El mundo

A tres meses del levantamiento, el pueblo de Chile pide solidaridad internacional

Por Carlos Aznárez*.

A las organizaciones sociales y populares, a las y los trabajadores, a las y los intelectuales de Nuestramérica:

Ya van tres meses del gran levantamiento popular que vive Chile. Desde aquellos días de mediados de octubre del 2019 en que un bullicioso grupo de estudiantes decidiera evadir (colarse) en el Metro santiaguino protestando por el altísimo costo del pasaje (más de un dólar) y con ello despertar a la sociedad chilena de un prolongado sueño, el país ha vivido un sacudón que sin dudarlo dio nacimiento a un nuevo Chile.

La valentía de aquellos «cabros y cabras» que burlaron la vigilancia del Metro y luego fueron reprimidos violentamente por los carabineros generó una cadena de solidaridades para con los golpeados y heridos estudiantes. Todos a una, el pueblo de Chile salió a las calles y no las abandonó hasta el presente. Miles y miles de jóvenes generaron otras tantas acciones de repudio al accionar policial que muy pronto recondujo la protesta a un salto cualitativo. La exigencia que hoy recorre todo Chile está sintetizada en dos consignas: «Piñera renuncia!» y «Pacos culiaos», refiriéndose con ironía y rabia a esa institución de características nazis que torturó y asesinó durante la dictadura pinochetista y ahora sigue repitiendo ese guión contra quienes protestan pacíficamente.

A partir de esas primeras duras escaramuzas de octubre muchos imaginaron que esta revuelta iba a ser lluvia de verano y que los jóvenes, hartos del capitalismo salvaje y de sentirse excluidos en todo sentido, iban a aflojar. Que «se les iba a pasar la huevá«, como sugirió un ministro. Nada de eso ocurrió, sino todo lo contrario. La rebelión juvenil se convirtió con el correr de los días en una masiva movilización interclasista que abarca todas las edades. Juntar cientos de miles o incluso un millón de personas en la rebautizada Plaza de la Dignidad, se fue convirtiendo en un escenario habitual. Y todo ello a pesar de la cada vez mayor represión, de los potentes chorros de agua con soda caústica que queman el cuerpo, de los gases vomitivois y de los balines arrojados a la cara y a los ojos, siguiendo las enseñanzas israelíes en el tema. Nada hizo retroceder a este huracán que sabe qué es lo que no quiere y qué lo mueve a la rebeldía. » nos hemos despertado y luchamos por nuestra dignidad». Ni más ni menos.

Nada amilanó la saludable bronca de los que «no tienen nada que perder porque lo hemos perdido todo», ni siquiera los hizo recular la salida de los milicos, el toque de queda, los fusilamientos clandestinos, las torturas y asesinatos de los «pacos culiaos». Nada le sirvió a la dictadura, cuyos funcionarios hoy no pueden pisar la calle, salvo disfrazándose, si no quieren que los escupan, los funen (escrachen) o como ocurre en los estadios y en cada plaza del país, les hagan oir el hit del verano chileno: «Piñera conchitumadre, asesino igual que Pinochet».

Este movimiento imparable es asambleario, horizontal por donde se lo mire, sin líderes al estilo de otras épocas pero con el voto de confianza a los y las que luchan en primera línea poniendo el cuerpo a los balines, los gases o la muerte emboscada. Este movimiento, está al margen de los políticos burgueses, de todos ellos sin distinción, incluidos los de cierta «izquierda» que pactó con Piñera una Constituyente que no es la que reclaman los de abajo. «La nuestra será inclusiva, popular, protagónica, feminista y con los pueblos originarios», dicen. Este movimiento de masas en la que están integrados los nietos de aquellos miles que se jugaron el pellejo por hacer la Revolución en los 70 y muchos fueron asesinados en el intento, es la expresión más acabada de una singular revolución cultural y política del siglo XXI. Une, en la fuerza que da el estar cotidianamente espalda con espalda en la calle, el legado histórico de las rebeldías chilenas, desde Manuel Rodriguez hasta Víctor Jara, Salvador Allende y Miguel Enriquez, pero no necesita exponerlos en carteles o banderas, sino que incorpora el canto, la poesía y la bronca de las nuevas insurgencias. Para estos jóvenes pesan otros nombres más cercanos, como Mauricio Fredes, de la primera línea, muerto en la refriega con los «pacos», a metros de la Plaza de la Dignidad. O Gustavo Gatica, que quedó ciego por los balines apuntados a los ojos.

Estos luchadores y luchadoras, escriben sus documentos y declaraciones en las paredes, con textos creativos, al igual que los son las pancartas artesanales con que se movilizan. Son una fuerza arroladora cuando enfrentan la brutalidad bélica de los uniformados, quienes no entenderán nunca por qué esos «cabros y cabras» tan pequeños, que llevan en la mano una bandera chilena o una mapuche, se ríen y bailan, corren como jugando, se montan en bicicletas, cantan al son de la música que transmite la Radio Plaza de la Dignidad. Se besan apasionadamente o se abraza para acuerparse mientras a su alrededor estalla un pandemonium de gases, explosiones y alaridos. Son la vida frente a la muerte, porque «hemos perdido el miedo».

La revuelta es territorial, ora estalla en Santiago, ora en Valparaiso, en Pudahuel Sur, en Antofagasta, Temuco, Concepción o Iquique. El país entero «ha dicho basta y echado andar», golpeando las cacerolas (a las que rinde homenaje la combativa rapera Ana Tijoux) o enfrentando a los fusiles con piedras o hasta con los puños.

Frente a toda esta gigantesca movida, la dictadura ha logrado que sus medios hegemónicos sumisos callen vergonxosamente, censuren lo evidente, intenten tapar la realidad, pero esta una y otra vez se les viene encima. Y esto no solo ocurre en Chile, sino que el discurso único impera en toda la genuflexa prensa del continente. Pero lo que no han podido amansar es a las cientos de guerrillas comunicacionales que a través de videos en las redes van denunciando los horrores de la represión y las pequeñas pero gratificantes victorias de los movilizados.

De allí el motivo fundamental de esta nota urgente, escrita desde las entrañas y con la pasión que nos provoca semejante rebelión popular. Se hace necesario que en el lugar donde nos encontremos hagamos nuestra la causa del pueblo chileno, que no los dejemos solos en el intento de restaurar una sociedad en la que quepan todos y todas. Que rompamos el muro de la desinformación y de la manera que podamos, en cada ciudad, en cada país, nos manifestemos, abrazando a las y los que luchan en la patria de Gabriela Mistral.

Es hora que también nosotros y nosotras despertemos ese estímulo tan indispensable que es el internacionalismo solidario. Chile, su pueblo, su corajuda juventud, nos está convocando con el ejemplo. No les fallemos, acerquemos un saludo fraternal que no signifique solo eso, sino que nos comprometa a que las calles de nuestros países también vean flamear esas dos banderas (la chilena y la mapuche) que se han hermanado para siempre. Que nuestros vecinos y vecinas se enteren que lo que allí ocurre no es por casualidad sino porque el imperialismo y el capitalismo asfixian a los pueblos de tal manera que un buen día «se viene el estallido». Y se convierte en imparable.

*Director de Resumen Latinoamericano e integrante de «Resistir y Luchar» Alba Movimientos.

Fuente: Resumen Latinoamericano