TEXTOS Y FOTOS: LUCAS BRITAPAJA, NANCY CALFIN Y NOELIA OTERO*.
La organización social de la colectividad boliviana se funda en la familia y en vínculos de paisanaje que construyen y mantienen con otros migrantes. Para que esta organización cumpla la función de integración comunitaria hay un vínculo de solidaridad y reciprocidad que tiene raigambres históricas. Se trata de un sello de origen, y es precisamente ese rasgo identitario lo que permitió que pudieran mantener su proyecto de vida en la región.
"Cada uno fue trayendo un pion, dos piones y así... Iban llegando sobrinos, cuñados; hasta que toda la familia se vino al valle", cuenta Eustasia. El trabajo colectivo es una práctica bastante común en Bolivia que han replicado: "Acá es igual. Hacemos como dice la Biblia: con los viejos y compartimos".
La reciprocidad es propia de su cultura andina y preserva similitudes con la solidaridad ritual del minka: "Nos ayudamos entre bolivianos, parientes, vecinos, conocidos. Hoy me toca a mí ayudarte y mañana a vos. Todo gratis", explica Eustasia y agrega otro rasgo: "Y después hacemos comida con chicha, matamos una oveja y comemos todos"; aunque sostiene que esto último se ha ido perdiendo en la Patagonia.
Según los migrantes, esos principios fueron trastocándose en Chubut y pioneros como Donato o Rufino se quejan de que se vaya diluyendo. En ese sentido se manifestó Eustasia: "Los de Potosí son más unidos. Nosotros los de Sucre uno va por un lado otro por el otro y si andás mal, miran para otro lado".
Las diferencias regionales de los migrantes de Bolivia se manifiestan en algunas marcas de identidad. "En Madryn son de Cochabamba y acá somos de Sucre. Somos agricultores y en Madryn constructores", explica Rufino y Eustasia suma a la idea: "se dedican a construir casas o a la pescadería. Nosotros no sabemos hacer casas" y finalmente agrega: "Nosotros trabajamos sin importar sábado, domingo, hora; a veces paramos por el calor, pero no es como otro trabajo".
Rufino y Eustasia llegaron al Valle de la mano de Donato.
De la dependencia a la autonomía
El proyecto de vida que los migrantes y sus familias llevan a cabo en la Patagonia se puede pensar como una serie de peldaños que representan el progreso económico. Las familias y los migrantes más antiguos cumplen la función de integrar a los recién llegados.
El proceso individual comienza con una fuerte dependencia laboral para luego ir ganando mayor autonomía y al mismo tiempo acrecentar ingresos, ahorros y renta.
Los recién llegados trabajan como jornaleros, peones o medieros y luego pasan a ser arrendatarios, propietarios e incluso hay quienes poseen varios negocios vinculados: distribución, comercio, alquiler de maquinarias, camiones y parcelas, prestamistas, etc.
El régimen laboral de mediería es el más complejo. Un propietario o arrendatario cede una parcela de cultivo a otro trabajador y su familia, y luego dividen los porcentajes de las ventas que produjo el lote. Sobre la relación con el mediero, Donato lo explica así:
"El trato es: yo aro, esqueo, entrego el surco hecho, le doy la semilla y la máquina. Y con eso produce lo que él quiere. Lo produce y lo limpia. Yo pongo todo. El mediero es la mano de obra nomás. Después de la cosecha trae para acá, lleva a los hijos y repartimos. De diez, yo me quedo con seis y él con cuatro".
Salomé, Oreste y Darío junto al horno de barro, un elemento característico que las familias de origen boliviano sumaron a las chacras.
Los signos del progreso
El progreso económico se manifiesta a través de la compra de bienes de capital, fundamentalmente vehículos como camionetas pick ups, utilitarios, camiones y maquinaria: tractores, carros, sembradoras, roturadoras. La posibilidad de adquirir una pick up tipo Toyota Hilux es figurado como muy útil para el trabajo, pero también un indicador de progreso.
Mateo, que estaciona su Hilux al costado del invernadero que trabaja como mediero de Rufino, la adquirió "en 750 mil más o menos". Sobre eso se manifestó Eustasia: "Trabajó mucho para comprarse su camioneta".
La evolución de jornalero hasta arrendatario no es una trayectoria única. Donato explicó que algunos migrantes recién llegados prefieren invertir su limitado capital en arrendar una chacra y largarse a producir. Además, llegado a este punto de la escala, empiezan a manifestarse los conflictos hacia dentro de los grupos de chacareros de origen boliviano. Los inconvenientes son diversos, aunque en las conversaciones resaltan con más frecuencia los conflictos por el manejo de los canales de riego y el acceso a la tierra.
Por ejemplo, Donato ha resaltado esa lucha por el acceso a las chacras. "Entre bolivianos nos cagamos. Vos por ejemplo estás alquilando a 20 y viene otro y le dice al dueño ‘yo te pago 22' y al dueño le conviene", explica el primer migrante de la colectividad.
Desde que Donato comenzó el asentamiento boliviano en la zona del valle, la vinculación parental y entre paisanos hizo que se tejiera una red de compromisos basados en la solidaridad y reciprocidad que, a pesar de que a veces no cumple con las expectativas de los migrantes más antiguos, es un recurso presente de supervivencia, integración y progreso.
Machismo y mujeres con poder de veto
Otro de los aspectos que resuena en el discurso social del valle es el machismo de los bolivianos. En la convivencia diaria con los chacareros se ha notado una preocupación especial por hacer prevalecer la palabra y autoridad del jefe varón hacia los visitantes exteriores.
Sin embargo, sin eclipsar esta evidente noción de jefatura familiar, algunas mujeres cuentan con evidente peso específico al momento de tomar las decisiones o participar en la resolución de conflictos.
Hacia dentro de la familia y durante las discrepancias las mujeres no solamente tienen peso propio sino que además conservan el poder de veto sobre lo que se puede y lo que no, sobre lo que conviene y lo que no conviene. Ese peso puede estar reforzado cuando la mujer es una referente de la zona -como es el caso de Eustasia- o por ser familiar de alguno de los jefes varones más reconocidos -como en el caso de Adela-.
Los chicos en las chacras
"Traénos esta foto y que diga arriba ‘Los Amigos'", pide Belinda cuando ve por el visor de la cámara las fotos de cuando ella junto a Juan y Alejandro jugaba a la pelota frente a un paredón de ladrillos huecos en la chacra de Oreste. Los chicos que viven en las chacras se crían entre las parcelas de cultivo, los caminos rurales y las escuelas públicas de la zona.
Mateo, papá de Lisbette, asegura que la parte más difícil que viven los chicos es cuando apenas llegan a la zona, sobre todo si la familia que recién se instala no tiene muchas relaciones parentales o de amistad con otros bolivianos. "Se crió sola, sin chicos alrededor. Era más tímida cuando era más chiquita", explica Mateo sobre su hija, quien permanecía retraída al momento de sacarse una foto con su papá y su mamá, Mateo y Filomena.
Lisbette, Filomena y Mateo dentro de uno de los invernáculos.
Mientras jóvenes y adultos realizan las tareas propias de las chacras, las bicicletas, la pelota y los chicos correteando constituyen una escena bastante común; incluso a veces dentro de las mismas parcelas donde sus padres están trabajando. Donde vaya un grupito de chicos van también dos o tres perros que los siguen, incluso cuando con sus guardapolvos se dirigen a algunas de las cuatro escuelas públicas que hay en la zona de chacras.
Los chicos de las familias de origen boliviano reparten su tiempo jugando entre las chacras y en las escuelas públicas del área rural.
*Tres fotógrafos con formación en diferentes disciplinas comenzaron hace tres años este proyecto de registro fotográfico y recopilación de testimonios que ahora publica El Extremo Sur.
Lucas Britapaja nació en Sarmiento. Es periodista y estudiante de Historia.
Nancy Calfin nació en Trelew. Es profesional en Ciencias Ambientales.
Noelia Otero nació en Río Gallegos. Es docente en Ciencia Política.