, se dividía. Entre quienes empezaban a inquietarse y quienes todavía no veían motivos para hacerlo.
29 de marzo
El 29 de marzo, el alerta dejó de ser un dato técnico para convertirse en una presencia constante. Los medios de comunicación lo repetían, una y otra vez. Se informaba sobre la preparación de cinco centros de evacuados, se recomendaba no salir de las casas salvo por necesidad, se insistía con la suspensión de clases para el día siguiente.
La información circulaba con intensidad. En redes sociales, mientras algunos minimizaban la situación, la mayoría replicaba compulsivamente direcciones, teléfonos, puntos de asistencia. El alerta empezaba a ocupar el centro de la escena.
Pero la ciudad todavía no había terminado de entender.
A las 17:00, una neblina espesa cubrió el centro. La visibilidad se redujo hasta borrar contornos, edificios, movimiento. El ritmo habitual comenzó a diluirse. Había una sensación extraña, como si algo estuviera por romperse.
A las 17:50, empezó.
Primero fue el sonido.
Una lluvia densa, pesada, que golpeaba con fuerza.
Después, la luz empezó a fallar.
Cortes intermitentes en distintos barrios.
Y en pocos minutos, el sistema comenzó a caer.
El agua no tardó en ocupar su lugar.
O mejor dicho: en recuperar el suyo.
Los cauces invisibles, tapados por el cemento, volvieron a abrirse paso. Entre autos, calles, veredas, casas. La ciudad empezó a dividirse en corrientes que no estaban en ningún mapa.
El caos fue inmediato.
El pronóstico hablaba de la noche. De las 21:00.
Pero el diluvio se adelantó.
En plena hora pico, los autos intentaban escapar de corrientes que ya eran imparables. El tránsito se volvió desorden, los recorridos habituales dejaron de existir. El mar, agitado, golpeaba la costa, y el agua salada comenzaba a mezclarse con la lluvia.
En apenas 30 minutos, cayeron cerca de 30 milímetros.
A las 18:30, el sistema público estaba prácticamente paralizado.
Sin luz. Sin transporte. Sin referencias claras.
30 de marzo
La lluvia no dio tregua. Durante toda la noche del miércoles y la madrugada del jueves, el agua siguió cayendo con una intensidad sostenida hasta dejar un registro cercano a los 100 milímetros. Para entonces, el sistema ya estaba colapsado.
Los pluviales desbordaron. Y lo que durante años había sido negado o postergado -los cauces naturales tapados por el cemento, la falta de planificación, la desidia acumulada- reapareció con una fuerza imposible de contener. El agua marcó su propio camino. Y al hacerlo, expuso el lugar exacto donde estaba construida la ciudad.
Las primeras imágenes de desolación se concentraron en los barrios más vulnerables. Fueron los primeros en recibir el impacto completo. Casas anegadas, estructuras cediendo, calles desaparecidas bajo corrientes que no tenían precedentes cercanos.
Desde el municipio se advertía que muchas personas no querían abandonar sus viviendas. El motivo no era solo la pertenencia, sino también el temor: dejar la casa implicaba, para muchos, quedar expuestos a perder lo poco que tenían.
Se pidió no salir después de las 21:30.
Se insistió en una consigna urgente: priorizar la vida.
El transporte público seguía suspendido.
La ciudad estaba fragmentada.
Los barrios, aislados entre sí por "ríos" de agua que corrían con una velocidad desconocida. Autos deformados, convertidos en masa de metal. Camionetas flotando. Viviendas directamente arrasadas o cubiertas. Animales perdidos, perros que lloraban en medio del ruido constante del agua.
La sensación dominante era una: desesperación.
Los centros de evacuados comenzaron a recibir a las primeras familias. Llegaban con lo puesto, con frío, con la voz quebrada, con la dificultad de entender lo que acababan de perder.
Al mismo tiempo, en otras zonas, la escena era otra.
La distancia -geográfica y social- permitía mirar lo que ocurría como si fuera ajeno. Desde una cama, frente a una pantalla, esperando que la lluvia pasara. Como si fuera, otra vez, un problema de otros.
Pero la magnitud ya no admitía esa lectura.
Más de 2000 llamados a Defensa Civil daban cuenta de una demanda que desbordaba cualquier capacidad de respuesta. No se trataba solo de asistencia básica, de nylon o leña: eran pedidos de rescate, de evacuación, de ayuda urgente.
Las clases permanecían suspendidas. Algunos ámbitos laborales intentaban sostener una actividad mínima. Pero la ciudad, en lo esencial, ya no funcionaba. Estaba detenida. Y completamente expuesta.
31 de marzo
La lluvia no paró. Pasada la medianoche, entre el 30 y el 31, siguió cayendo con una intensidad constante, pesada, desconocida. Ya no era un fenómeno climático: era una presencia que ocupaba todo.
El agua empezó a entrar en lugares donde nunca había entrado.
Familias que llevaban años en sus casas, en zonas que no registraban antecedentes de inundación, vieron cómo el agua cruzaba puertas, subía por las paredes, avanzaba sin resistencia posible. La referencia de lo seguro se quebró en pocas horas.
La madrugada fue caos.
Pedidos de auxilio.
Mensajes de WhatsApp que pedían evacuación urgente.
Personas en los techos esperando ser vistas.
Gente saliendo como podía, entre el barro, el frío, la oscuridad.
Los cortes de luz se volvieron constantes. Cada dos horas. Cada una. La ciudad entraba y salía de la oscuridad como si respirara con dificultad. Para entonces, ya no había dudas: se trataba de uno de los desastres más grandes -naturales y estructurales- de la historia de Comodoro Rivadavia.
Los puntos críticos colapsaron. Los arroyos Belgrano y La Mata desbordaron.
La avenida Fray Luis Beltrán. La avenida Roca.
El agua no corría: irrumpía. Estallaba. Se abría paso como brotes violentos en una ciudad que no lograba contenerla. Era un flujo continuo, sin pausa, como si la tierra estuviera devolviendo todo lo que había sido tapado.
El paisaje era desolador.
La gente caminaba por calles que ya eran ríos.
Se gritaban entre sí: "cuidado, por ahí no vayas".
Se advertían, se guiaban, se sostenían.
En medio de ese escenario, empezó a aparecer algo distinto. Un protocolo humano.
Una forma de entenderse sin conocerse. De mirarse y saber. De actuar sin esperar indicaciones. Vecinos con el agua hasta la cintura sacaban barro de sus casas.
Alguien pedía un cigarrillo para bajar la tensión después de ver su auto enterrado, su patio desaparecido. Se armaban cuadrillas espontáneas. Se preguntaban por los otros.
El vecino de la casa más alta abría la puerta. Daba refugio a alguien que vivía a dos casas, hacía diez años, y con quien nunca había cruzado una palabra. Mientras tanto, la información circulaba como rumor, como intento de anticiparse a lo que seguía:
-Dicen que llueven 20 milímetros más.
-No, dicen que hay que esperar.
-Dicen que viene algo peor, que esto no es nada.
Y, sin embargo, la ciudad empezaba a organizarse.
Desde abajo. Algunos cocinaban. Otros salían a rescatar personas. Un joven sacaba a un hombre atrapado en el lodo hasta la cintura en barrio Juan XXIII. Se multiplicaban los gestos.
Pero también aparecían otras escenas.
Casas abandonadas. Personas que se iban sin saber si volverían. Robos en viviendas vacías.
Sectores sin presencia de seguridad. La emergencia no era solo climática. También era social.
Los equipos técnicos comenzaron a registrar daños. Las redes sociales se saturaron: pedidos de ayuda, mensajes de fuerza, relatos en tiempo real. La ciudad estaba en movimiento constante.
Pero no avanzaba. Resistía.
1 de abril
El 1 de abril la catástrofe empezó a medirse en números. Y los números eran contundentes.
El promedio anual de precipitaciones en Comodoro Rivadavia es de 236,7 milímetros, según registros entre 1930 y 2016. El máximo anual se había registrado en 1997, con 488,7 milímetros, de los cuales 172,2 cayeron en junio.
El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) registró 300,4 milímetros en seis días (contabilizando desde el 27 de marzo).
Más que el promedio anual en menos de una semana. La magnitud del temporal quedó expuesta en esa cifra. La conexión terrestre con muchos barrios se interrumpió.
Caleta Córdova quedó aislada debido al gran caudal de agua que atravesó una zona frágil donde había un puente débil.
También se cortó la ruta interprovincial entre Chubut y Santa Cruz, dejando a la ciudad con una única conexión hacia esa provincia.
El alerta meteorológico continuaba vigente, aunque se esperaba la caída de 15 milímetros "nada más". Después de lo ocurrido, esa proyección no generaba alivio. El ritmo habitual de la ciudad -vehículos, bocinas, choques- fue reemplazado por una calma tensa.
Familiares, amigos y vecinos comenzaron a reconstruir lo que les quedó. Despejar accesos.
Rescatar pertenencias. La solidaridad seguía presente. También se registraban algunos saqueos de manera aislada.
Desde los organismos estatales, la respuesta era limitada. No había coordinación. Personal con poca capacitación era enviado a despejar calles y comenzar con la recolección de ese lodo espeso que te "chupaba".
El barro empezó a acumularse. Montañas en boulevares, esquinas y plazas. Los servicios básicos continuaban interrumpidos. La luz era intermitente, con cortes cada tres o cuatro horas en distintos barrios. El agua estaba suspendida y se distribuía solo en algunos sectores.
La ciudad empezaba a moverse otra vez. Pero lo hacía sobre un escenario completamente alterado.
Del 2 al 6 de abril
El 2 de abril se anunció la suspensión de clases para el lunes 3. La conexión entre Comodoro Rivadavia (Chubut) y Caleta Olivia (Santa Cruz) continuaba cortada, y volvía a ceder el puente entre Kilómetro 8 y Caleta Córdova.
En los barrios, el impacto seguía a la vista: Juan XXIII, Moure, Fracción 14 y 15, Bella Vista Sur y Oeste, Cerro Solo, permanecían bajo el lodo viscoso y espeso. El transporte público seguía suspendido desde el miércoles 29 de marzo. En Laprida, 130 familias estaban evacuadas.
La ciudad había cambiado su forma. Las calles se transformaron en barrancos. Las veredas se levantaron. Los caños de gas y agua quedaron expuestos. La tierra, removida, parecía estrujada, deformada como una pelota de papel. El paisaje conocido se volvió irreconocible.
Los camiones continuaban retirando barro, acumulándolo en grandes montañas en esquinas y boulevares. También comenzaban a colocar tierra en los frentes de las viviendas para intentar contener el agua, improvisando barreras que convertían las calles en canales por donde "desagotaba".
El 3 de abril, con la salida del sol, lo que quedaba a la vista era la magnitud de la pérdida. Los robos continuaban, incluso en viviendas habitadas. Los vecinos salían y observaban, en silencio, cómo el trabajo de años había sido destruido en pocos días. Autos tapados por el barro dejaban ver apenas sus techos.
Comenzaban a distribuirse donaciones. Pero no llegaban a todos. Se había dispuesto un centro de acopio en una zona de difícil acceso (Predio Ferial) para muchos afectados. Algunos vecinos no veían reflejada en sus casas la ayuda que circulaba en redes sociales. Algunos no recibirían nada. Otros lo harían más tarde, muchas veces por organización propia, entre vecinos.
El registro de daños seguía en marcha. El 4 de abril trajo una sensación ambigua. En algunas zonas, una "normalidad" extraña comenzaba a instalarse. El Centro recuperaba su ritmo: autos, gente, tránsito apurado. Como si nada hubiera pasado.
Pero no era así en el resto de la ciudad. Los evacuados seguían sin respuestas claras.
Se miraban entre ellos. Muchos que ya tenían poco, lo habían perdido todo. Las donaciones se acumulaban y se distribuían de manera discrecional. La falta de coordinación en las tareas era evidente. En las calles, el trabajo avanzaba sin un esquema claro.
Un hombre llegaba a cumplir tareas y recibía indicaciones de cinco personas distintas. Finalmente, su superior le ordenaba retirarse del lugar.
El caos, de algún modo, estaba contenido. Pero no resuelto. Se hablaba de cifras millonarias en daños. Se esperaba la llegada de un ministro nacional. Los servicios seguían siendo inestables.
El agua se distribuía por zonas. La luz iba y venía. Algunos caños de gas habían explotado, y el olor a azufre se sentía en los barrios.
En toda la provincia, 31 tramos de rutas permanecían cortados. Y volvía el miedo. Se anunciaban 80 milímetros para el jueves 6 y viernes 7.
Los afectados reaccionaban con temor, con angustia, con la sensación de que no podían atravesar otro golpe. El 5 de abril dejó expuestas otras tensiones. Se registraron sobreprecios en garrafas de gas y botellas en supermercados con fuerte presencia en la ciudad (La Anónima). La situación tomó estado público a nivel nacional, al igual que los rescates de personas arrastradas por el agua. La cobertura mediática, concentrada en Buenos Aires, aparecía muchas veces distorsionada, con un desconocimiento evidente del territorio.
Ese mismo día, el papa Francisco envió sus bendiciones a los damnificados. Comenzaron a ofrecerse créditos. Las ayudas se multiplicaron. Comodorenses en ciudades como Córdoba, La Plata y Buenos Aires organizaron colectas. Otras localidades de la provincia y de Chile también enviaron asistencia.
La solidaridad seguía en movimiento. Se distribuían viandas. El Ejército Argentino se sumaba a las tareas de limpieza. Unimog y tanques recorrían las calles, trasladando soldados y evacuados. La presencia militar generaba reconocimiento entre vecinos que valoraban la asistencia. El 6 de abril, las clases fueron suspendidas hasta el lunes 10. Se habilitaron más centros de atención sanitaria. Se reforzó la presencia en las calles. Se activaron nuevamente protocolos de evacuación. Las montañas de barro seguían frente a las casas. Eran parte del paisaje.
El trabajo de limpieza avanzaba lentamente. Poco personal. Pocas máquinas. A las 18:00, las tareas se detenían y no se retomaban hasta el día siguiente, dejando más de ocho horas sin actividad.
El día anterior, el Concejo Deliberante había aprobado la Emergencia Climática, habilitando al municipio a sortear obstáculos administrativos para destinar fondos a obras y acciones urgentes.
Para entonces, la ciudad ya mostraba dos ritmos. Una parte había retomado su dinámica habitual. Otra seguía desorientada. Personas trasladadas en palas de retroexcavadoras.
Barrios aún aislados entre cursos de agua. Vecinos que seguían, literalmente, a la deriva.
La reconstrucción había empezado. Pero la herida seguía abierta.
7 de abril
A las 03:00, todo cedió nuevamente, pero con más fuerza. Las montañas de barro acumuladas en esquinas, frentes de casas, plazas, en todos lados, se desarmaron al mismo tiempo. El lodo bajó, subió, se esparció sin dirección clara. No se sabía si el agua venía de arriba o brotaba desde abajo.
La ciudad estaba a oscuras. Y lo que se escuchaba eran gritos. Pedidos de auxilio.
Mensajes que pedían lanchas. Personas en los techos. El agua tapó casas enteras.
La gente salió como pudo de lo que hasta hacía minutos era su lugar seguro.
Colapsó la ciudad. Colapsó la ayuda. Los tanques quedaban varados en calles desbordadas. En uno de ellos, una mujer sintió que iba a morir cuando el agua empezó a filtrarse adentro. No podía salir. No podía escapar del agua. Otro tanque llegó y logró sacarlos.
En otros sectores, lanchones rescataban familias completas desde los techos. El frío, el viento, la lluvia. Todo al mismo tiempo. Las familias volvieron a separarse. El barro volvió a ocupar todo. Las cloacas desbordaron. El agua entró por todos lados. Y entonces apareció algo más.
El límite.
Personas que venían de días enteros sacando barro vieron cómo ese esfuerzo desaparecía en horas. Puertas, patios, casas otra vez tapadas. El cuerpo no respondía. El ánimo se quebraba. Era demasiado. Los centros de evacuados se desbordaron. Hubo que improvisar.
Casas para cuatro se convirtieron en refugios para diez, once personas. Los recursos no alcanzaban. Las familias se llamaban para saber si seguían vivas. Los vecinos seguían ayudando.
Pero ya no era lo mismo. El cansancio era total. La angustia, también. A partir de ese día, empezó otra etapa.
Más lenta.
Más pesada.
Con anuncios de obras que todavía al día de hoy se siguen prometiendo. Con una ciudad que intentaba recomponerse mientras seguía expuesta. Quedaron casas vacías. Otras se levantaron de nuevo. Algunas se cerraron detrás de muros.
La ayuda llegó. Pero no siempre. No a todos. Y algo más quedó instalado, definitivamente.
El miedo.
Cada vez que anuncian lluvia, el cuerpo recuerda. El estómago se cierra. La espalda se tensa. Porque lo que pasó no terminó cuando dejó de llover.
Sigue ahí.
En el barro seco en las paredes. En las casas que no volvieron a abrirse. En los que perdieron todo. En los que todavía esperan. Y en una certeza que atraviesa a toda la ciudad: que aquella semana no fue solo una tormenta. Fue el momento exacto en que Comodoro Rivadavia entendió que podía perderlo todo
en cuestión de horas.
Y que desde entonces, cada nube oscura ya no anuncia lluvia.
Anuncia que las peores pesadillas vividas pueden volver a suceder.
Por Gerardo Escobar
No fue solo una tormenta. Lo que ocurrió entre fines de marzo y comienzos de abril de 2017 en Comodoro Rivadavia fue la superposición de capas: un fenómeno climático extremo, una infraestructura al límite, decisiones postergadas, desigualdades acumuladas y una ciudad que, hasta ese momento, no había terminado de mirarse a sí misma.
Se destapó lo tapado
La lluvia fue el disparador. Pero no fue lo único. Durante días, el agua avanzó sobre calles, casas y barrios enteros, marcando recorridos que ya existían, aunque invisibles. Expuso lo que estaba tapado, lo que no se mantenía, lo que no se planificaba. Y al mismo tiempo, obligó a una reacción inmediata: del Estado, con respuestas fragmentadas; y de la sociedad, con una organización que emergió desde abajo, urgente y solidaria.
Esta crónica reconstruye ese proceso día por día. Desde la calma previa hasta el colapso. Desde el alerta que no alteró la rutina hasta el momento en que la ciudad quedó partida.
Nueve años después, no se trata solo de recordar lo que pasó. Se trata de entender cómo pasó. Y por qué todavía sigue ahí.
27 de marzo
El 27 de marzo de 2017, el Servicio Meteorológico Nacional emitió un alerta por lluvias intensas que se extenderían hasta el jueves 30, con picos previstos para la tarde-noche del miércoles 29. La advertencia estaba formulada con claridad, pero no logró perforar la inercia de la ciudad.
Desde la Municipalidad de Comodoro Rivadavia se activaron los protocolos de emergencia. Hubo tareas de limpieza en pluviales y desagües, se dispuso el esquema de guardias y se puso en funcionamiento un sistema de atención permanente durante las 24 horas. Defensa Civil, por su parte, comenzó a organizar su dispositivo para los días que vendrían.
Pero en la calle, donde los problemas eran estructurales, la respuesta aparecía desfasada. Los pluviales acumulaban tierra y barro por falta de mantenimiento sostenido, y la basura -dispersa en distintos puntos de la ciudad- terminaba de completar un escenario conocido. En las cercanías de los barrios más carenciados, los basurales clandestinos persistían como parte del paisaje. El operativo de limpieza avanzaba sin intensidad: pocos recursos, escasa maquinaria pesada, cuadrillas reducidas. Más que una intervención profunda, parecía un intento de contención.
Ese mismo día se registraron lluvias aisladas, intermitentes, que no alcanzaron a generar complicaciones visibles. No hubo señales de alarma en la vida cotidiana. La ciudad siguió funcionando bajo su lógica habitual: tránsito cargado, bocinas, corridas, choques menores en horas pico.
El alerta estaba, pero no se sentía. Predominaba una sensación de tranquilidad.
Una calma que, con el tiempo, quedaría asociada a algo más: la antesala de lo que estaba por venir.
28 de marzo
El 28 de marzo los protocolos de emergencia continuaban activos, pero el tono empezaba a modificarse. Desde el municipio, el intendente Carlos Linares anunció que se solicitaría la suspensión de clases para el jueves 30. La proyección ya no era menor: se hablaba de precipitaciones de "entre 60 y 70 milímetros" y de un escenario agravado por la posibilidad de marejadas.
"Es grave el alerta", se señalaba desde el Ejecutivo. En la misma línea, el secretario de Seguridad, Héctor Quisle, reforzaba la idea de preparación: "estamos en estado de alerta y preparados para cualquier tipo de contingencia".
La información circulaba, pero no impactaba de la misma manera en todos. Había una memoria reciente que empezaba a activarse en algunos sectores de la ciudad. Quienes ya habían atravesado temporales fuertes hacían cuentas rápidas: recordaban los efectos de lluvias de apenas 32 milímetros, como las de 2013, y comenzaban a dimensionar lo que podía ocurrir si los pronósticos se cumplían.
Pero esa preocupación no era uniforme.
Otra parte de la ciudadanía permanecía inalterable, sostenida en la rutina. El movimiento cotidiano no se detenía: el tránsito cargado, los tiempos apurados, el "caos coordinado" de todos los días seguía funcionando como si el alerta fuera apenas una formalidad.
La ciudad, otra vez, se dividía. Entre quienes empezaban a inquietarse y quienes todavía no veían motivos para hacerlo.
29 de marzo
El 29 de marzo, el alerta dejó de ser un dato técnico para convertirse en una presencia constante. Los medios de comunicación lo repetían, una y otra vez. Se informaba sobre la preparación de cinco centros de evacuados, se recomendaba no salir de las casas salvo por necesidad, se insistía con la suspensión de clases para el día siguiente.
La información circulaba con intensidad. En redes sociales, mientras algunos minimizaban la situación, la mayoría replicaba compulsivamente direcciones, teléfonos, puntos de asistencia. El alerta empezaba a ocupar el centro de la escena.
Pero la ciudad todavía no había terminado de entender.
A las 17:00, una neblina espesa cubrió el centro. La visibilidad se redujo hasta borrar contornos, edificios, movimiento. El ritmo habitual comenzó a diluirse. Había una sensación extraña, como si algo estuviera por romperse.
A las 17:50, empezó.
Primero fue el sonido.
Una lluvia densa, pesada, que golpeaba con fuerza.
Después, la luz empezó a fallar.
Cortes intermitentes en distintos barrios.
Y en pocos minutos, el sistema comenzó a caer.
El agua no tardó en ocupar su lugar.
O mejor dicho: en recuperar el suyo.
Los cauces invisibles, tapados por el cemento, volvieron a abrirse paso. Entre autos, calles, veredas, casas. La ciudad empezó a dividirse en corrientes que no estaban en ningún mapa.
El caos fue inmediato.
El pronóstico hablaba de la noche. De las 21:00.
Pero el diluvio se adelantó.
En plena hora pico, los autos intentaban escapar de corrientes que ya eran imparables. El tránsito se volvió desorden, los recorridos habituales dejaron de existir. El mar, agitado, golpeaba la costa, y el agua salada comenzaba a mezclarse con la lluvia.
En apenas 30 minutos, cayeron cerca de 30 milímetros.
A las 18:30, el sistema público estaba prácticamente paralizado.
Sin luz. Sin transporte. Sin referencias claras.
30 de marzo
La lluvia no dio tregua. Durante toda la noche del miércoles y la madrugada del jueves, el agua siguió cayendo con una intensidad sostenida hasta dejar un registro cercano a los 100 milímetros. Para entonces, el sistema ya estaba colapsado.
Los pluviales desbordaron. Y lo que durante años había sido negado o postergado -los cauces naturales tapados por el cemento, la falta de planificación, la desidia acumulada- reapareció con una fuerza imposible de contener. El agua marcó su propio camino. Y al hacerlo, expuso el lugar exacto donde estaba construida la ciudad.
Las primeras imágenes de desolación se concentraron en los barrios más vulnerables. Fueron los primeros en recibir el impacto completo. Casas anegadas, estructuras cediendo, calles desaparecidas bajo corrientes que no tenían precedentes cercanos.
Desde el municipio se advertía que muchas personas no querían abandonar sus viviendas. El motivo no era solo la pertenencia, sino también el temor: dejar la casa implicaba, para muchos, quedar expuestos a perder lo poco que tenían.
Se pidió no salir después de las 21:30.
Se insistió en una consigna urgente: priorizar la vida.
El transporte público seguía suspendido.
La ciudad estaba fragmentada.
Los barrios, aislados entre sí por "ríos" de agua que corrían con una velocidad desconocida. Autos deformados, convertidos en masa de metal. Camionetas flotando. Viviendas directamente arrasadas o cubiertas. Animales perdidos, perros que lloraban en medio del ruido constante del agua.
La sensación dominante era una: desesperación.
Los centros de evacuados comenzaron a recibir a las primeras familias. Llegaban con lo puesto, con frío, con la voz quebrada, con la dificultad de entender lo que acababan de perder.
Al mismo tiempo, en otras zonas, la escena era otra.
La distancia -geográfica y social- permitía mirar lo que ocurría como si fuera ajeno. Desde una cama, frente a una pantalla, esperando que la lluvia pasara. Como si fuera, otra vez, un problema de otros.
Pero la magnitud ya no admitía esa lectura.
Más de 2000 llamados a Defensa Civil daban cuenta de una demanda que desbordaba cualquier capacidad de respuesta. No se trataba solo de asistencia básica, de nylon o leña: eran pedidos de rescate, de evacuación, de ayuda urgente.
Las clases permanecían suspendidas. Algunos ámbitos laborales intentaban sostener una actividad mínima. Pero la ciudad, en lo esencial, ya no funcionaba. Estaba detenida. Y completamente expuesta.
31 de marzo
La lluvia no paró. Pasada la medianoche, entre el 30 y el 31, siguió cayendo con una intensidad constante, pesada, desconocida. Ya no era un fenómeno climático: era una presencia que ocupaba todo.
El agua empezó a entrar en lugares donde nunca había entrado.
Familias que llevaban años en sus casas, en zonas que no registraban antecedentes de inundación, vieron cómo el agua cruzaba puertas, subía por las paredes, avanzaba sin resistencia posible. La referencia de lo seguro se quebró en pocas horas.
La madrugada fue caos.
Pedidos de auxilio.
Mensajes de WhatsApp que pedían evacuación urgente.
Personas en los techos esperando ser vistas.
Gente saliendo como podía, entre el barro, el frío, la oscuridad.
Los cortes de luz se volvieron constantes. Cada dos horas. Cada una. La ciudad entraba y salía de la oscuridad como si respirara con dificultad. Para entonces, ya no había dudas: se trataba de uno de los desastres más grandes -naturales y estructurales- de la historia de Comodoro Rivadavia.
Los puntos críticos colapsaron. Los arroyos Belgrano y La Mata desbordaron.
La avenida Fray Luis Beltrán. La avenida Roca.
El agua no corría: irrumpía. Estallaba. Se abría paso como brotes violentos en una ciudad que no lograba contenerla. Era un flujo continuo, sin pausa, como si la tierra estuviera devolviendo todo lo que había sido tapado.
El paisaje era desolador.
La gente caminaba por calles que ya eran ríos.
Se gritaban entre sí: "cuidado, por ahí no vayas".
Se advertían, se guiaban, se sostenían.
En medio de ese escenario, empezó a aparecer algo distinto. Un protocolo humano.
Una forma de entenderse sin conocerse. De mirarse y saber. De actuar sin esperar indicaciones. Vecinos con el agua hasta la cintura sacaban barro de sus casas.
Alguien pedía un cigarrillo para bajar la tensión después de ver su auto enterrado, su patio desaparecido. Se armaban cuadrillas espontáneas. Se preguntaban por los otros.
El vecino de la casa más alta abría la puerta. Daba refugio a alguien que vivía a dos casas, hacía diez años, y con quien nunca había cruzado una palabra. Mientras tanto, la información circulaba como rumor, como intento de anticiparse a lo que seguía:
-Dicen que llueven 20 milímetros más.
-No, dicen que hay que esperar.
-Dicen que viene algo peor, que esto no es nada.
Y, sin embargo, la ciudad empezaba a organizarse.
Desde abajo. Algunos cocinaban. Otros salían a rescatar personas. Un joven sacaba a un hombre atrapado en el lodo hasta la cintura en barrio Juan XXIII. Se multiplicaban los gestos.
Pero también aparecían otras escenas.
Casas abandonadas. Personas que se iban sin saber si volverían. Robos en viviendas vacías.
Sectores sin presencia de seguridad. La emergencia no era solo climática. También era social.
Los equipos técnicos comenzaron a registrar daños. Las redes sociales se saturaron: pedidos de ayuda, mensajes de fuerza, relatos en tiempo real. La ciudad estaba en movimiento constante.
Pero no avanzaba. Resistía.
1 de abril
El 1 de abril la catástrofe empezó a medirse en números. Y los números eran contundentes.
El promedio anual de precipitaciones en Comodoro Rivadavia es de 236,7 milímetros, según registros entre 1930 y 2016. El máximo anual se había registrado en 1997, con 488,7 milímetros, de los cuales 172,2 cayeron en junio.
El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) registró 300,4 milímetros en seis días (contabilizando desde el 27 de marzo).
Más que el promedio anual en menos de una semana. La magnitud del temporal quedó expuesta en esa cifra. La conexión terrestre con muchos barrios se interrumpió.
Caleta Córdova quedó aislada debido al gran caudal de agua que atravesó una zona frágil donde había un puente débil.
También se cortó la ruta interprovincial entre Chubut y Santa Cruz, dejando a la ciudad con una única conexión hacia esa provincia.
El alerta meteorológico continuaba vigente, aunque se esperaba la caída de 15 milímetros "nada más". Después de lo ocurrido, esa proyección no generaba alivio. El ritmo habitual de la ciudad -vehículos, bocinas, choques- fue reemplazado por una calma tensa.
Familiares, amigos y vecinos comenzaron a reconstruir lo que les quedó. Despejar accesos.
Rescatar pertenencias. La solidaridad seguía presente. También se registraban algunos saqueos de manera aislada.
Desde los organismos estatales, la respuesta era limitada. No había coordinación. Personal con poca capacitación era enviado a despejar calles y comenzar con la recolección de ese lodo espeso que te "chupaba".
El barro empezó a acumularse. Montañas en boulevares, esquinas y plazas. Los servicios básicos continuaban interrumpidos. La luz era intermitente, con cortes cada tres o cuatro horas en distintos barrios. El agua estaba suspendida y se distribuía solo en algunos sectores.
La ciudad empezaba a moverse otra vez. Pero lo hacía sobre un escenario completamente alterado.
Del 2 al 6 de abril
El 2 de abril se anunció la suspensión de clases para el lunes 3. La conexión entre Comodoro Rivadavia (Chubut) y Caleta Olivia (Santa Cruz) continuaba cortada, y volvía a ceder el puente entre Kilómetro 8 y Caleta Córdova.
En los barrios, el impacto seguía a la vista: Juan XXIII, Moure, Fracción 14 y 15, Bella Vista Sur y Oeste, Cerro Solo, permanecían bajo el lodo viscoso y espeso. El transporte público seguía suspendido desde el miércoles 29 de marzo. En Laprida, 130 familias estaban evacuadas.
La ciudad había cambiado su forma. Las calles se transformaron en barrancos. Las veredas se levantaron. Los caños de gas y agua quedaron expuestos. La tierra, removida, parecía estrujada, deformada como una pelota de papel. El paisaje conocido se volvió irreconocible.
Los camiones continuaban retirando barro, acumulándolo en grandes montañas en esquinas y boulevares. También comenzaban a colocar tierra en los frentes de las viviendas para intentar contener el agua, improvisando barreras que convertían las calles en canales por donde "desagotaba".
El 3 de abril, con la salida del sol, lo que quedaba a la vista era la magnitud de la pérdida. Los robos continuaban, incluso en viviendas habitadas. Los vecinos salían y observaban, en silencio, cómo el trabajo de años había sido destruido en pocos días. Autos tapados por el barro dejaban ver apenas sus techos.
Comenzaban a distribuirse donaciones. Pero no llegaban a todos. Se había dispuesto un centro de acopio en una zona de difícil acceso (Predio Ferial) para muchos afectados. Algunos vecinos no veían reflejada en sus casas la ayuda que circulaba en redes sociales. Algunos no recibirían nada. Otros lo harían más tarde, muchas veces por organización propia, entre vecinos.
El registro de daños seguía en marcha. El 4 de abril trajo una sensación ambigua. En algunas zonas, una "normalidad" extraña comenzaba a instalarse. El Centro recuperaba su ritmo: autos, gente, tránsito apurado. Como si nada hubiera pasado.
Pero no era así en el resto de la ciudad. Los evacuados seguían sin respuestas claras.
Se miraban entre ellos. Muchos que ya tenían poco, lo habían perdido todo. Las donaciones se acumulaban y se distribuían de manera discrecional. La falta de coordinación en las tareas era evidente. En las calles, el trabajo avanzaba sin un esquema claro.
Un hombre llegaba a cumplir tareas y recibía indicaciones de cinco personas distintas. Finalmente, su superior le ordenaba retirarse del lugar.
El caos, de algún modo, estaba contenido. Pero no resuelto. Se hablaba de cifras millonarias en daños. Se esperaba la llegada de un ministro nacional. Los servicios seguían siendo inestables.
El agua se distribuía por zonas. La luz iba y venía. Algunos caños de gas habían explotado, y el olor a azufre se sentía en los barrios.
En toda la provincia, 31 tramos de rutas permanecían cortados. Y volvía el miedo. Se anunciaban 80 milímetros para el jueves 6 y viernes 7.
Los afectados reaccionaban con temor, con angustia, con la sensación de que no podían atravesar otro golpe. El 5 de abril dejó expuestas otras tensiones. Se registraron sobreprecios en garrafas de gas y botellas en supermercados con fuerte presencia en la ciudad (La Anónima). La situación tomó estado público a nivel nacional, al igual que los rescates de personas arrastradas por el agua. La cobertura mediática, concentrada en Buenos Aires, aparecía muchas veces distorsionada, con un desconocimiento evidente del territorio.
Ese mismo día, el papa Francisco envió sus bendiciones a los damnificados. Comenzaron a ofrecerse créditos. Las ayudas se multiplicaron. Comodorenses en ciudades como Córdoba, La Plata y Buenos Aires organizaron colectas. Otras localidades de la provincia y de Chile también enviaron asistencia.
La solidaridad seguía en movimiento. Se distribuían viandas. El Ejército Argentino se sumaba a las tareas de limpieza. Unimog y tanques recorrían las calles, trasladando soldados y evacuados. La presencia militar generaba reconocimiento entre vecinos que valoraban la asistencia. El 6 de abril, las clases fueron suspendidas hasta el lunes 10. Se habilitaron más centros de atención sanitaria. Se reforzó la presencia en las calles. Se activaron nuevamente protocolos de evacuación. Las montañas de barro seguían frente a las casas. Eran parte del paisaje.
El trabajo de limpieza avanzaba lentamente. Poco personal. Pocas máquinas. A las 18:00, las tareas se detenían y no se retomaban hasta el día siguiente, dejando más de ocho horas sin actividad.
El día anterior, el Concejo Deliberante había aprobado la Emergencia Climática, habilitando al municipio a sortear obstáculos administrativos para destinar fondos a obras y acciones urgentes.
Para entonces, la ciudad ya mostraba dos ritmos. Una parte había retomado su dinámica habitual. Otra seguía desorientada. Personas trasladadas en palas de retroexcavadoras.
Barrios aún aislados entre cursos de agua. Vecinos que seguían, literalmente, a la deriva.
La reconstrucción había empezado. Pero la herida seguía abierta.
7 de abril
A las 03:00, todo cedió nuevamente, pero con más fuerza. Las montañas de barro acumuladas en esquinas, frentes de casas, plazas, en todos lados, se desarmaron al mismo tiempo. El lodo bajó, subió, se esparció sin dirección clara. No se sabía si el agua venía de arriba o brotaba desde abajo.
La ciudad estaba a oscuras. Y lo que se escuchaba eran gritos. Pedidos de auxilio.
Mensajes que pedían lanchas. Personas en los techos. El agua tapó casas enteras.
La gente salió como pudo de lo que hasta hacía minutos era su lugar seguro.
Colapsó la ciudad. Colapsó la ayuda. Los tanques quedaban varados en calles desbordadas. En uno de ellos, una mujer sintió que iba a morir cuando el agua empezó a filtrarse adentro. No podía salir. No podía escapar del agua. Otro tanque llegó y logró sacarlos.
En otros sectores, lanchones rescataban familias completas desde los techos. El frío, el viento, la lluvia. Todo al mismo tiempo. Las familias volvieron a separarse. El barro volvió a ocupar todo. Las cloacas desbordaron. El agua entró por todos lados. Y entonces apareció algo más.
El límite.
Personas que venían de días enteros sacando barro vieron cómo ese esfuerzo desaparecía en horas. Puertas, patios, casas otra vez tapadas. El cuerpo no respondía. El ánimo se quebraba. Era demasiado. Los centros de evacuados se desbordaron. Hubo que improvisar.
Casas para cuatro se convirtieron en refugios para diez, once personas. Los recursos no alcanzaban. Las familias se llamaban para saber si seguían vivas. Los vecinos seguían ayudando.
Pero ya no era lo mismo. El cansancio era total. La angustia, también. A partir de ese día, empezó otra etapa.
Más lenta.
Más pesada.
Con anuncios de obras que todavía al día de hoy se siguen prometiendo. Con una ciudad que intentaba recomponerse mientras seguía expuesta. Quedaron casas vacías. Otras se levantaron de nuevo. Algunas se cerraron detrás de muros.
La ayuda llegó. Pero no siempre. No a todos. Y algo más quedó instalado, definitivamente.
El miedo.
Cada vez que anuncian lluvia, el cuerpo recuerda. El estómago se cierra. La espalda se tensa. Porque lo que pasó no terminó cuando dejó de llover.
Sigue ahí.
En el barro seco en las paredes. En las casas que no volvieron a abrirse. En los que perdieron todo. En los que todavía esperan. Y en una certeza que atraviesa a toda la ciudad: que aquella semana no fue solo una tormenta. Fue el momento exacto en que Comodoro Rivadavia entendió que podía perderlo todo
en cuestión de horas.
Y que desde entonces, cada nube oscura ya no anuncia lluvia.
Anuncia que las peores pesadillas vividas pueden volver a suceder.