Guerras por petróleo: El choque y el inicio del colapso
Por Alberto Carral
Sin energía no hay vida, pues todo lo que se mueve depende de ella. Es tan omnipresente, que su disponibilidad cotidiana pasa desapercibida, lo cual es inquietante si consideramos que una infinidad de criaturas de la naturaleza se alimentan unas de las otras para obtenerla, y que los delirantes sujetos que encarnan la compulsión del capital por acumular más y más capital roban y matan por ella. A pesar de su indiscutible relevancia, con asombrosa frecuencia se olvida que la energía es la base de la economía y de muchas otras cosas.
La centralidad del petróleo y el gas
Más allá de la avasalladora propaganda sobre las virtudes de las renovables, lo cierto es que casi el ochenta por ciento del consumo final de energía en el mundo depende directa o indirectamente del petróleo y el gas. Visto así, es enorme la potencia explosiva del choque que tiene lugar en Asia Occidental desde el 28 de febrero. No solo por las víctimas inocentes que han sido asesinadas y por la destrucción material que ha ocasionado el enfrentamiento bélico, sino, también, porque el bloqueo derivado del conflicto impide el paso de buques-tanque, portacontenedores y graneleros por el estrecho de Ormuz, y dificulta la navegación por el mar Rojo hacia el canal de Suez y en dirección al golfo de Adén.
Segmentos significativos de funcionarios y políticos de todo tipo, así como de analistas, observadores y público en general, aún consideran alarmista afirmar que, como resultado del choque entre grandes intereses que está aconteciendo en el mundo, el sistema energético, económico y de vida que conocemos está comenzando a colapsar y que la "normalidad" acostumbrada nunca regresará. Suele creerse que el atasco de unos pocos cientos de barcos no es gran cosa y que, en todo caso, una vez que se reanude el tránsito la situación volverá a ser como era antes. Por desgracia, si se observa con frialdad la evidencia disponible, tal perspectiva cae al vacío.
Nada de lo que está aconteciendo es sorpresivo, pues los factores que explican el colapso en curso han estado presentes desde hace dos décadas. En un artículo que publiqué en marzo de 2023, expliqué el sentido de "la incompatibilidad entre un sistema económico basado en el crecimiento perpetuo y un planeta con límites materiales infranqueables"1. Durante los últimos doscientos años, la plétora de energía barata -fundamentalmente de petróleo y gas- y la abundancia de materias primas, se constituyeron en la plataforma sobre la cual tuvo lugar una etapa irrepetible de expansión material. Sin embargo, el inicio de la caída en la disponibilidad de esos recursos naturales ha frenado la gran aceleración y ha provocado que, inexorablemente, el motor de la acumulación de capital sin freno comience a fallar.
A la escasez ordinaria de hidrocarburos, que con el paso de los años se ha venido incubando debido al consumo irracional y al agotamiento natural de reservas, se añade ahora la privación extraordinaria ocasionada por la guerra que Estados Unidos e Israel han emprendido en contra de Irán. El impacto global del paro casi total del tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz y del mar Rojo es ya muy grande. En sesenta y dos días de bloqueo se han perdido cerca de mil millones de barriles de petróleo y derivados, un volumen gigantesco al que se añaden entre catorce y quince millones de barriles cada día que pasa. Ello supone que alrededor del treinta por ciento del petróleo que se comercializa en el mundo no ha llegado a su destino, y que aquellas actividades económicas que no reciban la energía necesaria para mantenerse funcionando se verán forzadas a detenerse, ya sea de manera temporal o definitiva. Ya está en curso una gran destrucción de demanda que tensará mucho más aún el escenario militar, geopolítica y social a escala global, pero la situación puede llegar a ser catastrófica si la guerra se reanuda y la violencia se extiende a otros lugares.
El petróleo y el gas no son simples mercancías entre tantas más. Son el sostén energético de las cadenas globales de valor y las sustancias que mueven los sistemas y procesos clave de nuestro modo de organizar la vida. De su disponibilidad suficiente dependen no solo los mercados y las finanzas, la química y la petroquímica, la agricultura y la industria, la alta tecnología y la defensa, la construcción y las infraestructuras, el transporte y la logística, o la inflación y el costo de los productos básicos, sino también la seguridad alimentaria, la medicina y el cuidado de la salud, el clima y el medio ambiente, la vivienda y el vestido y, en general, el rumbo de la existencia cotidiana de las personas y sus familias.
El choque en Asia Occidental
A consecuencia del conflicto actual, se estima que entre 19 y 23 millones de barriles diarios (MBD) de petróleo crudo en algún momento se han dejado de mover. Una parte de estos energéticos ha encontrado salida por los puertos de Fujairah y Yanbu y a través de nuevas rutas en Pakistán y hacia el Mar Caspio; sin embargo, el volumen amenazado representa una proporción elevadísima de entre 42 y 48 por ciento del total mundial que se transporta por vía marítima -a lo que hay que sumar la interrupción de entre 26 y 33 por ciento del comercio de gas natural licuado (GNL).
La situación actual es mucho peor que la padecida durante el embargo petrolero impuesto por las naciones árabes a Estados Unido y algunos de sus aliados en 1973. En aquel entonces, la interrupción de los flujos fue una decisión voluntaria de los países productores de crudo, de tal modo que, al concluir el conflicto, el petróleo comenzó a fluir nuevamente casi sin obstáculos. En cambio, ahora, a la imposición del bloqueo marítimo estadounidense se suma la destrucción física de capacidad instalada de pozos, campos petroleros y gasíferos, refinerías e infraestructura de apoyo. Las cifras de la devastación son escalofriantes, pues la interrupción del suministro de más de 2 MBD de crudo, entre 3 y 5 MBD de productos refinados, y casi 4 por ciento del comercio mundial de gas natural licuado se prolongará por mucho tiempo. El nivel de oferta previo al conflicto demorará años en ser reestablecido, si es que esto alguna vez sucede. Por algo la Agencia Internacional de Energía (AIE) considera que el mundo enfrenta la mayor amenaza a la seguridad energética de la historia2.
Por si esto fuera poco, es imposible reestablecer de inmediato el funcionamiento de los pozos y de las demás instalaciones dañadas o detenidas abruptamente. Aun si la guerra terminara hoy mismo, el regreso a la operación de los equipos y sistemas podría demorar muchos meses (o años), debido a que la física de los reservorios y la química de los equipos ocasionan que un "apagado temporal" se transforme en un problema de ingeniería complejo y costoso3. Además, a pesar de que durante los últimos dos meses miles de buques-tanque y cargueros diversos dejaron de cruzar por el estrecho de Ormuz, el desabasto de petróleo, GNL y otras materias primas aún no se ha manifestado con toda su fuerza puesto que muchos de ellos zarparon antes del inicio de la guerra y demoraron semanas en llegar a su destino.
En el retraso del impacto también influye el hecho de que Estados Unidos y varios de los países afectados por la escasez han echado mano de sus reservas de petróleo para manipular artificialmente los precios y para sustituir el faltante energético. Esto, sin embargo, no puede durar, porque, a excepción de China, que es capaz de hacer frente a un desabasto prolongado por contar con voluminosas reservas de petróleo (estimadas en 1,350 millones de barriles), el resto de los países afectados ya han llevado sus reservorios a un nivel crítico.
El inicio del colapso
En las semanas y meses por venir, se sentirán con toda su intensidad las repercusiones del choque energético. En este momento, ya comienza a observarse el daño en la aviación comercial causado por el desabasto y el incremento concomitante de hasta 150 por ciento en los precios del jet fuel (queroseno), lo que, a su vez, ha obligado a la cancelación de miles de vuelos y al rápido encarecimiento de los pasajes. Sin duda, el efecto más dramático y preocupante se observa ya en la falta de fertilizantes, que está siendo ocasionada por la baja disponibilidad de materias primas que son clave para producirlos, tales como la urea, el azufre, el amoniaco y los fosfatos, entre otras. Pakistán, Bangladesh, Sri Lanka, India, Brasil y muchos otros países de África y el Sudeste Asiático ya comienzan a padecer las terribles consecuencias de la escasez de alimentos básicos. De acuerdo con una encuesta realizada en abril, siete de cada diez agricultores estadounidenses aseguraron que, por los altos precios, no están en condiciones de obtener los fertilizantes indispensables para la temporada de siembra que debía ocurrir en primavera4.
El mundo enfrenta un punto de quiebre a partir del cual todo comenzará a cambiar. Con distintas velocidades e intensidades -dependiendo del país y el sector económico particular de que se trate-, muy pronto el choque alcanzará a prácticamente a la totalidad del aparato productivo mundial y, aunque no se dará de manera súbita, el desarrollo del colapso parece inevitable. Independientemente de que el conflicto bélico de EEUU e Israel en contra de Irán finalice pronto y de que sus impactos territoriales y temporales sean desiguales, es bastante claro que el larguísimo e irrepetible período de la energía fácil y barata se ha terminado. El choque energético va a continuar, aun cuando el unilateralismo de Estados Unidos sea derrotado y en su lugar se establezca un orden multipolar cooperativo.
Una proporción muy elevada de la oferta mundial normal de distintas materias primas estratégicas y productos críticos está siendo cancelada, lo cual significa que aquellas actividades que no reciban a tiempo los insumos indispensables se verán forzadas a detenerse. No se necesita ser economista para saber que este fenómeno inédito, sumado a la inevitable decadencia en la disponibilidad de petróleo y gas, tiene el potencial de producir, no solo una recesión o una depresión mundial, sino también un colapso del sistema económico vigente. Probablemente surgirá otra cosa y, aunque no sabemos qué será, podemos estar seguros de que las repercusiones sobre nuestras formas de vida serán de gran magnitud. A mayor o menor velocidad, el colapso ha iniciado y seguirá avanzando, por lo que es imperativo afrontarlo con la finalidad de adaptarnos y disminuir, en lo posible, los costos de su impacto. Entre otras acciones estratégicas que es urgente comenzar a desplegar, ha llegado la hora de impulsar masivamente redes de autoabastecimiento en pueblos, colonias y barrios5.
En el siguiente cuadro, se muestra el efecto que los bloqueos marítimos han tenido sobre las distintas materias primas estratégicas y productos críticos: