Opinión

IA y crédito privado, la nueva arquitectura del colapso capitalista

Por Geraldina Colotti

La crisis financiera de 2008 no fue un «error de cálculo», sino una necesidad sistémica de un capitalismo que, agotado en su capacidad productiva, buscó refugio en la ingeniería de las hipotecas basura. Hoy, en 2026, el escenario es aún más ominoso. Como admite el exfuncionario del Tesoro estadounidense, Richard Bookstaber, el sistema ha construido una estructura de interconexión tan rígida que cualquier chispa en el mundo físico -desde un fallo eléctrico hasta un misil en el Golfo- puede desatar un incendio financiero global inmediato.

Desde la economía política marxista, observamos que el auge de la Inteligencia Artificial (IA) no está sirviendo para liberar al trabajador, sino para crear una nueva burbuja de sobrevaloración. Actualmente, apenas diez empresas tecnológicas representan más de un tercio del valor del S&P 500 (el índice que agrupa a las 500 corporaciones más poderosas de Wall Street). Esta concentración sin precedentes es el síntoma de un capital que ya no tiene dónde invertirse de forma rentable y se aglutina en un solo sector, inflando precios artificialmente.

Pero lo más peligroso es el «motor invisible» de este auge: el mercado de crédito privado, que asciende a 2 billones de dólares. Tras la crisis de 2008, los bancos tradicionales se retiraron, dejando espacio a fondos como BlackRock y Blackstone para prestar dinero a empresas tecnológicas que hoy son vulnerables. Estos préstamos son «activos ilíquidos»: no se pueden vender fácilmente. Si la burbuja de la IA pincha, los inversores no podrán recuperar su dinero y venderán lo único que les queda: las acciones de las grandes tecnológicas, provocando un efecto dominó que dejaría a la crisis de Lehman Brothers como un simple ensayo.

Marx hablaba de la fractura metabólica entre el sistema y la naturaleza. Hoy, esa fractura se manifiesta en la voracidad energética de la IA. Los centros de datos y la producción de semiconductores requieren cantidades masivas de electricidad y agua. Aquí es donde el sistema financiero se vincula a las vulnerabilidades del mundo físico.

Un conflicto en el Estrecho de Ormuz que eleve los costos de la energía no solo afecta el precio de la gasolina; impacta directamente en la rentabilidad de los gigantes tecnológicos. Si Irán responde a las agresiones imperialistas o si Taiwán -centro mundial de microchips- sufre un bloqueo, la infraestructura física de la IA colapsaría. El capital ficticio (las acciones) se enfrentaría de golpe a la realidad material: sin energía y sin chips, los billones de dólares en valoraciones bursátiles son solo humo.

El sistema financiero actual falla porque ha eliminado los amortiguadores. Los modelos matemáticos de Wall Street saben medir la volatilidad de los precios, pero son incapaces de procesar una sequía, un apagón sistémico o una derrota geopolítica. Estamos ante una crisis donde el riesgo financiero se ha convertido en riesgo físico.

Para Venezuela y los pueblos que ejercen la diplomacia de paz, esta fragilidad del centro imperial es un llamado a la soberanía. Mientras el norte se encadena a una red de deuda privada y dependencia tecnológica extrema, el camino bolivariano debe seguir fortaleciendo la economía real y las alianzas pluripolares. El capitalismo ya no solo amenaza los precios; amenaza la base material de la vida. Ante su colapso inminente, la única salida sigue siendo el socialismo radical y la planificación para la vida, no para la acumulación especulativa.