El país

A 49 años de la primera ronda: La continuidad de las Madres de Plaza de Mayo

El legado de sus pañuelos blancos trasciende el tiempo y se hace cuerpo en el presente. La socialización de la maternidad, nacida frente al terror dictatorial, hoy articula nuevas resistencias contra la quita de derechos. Una genealogía política que demuestra que, ante la crueldad, la única salida es colectiva.

Por Manuel Barrientos

El calendario marca 49 años desde aquel 30 de abril de 1977, cuando un grupo de mujeres decidió comenzar a girar en ronda. Venían juntándose en iglesias, en comisarías y regimientos, en antesalas de ministerios donde solo recibían indiferencia o amenazas. Pero ese sábado, bajo el cielo de la Plaza de Mayo, la historia cambió de eje. La orden de las fuerzas de seguridad fue tajante: no podían quedarse allí quietas porque regía el estado de sitio. "Circulen", dijeron los uniformados, con esa soberbia de quien se cree dueño del espacio público. Una de ellas, Azucena Villaflor, pidió que se pusieran en fila, una detrás de la otra, para hacer la hilera más larga, para que parecieran más de las que eran. Se tomaron del brazo y empezaron a caminar alrededor de la Pirámide. Aquella caminata se convirtió en un símbolo persistente y creativo frente al terror. En una ronda que todavía no termina.

En ese gesto de caminar juntas nació algo que los genocidas no previeron: la socialización de la maternidad. Ya no buscaban solo a la hija o el hijo propios: buscaban a todos. Cada una de ellas se hizo madre de los miles de desaparecidos. El pañuelo blanco, que nació de la necesidad de reconocerse en una peregrinación a Luján usando un pañal de tela, se volvió ícono de resistencia universal.

Celia Jinski de Korsunsky, desde Bahía Blanca, solía preguntarse de dónde sacaron el coraje, si el miedo estaba ahí. Salir de sus hogares para ir a la calle fue una decisión de supervivencia política. Aprendieron a no llorar a gritos, porque el llanto nubla el pensamiento y ellas necesitaban pensar para armar la resistencia. "Si lloro me pierdo en los laberintos y no puedo armar nada", decía Celia. Con la fuerza de una arenga, Taty Almeida lo resume: "A pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie". Y, si las Madres pudieron frente a semejante horror, cómo no vamos a poder nosotras, se dicen otras madres, con nuevas luchas, siempre colectivas.

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En 1952, Hugo del Carril dirigió, produjo y protagonizó Las aguas bajan turbias, pieza fundamental del cine argentino. Allí, en el Alto Paraná, en el infierno verde de los yerbatales donde los mensúes morían bajo el látigo de los capataces, aparece una imagen premonitoria. Lo que volvía: cadáveres flotando sin familia y sin la posibilidad de ser identificados.

Una mujer mayor, con un pañuelo en la cabeza, cura la espalda de un trabajador azotado. Se lamenta por su propio hijo, a quien dejaron tirado un año atrás, y explica su presencia en ese territorio de explotación con una frase que condensa el espíritu de la Plaza: "Vine para estar más cerca de él, y porque ahora todos los mensúes son mis hijos". Esa madre cinematográfica ya portaba la concepción colectiva. El pañuelo en la cabeza y la idea de que donde hay un despojo, hay hijos propios y ajenos que defender.

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Hoy esa herencia no es una pieza de museo. El legado de las Madres habita en los jóvenes que llenan los espacios de memoria, en quienes sostienen los juicios de lesa humanidad y en cada jueves de ronda. Pero también se manifiesta con potencia vital en otros sectores que se encuentran bajo amenaza. Son las madres de hijos con discapacidad las que salen a la calle a luchar contra la privación de derechos.

Valentina Bassi, actriz y madre de Lisandro -un joven de 16 años dentro del espectro autista- reconoce en las Madres la enseñanza de la lucha constante y continua. "Cuando estoy cansada, pienso en ellas y digo: Si ellas no bajaron los brazos y no se cansaron en dictadura, ¿cómo voy a bajar yo los brazos? Ese ejemplo histórico está presente y ante cada conflicto que vivo me resuena su lucha". Para Valentina, la lucha de las Madres es un motor para seguir adelante.

Desde Lomas de Zamora, María Martínez, madre de Kevin y Brandon, dos jóvenes con discapacidad, establece un puente directo entre aquellas mujeres de pañuelo blanco y su realidad actual. "Si ellas luchaban por saber dónde estaban sus hijos desaparecidos, nosotras luchamos para que nuestros hijos sean visibles, para que no desaparezcan, para que sean tenidos en cuenta", dice. Recuerda un abrazo con Estela de Carlotto como un mandato de unión. "No bajen los brazos, como nosotros no lo bajamos, ustedes tampoco: sigan luchando, manténganse unidas", le dijo Estela. Y en ese abrazo se fundieron las décadas de lucha por la identidad con la urgencia presente por la accesibilidad y el derecho a los tratamientos.

Daphne Bernacchi, mamá de Giuliano, de 26 años, con discapacidad cognitiva, también define a esos pañuelos blancos como su guía. "Quienes hemos tenido a las Madres, a las Abuelas, a H.I.J.O.S. como faro, emprendemos esta lucha desde ese lugar de que nada nos va a detener, de que nos enfrentaremos a lo que sea, a los golpes de la policía, a poner la cara, a hablar por todos los medios que podamos, porque sabemos que la única lucha que se pierde es la que se abandona". Haber crecido durante la dictadura le dio la perspectiva para valorar ese coraje: si ellas pudieron con lo más tremendo, que es la desaparición de un hijo, ellas también podrán.

Si la policía no las deja estar quietas, caminarán, como hicieron aquellas mujeres en 1977. Es una forma de entender que la maternidad, cuando se vuelve colectiva, es una fuerza política capaz de enfrentar cualquier olvido y toda forma de crueldad. Las aguas siguen bajando turbias, pero las madres salen a sanar espaldas, abrazar hijas e hijos y girar en las plazas para luchar por los derechos.

Fuente: Página/12