El país

El último mensaje de Evita: "todavía más abominables que los imperialistas son los oligarcas que se venden"

Por Eva Perón*

El último escrito de Eva Perón está fechado en julio de 1952 -murió el 26 de ese mes y había nacido el 7 de mayo de 1919- y recoge reflexiones potentes y descarnadas de sus últimos tiempos. El texto fue incluido por Juan José Salinas y Juan Jiménez Domínguez en el libro "Mi mensaje" (Buenos Aires, editorial Futuro, 1994). Afirma: "Soy católica, pero no comprendo que la religión de Cristo sea compatible con la oligarquía y el privilegio. Esto no lo entenderé jamás. Como no lo entiende el pueblo. El clero de los nuevos tiempos, si quiere salvar al mundo de la destrucción espiritual, tiene que convertirse al cristianismo" y remarca que "Yo no auspicio la lucha de clases, pero el dilema nuestro es muy claro: la oligarquía que nos explotó miles de años en el mundo tratará siempre de vencernos. Con ellos no nos entenderemos nunca, porque lo único que ellos quieren es lo único que nosotros no podremos darle jamás: nuestra libertad".

1. MI MENSAJE

En estos últimos tiempos, durante las horas de mi enfermedad, he pensado

muchas veces en este mensaje de mi corazón. Quizás porque en "La Razón

de mi Vida" no alcancé a decir todo lo que siento y lo que pienso, tengo que

escribir otra vez.

He dejado demasiadas entrelíneas que debo llenar; y esta vez no porque yo

lo necesite. No. Mejor sería acaso para mí que callase, que no dijese

ninguna de las cosas que voy a decir, que quedase para todos, como una

palabra definitiva, todo lo que dije en el primero de mis libros, pero mi

amor y mi dolor no se conforman con aquella mezcla desordenada de

sentimientos y de pensamientos que dejé en las páginas de "La Razón de mi

Vida".

Quiero demasiado a los descamisados, a las mujeres, a los trabajadores de

mi pueblo, y por extensión quiero demasiado a todos los pueblos del

mundo, explotados y condenados a muerte por los imperialismos y los

privilegiados de la tierra. Me duele demasiado el dolor de los pobres, de los

humildes, el gran dolor de tanta humanidad sin sol y sin cielo como para

que pueda callar. Si todavía quedan sombras y nubes queriendo tapar el

cielo y el sol de nuestra tierra, si todavía queda tanto dolor que mitigar y

heridas que restañar, ¡cómo será donde nadie ha visto la luz ni ha tomado

en sus manos la bandera de los pueblos que marchan en silencio, ya sin

lágrimas y sin suspiros, sangrando bajo la noche de la esclavitud! ¡Y como

será donde ya se ve la luz, pero demasiado lejos, y entonces la esperanza

es un inmenso dolor que se rebela y que quema en la carne y el alma de los

pueblos sedientos de libertad y justicia!

Para ellos, para mi pueblo y para todos los pueblos de la humanidad es "Mi

Mensaje". Ya no quiero explicarles nada de mi vida ni de mis obras. No

quiero recibir ya ningún elogio. Me tienen sin cuidado los odios y las

alabanzas de los hombres que pertenecen a la raza de los explotadores.

Quiero rebelar a los pueblos. Quiero incendiarlos con el fuego de mi

corazón. Quiero decirles la verdad que una humilde mujer del pueblo -¡la

primera mujer del pueblo que no se dejó deslumbrar por el poder ni por la

gloria!- aprendió en el mundo de los que mandan y gobiernan a los pueblos

de la humanidad.

Quiero decirles la verdad que nunca fue dicha por nadie, porque nadie fue

capaz de seguir la farsa como yo, para saber toda la verdad. Porque todos

los que salieron del pueblo para recorrer mi camino no regresaron nunca.

Se dejaron deslumbrar por la fantasía maravillosa de las alturas y se

quedaron para gozar de la mentira. Yo me vestí también con todos los

honores de la gloria, de la vanidad y del poder. Me dejé engalanar con las

mejores joyas de la tierra. Todos los países del mundo me rindieron sus

homenajes, de alguna manera. Todo lo que me quiso brindar el círculo de

los hombres en que me toca vivir, como mujer de un presidente

extraordinario, lo acepté sonriendo, "prestando mi cara" para guardar mi

corazón. Sonriendo, en medio de la farsa, conocí la verdad de todas sus

mentiras. Yo puedo decir ahora lo mucho que se miente, todo lo que se

engaña y todo lo que se finge, porque conozco a los hombres en sus

grandezas y en sus miserias. Muchas veces he tenido ante mis ojos, al

mismo tiempo, como para compararlas frente a frente, la miseria de las

grandezas y las grandezas de la miseria. Yo no me dejé arrancar el alma

que traje de la calle, por eso no me deslumbró jamás la grandeza del poder

y pude ver sus miserias. Por eso nunca me olvidé de las miserias de mi

pueblo y pude ver sus grandezas. Ahora conozco todas las verdades y todas

las mentiras del mundo. Tengo que decirlas al pueblo de donde vine. Y

tengo que decirlas a todos los pueblos engañados de la humanidad. A los

trabajadores, a las mujeres, a los humildes descamisados de mi Patria y a

todos los descamisados de la tierra y a la infinita raza de los pueblos, como

un mensaje de mi corazón.

[...]

8. CAIGA QUIEN CAIGA

Yo he visto a Perón peleando incansablemente por su pueblo frente a las

fuerzas dominantes de la humanidad. Este capítulo está dedicado a ellas.

No puedo callar porque sería mentirle a mi pueblo y a todos los pueblos de

la tierra que han sufrido y sufren la despiadada prepotencia de los

imperialismos. Es hora de decir la verdad, cueste lo que cueste y caiga

quien caiga. Existen en el mundo naciones explotadoras y naciones

explotadas. Yo no diría nada si se tratase solamente de naciones, pero es

que detrás de cada nación que someten los imperialismos hay un pueblo de

esclavos, de hombres y mujeres explotados. Y aún las mismas naciones

imperialistas esconden siempre detrás de sus grandezas y de sus oropeles

la realidad amarga y dura de un pueblo sometido. Los imperialismos han

sido y son la causa de las más grandes desgracias de una humanidad que

se encarna en los pueblos. Esta es la hora de los pueblos, que es como

decir la hora de la humanidad. Todos los enemigos de la humanidad tienen

las horas contadas.

¡También los imperialismos! En la hora de los pueblos lo único compatible

con la felicidad de los hombres será la existencia de naciones justas,

soberanas y libres, como quiere la doctrina de Perón. Y esto sucederá en

este siglo. Aunque parezca ya una letanía de mi fanatismo sucederá, "caiga

quien caiga y cueste lo que cueste".

9. LOS IMPERIALISMOS

¡Los imperialismos! A Perón y a nuestro pueblo les ha tocado la desgracia

del imperialismo capitalista. Yo lo he visto de cerca en sus miserias y en

sus crímenes. Se dice defensor de la justicia mientras extiende las garras de

su rapiña sobre los bienes de todos los pueblos sometidos a su

omnipotencia. Se proclama defensor de la libertad mientras va

encadenando a todos los pueblos que de buena o de mala fe tienen que

aceptar sus inapelables exigencias.

10. LOS QUE SE ENTREGAN

Pero más abominable aún que los imperialistas son los hombres de las

oligarquías nacionales que se entregan vendiendo y a veces regalando por

monedas o por sonrisas la felicidad de sus pueblos. Yo los he conocido

también de cerca. Frente a los imperialismos no sentí otra cosa que la

indignación del odio, pero frente a los entregadores de sus pueblos, a ella

sumé la infinita indignación de mi desprecio. Muchas veces los he oído

disculparse ante mi agresividad irónica y mordaz. "No podemos hacer

nada", decían. Los he oído muchas veces; en todos los tonos de la mentira.

¡Mentira! ¡Sí! ¡Mil veces mentira...! Hay una sola cosa invencible en la

tierra: la voluntad de los pueblos. No hay ningún pueblo de la tierra que no

pueda ser justo, libre y soberano. "No podemos hacer nada" es lo que dicen

todos los gobiernos cobardes de las naciones sometidas. No lo dicen por

convencimiento sino por conveniencias.

[...]

19. VIVIR CON EL PUEBLO

Es lindo vivir con el pueblo. Sentirlo de cerca, sufrir con sus dolores y gozar

con la simple alegría de su corazón. Pero nada de todo eso se puede si

previamente no se ha decidido definitivamente encarnarse en el pueblo,

hacerse una sola carne con él para que todo dolor y toda tristeza y angustia

y toda alegría del pueblo sea lo mismo que si fuese nuestra. Eso es lo que

yo hice, poco a poco en mi vida. Por eso el pueblo me alegra y me duele.

Me alegra cuando lo veo feliz y cuando yo puedo añadir un poco de mi vida

a su felicidad. Me duele cuando sufre. Cuando los hombres del pueblo o

quienes tienen obligación de servirlo en vez de buscar la felicidad del pueblo

lo traicionan. También tengo para ellos una palabra dura y amarga en este

mensaje de mis verdades. Yo los he visto marearse por las alturas.

Dirigentes obreros entregados a los amos de la oligarquía por una sonrisa,

por un banquete o por unas monedas. Los denuncio como traidores entre la

inmensa masa de trabajadores de mi pueblo y de todos los pueblos. Hay

que cuidarse de ellos: son los peores enemigos del pueblo porque han

renegado de nuestra raza.

Sufrieron con nosotros pero se olvidaron de nuestro dolor para gozar la vida

sonriente que nosotros les dimos otorgándoles una jerarquía sindical.

Conocieron el mundo de la mentira, de la riqueza, de la vanidad y en vez de

pelear ante ellos por nosotros, por nuestra dura y amarga verdad, se

entregaron. No volverán jamás, pero si alguna vez volviesen habría que

sellarles la frente con el signo infamante de la traición.

20. LAS JERARQUÍAS CLERICALES

Entre los hombres fríos de mi tiempo señalo a las jerarquías clericales cuya

inmensa mayoría padece de una inconcebible indiferencia frente a la

realidad sufriente de los pueblos. Declaro con absoluta sinceridad que me

duelen como un desengaño estas palabras de mi dura verdad. Yo no he

visto sino por excepción entre los altos dignatarios del clero generosidad y

amor... como se merecía de ellos la doctrina de Cristo que inspiró la

doctrina de Perón. En ellos simplemente he visto mezquinos y egoístas

intereses y una sórdida ambición de privilegio. Yo los acuso desde mi

indignidad, no para el mal sino para el bien. No les reprocho haberlo

combatido sordamente a Perón desde sus conciliábulos con la oligarquía. No

les reprocho haber sido ingratos con Perón, que les dio de su corazón

cristiano lo mejor de su buena voluntad y de su fe. Les reprocho haber

abandonado a los pobres, a los humildes, a los descamisados, a los

enfermos, y haber preferido en cambio la gloria y los honores de la

oligarquía. Les reprocho haber traicionado a Cristo que tuvo misericordia de

las turbas. Les reprocho olvidarse del pueblo y haber hecho todo lo posible

por ocultar el nombre y la figura de Cristo tras la cortina de humo con que

lo inciensan. Yo soy y me siento cristiana. Soy católica, pero no comprendo

que la religión de Cristo sea compatible con la oligarquía y el privilegio. Esto

no lo entenderé jamás. Como no lo entiende el pueblo. El clero de los

nuevos tiempos, si quiere salvar al mundo de la destrucción espiritual, tiene

que convertirse al cristianismo. Empezar por descender al pueblo. Como

Cristo, vivir con el pueblo, sufrir con el pueblo, sentir con el pueblo. Porque

no viven ni sufren ni sienten ni piensan con el pueblo, estos años de Perón

están pesando sobre sus corazones sin despertar una sola resonancia.

Tienen el corazón cerrado y frío. ¡Ah, si supieran qué lindo es el pueblo, se

lanzarían a conquistarlo para Cristo que hoy, como hace dos mil años, tiene

misericordia de las turbas!

28. EL GRAN DELITO

Muchas veces, sobre todo en los años de la revolución, oía como los altos

jefes militares trataban de disuadir al Coronel de su amor por el pueblo.

Ellos no concebían que un oficial superior pudiese entregarse así a "la

chusma". Al principio creían que el Coronel hacía demagogia para

conquistar el poder. Fue entonces cuando, envidiosos del éxito de Perón, le

hicieron la primera revolución, le exigieron su renuncia y lo encarcelaron en

Martín García. Pero felizmente el pueblo ya lo había conocido a Perón, y ya

no veía en él al jefe militar con vocación de dictador; sino al compañero

cuyo corazón había sentido el dolor de nuestra raza. Y el pueblo se lanzó a

la calle dispuesto a todo. Los jefes militares de la reacción huyeron

asustados y la oligarquía se escondió con ellos. Fue el 17 de octubre de

1945. Después, las cosas cambiaron. El Coronel, ya Presidente, siguió fiel a

sus descamisados. Ya no podía ser que fuese demagogo, como decían.

Era cierto entonces aquello de que Perón, un jefe militar, concedía

importancia fundamental a los trabajadores de su pueblo. Y a medida que

los trabajadores se organizaban constituyendo la más poderosa fuerza del

país, la oligarquía infiltrada también en las fuerzas armadas preparaba la

reacción. Yo he presenciado la dura batalla de Perón con el privilegio de la

fuerza, tan dura como las luchas contra el privilegio del dinero o de la

sangre. Yo sé lo que ha sufrido, aunque he tenido el raro y maravilloso

privilegio de ser algo así como el escudo donde se estrellaron siempre los

ataques de sus enemigos. Ellos, cobardes como todos los traidores, nunca

lo atacaron de frente, lo atacaron por mí... ¡Yo fui el gran pretexto! Cumplí

mi tarea gozosa y feliz, parando los golpes que iban dirigidos a Perón. Sin

embargo los que no me querían a mí, siempre terminaron por alejarse de

Perón. De alguna manera se fueron... ¡Y muchos lo traicionaron! La verdad,

la auténtica y pura verdad, es que la gran mayoría de los que no quisieron a

Perón por mí, tampoco lo quieren sin mí. En cambio el pueblo, los

descamisados, los obreros, las mujeres, que me quieren a mí más de lo que

merezco, son fanáticos de Perón hasta la muerte. En el pueblo reside la

fuerza de Perón, no en el ejército. Solamente el pueblo lo quiere a Perón

con fanatismo y sinceridad. Y cuando en los últimos tiempos algunos

oficiales de las fuerzas armadas quisieron "terminar con Perón, tuvieron que

enfrentarse con el pueblo que rodeó a su Líder; oponiendo a los traidores el

pecho descubierto, la fuerza infinita del corazón. Aún en el ejército, los

hombres leales, aún las que cayeron en defensa de Perón, fueron hombres

del pueblo, humildes pero nobles y fieles ante la defección traidora de la

oligarquía. Aquel día, el 28 de septiembre, yo me alegré profundamente de

haber renunciado a la vicepresidencia de la República el 22 y el 31 de

agosto. Si no, yo hubiese sido otra vez el gran pretexto. En cambio, la

revolución vino a probar que la reacción militar era contra Perón, contra el

infame delito cometido por Perón al "entregarse" a la voluntad del pueblo,

luchando y trabajando por la felicidad de los humildes y en contra de la

prepotencia y de la confabulación de todos los privilegios con todas las

fuerzas de la antipatria. ¡Este es el gran delito de Perón! El gran delito que

yo bendigo desde el fondo de mi corazón descamisado. En mí, no tiene

importancia ni tiene valor todo lo que yo siento de amor y de cariño por mi

pueblo, porque yo vine del pueblo, yo sufrí con el pueblo. En cambio, el

amor de Perón por los descamisados vale infinitamente más, porque dada

su condición de coronel, el camino más fácil de su vida era el de la

oligarquía y sus privilegios. En cambio se decidió por el pueblo, contra toda

probabilidad, venciendo las resistencias de muchos compañeros y abrazó

nuestra causa definitivamente. ¡Cometió el gran delito! Pienso que,

cometiéndolo, salvó él sólo a las fuerzas armadas de mi Patria del

descrédito y del deshonor. Si Perón no fuese militar, nuestro pueblo estaría

convencido de que las fuerzas armadas son un reducto de la oligarquía. Los

militares tienen, en este año de Perón, la gran oportunidad de asegurarse el

porvenir ayudándolo en su tarea de servir al pueblo, partiendo de la base

fundamental de que eso no es delito: es servir a la Patria.

29. MI VOLUNTAD SUPREMA

Quiero vivir eternamente con Perón y con mi pueblo. Esta es mi voluntad

absoluta y permanente y es, por lo tanto, mi última voluntad. Donde está

Perón y donde estén mis descamisados allí estará siempre mi corazón para

quererlos con todas las fuerzas de mi vida y con todo el fanatismo que me

quema el alma. Si Dios lo llevase del mundo a Perón, yo mi iría con él,

porque no sería capaz de sobrevivir sin él, pero mi corazón se quedaría con

mis descamisados, con mis mujeres, con mis obreros, con mis ancianos,

con mis niños para ayudarlos a vivir con el cariño de mi amor, para

ayudarlos a luchar con el fuego de mi fanatismo y para ayudarlos a sufrir

con un poco de mis propios dolores. Porque he sufrido mucho; pero mi dolor

valía la felicidad de mi pueblo... y yo no quise negarme-yo no quiero

negarme- yo acepto sufrir hasta el último día de mi vida si eso sirve para

restañar alguna herida o enjugar una lágrima. Pero si Dios me llevase del

mundo antes que a Perón yo quiero quedarme con él y con mi pueblo, y mi

corazón y mi cariño y mi alma y mi fanatismo seguirán con ellos, seguirán

viviendo en ellos haciendo todo el bien que falta, dándoles todo el amor que

no les pude dar en los años de mi vida, y encendiendo en sus almas todos

los días el fuego de mi fanatismo que me quema y me consume con una sed

amarga e infinita. Yo estaré con ellos para que sigan adelante por el camino

abierto de la Justicia y de la Libertad hasta que llegue el día maravilloso de

los pueblos. Yo estaré con ellos peleando en contra de todo lo que no sea

pueblo puro, en contra de todo lo que no sea la raza de los pueblos. Yo

estaré con ellos, con Perón y con mi pueblo, para pelear contra la oligarquía

vendepatria y farsante, contra la raza maldita de los explotadores y de los

mercaderes de los pueblos. Dios es testigo de mi sinceridad; y él sabe que

me consume el amor de mi raza que es el pueblo. Todo lo que se opone al

pueblo me indigna hasta los límites extremos de mi rebeldía y de mis odios.

Pero Dios sabe también que nunca he odiado a nadie por sí mismo, no he

combatido a nadie por maldad sino por defender a mi pueblo; a mis

obreros, a mis mujeres, a mis pobres 'grasitas', a quienes nadie defendió

jamás con más sinceridad que Perón y con más ardor que Evita. Pero es

más grande el amor de Perón por el pueblo que mi amor porque él, desde

su situación de privilegio, supo llegar hasta el pueblo, comprenderlo y

amarlo. Yo, en cambio, nací en el pueblo y sufrí en el pueblo. Tengo carne y

alma y sangre de pueblo. Yo no podía hacer otra cosa que entregarme a mi

pueblo. Si muriese antes que Perón, quisiera que esta voluntad mía, la

última y definitiva de mi vida, sea leída en acto público en Plaza de Mayo,

en la Plaza del 17 de Octubre, ante mis queridos descamisados. Quiero que

sepan, en ese momento, que lo quise y que lo quiero a Perón con toda mi

alma y que Perón es mi sol y mi cielo. Dios no me permitirá que mienta si

yo repito en este momento una vez más: 'no concibo el cielo sin Perón'.

Pido a todos los obreros, a todos los humildes, a todos los descamisados, a

todas las mujeres, a todos los niños y a todos los ancianos de mi Patria que

lo cuiden y lo acompañen como si fuese yo misma. Quiero que todos mis

bienes queden a disposición de Perón como representante soberano y único

del pueblo. Yo considero que mis bienes son patrimonio del pueblo y el

movimiento peronista, que es también del pueblo, y que todos mis derechos

como autora de La razón de mi vida y de Mi mensaje, cuando se publique,

sean también considerados como propiedad absoluta de Perón y del pueblo

argentino. Mientras viva Perón, él podrá hacer lo que quiera de todos mis

bienes: venderlos, regalarlos e incluso quemarlos, porque todo en mi vida le

pertenece, todo es de él, empezando por mi propia vida, que yo le entregué

por amor y para siempre de una manera absoluta. Pero después de Perón el

único heredero de mis bienes debe ser el pueblo, y pido a los trabajadores y

a las mujeres de mi pueblo que exijan por cualquier medio, el cumplimiento

de esta voluntad suprema de mi corazón que tanto los quiso. Todos los

bienes que he mencionado y aun los que hubiese omitido deberán servir al

pueblo, de una o de otra manera. Quisiera que se constituya con todos esos

bienes un fondo permanente de ayuda social para los casos de desgracias

colectivas que afecten a los pobres, y deseo que ellos lo acepten como una

prueba más de mi cariño. Deseo que en estos casos, por ejemplo, se

entregase a cada familia un subsidio equivalente a los sueldos y salarios de

un año, por lo menos. También deseo que, con ese fondo permanente de

Evita, se instituyan becas para que estudien los hijos de los trabajadores y

sean así los defensores de la doctrina de Perón, por cuya causa gustosa

daría mi vida.

Mis joyas no me pertenecen. La mayor parte fueron regalos de mi pueblo.

Pero aun las que recibí de mis amigos o de países extranjeros, o del

General, quiero que vuelvan al pueblo. No quiero que caigan jamás en

manos de la oligarquía, y por eso deseo constituyan, en el museo del

Peronismo, un valor permanente que sólo podrá ser utilizado en beneficio

directo del pueblo. Que, así como el oro respalda la moneda de algunos

países, mis joyas sean el respaldo de un crédito permanente que abrirán los

bancos del país en beneficio del pueblo, a fin de que se construyan

viviendas para los trabajadores de mi Patria. Desearía también que los

pobres, los ancianos, los niños, mis descamisados sigan escribiéndome

como lo hacen en estos tiempos de mi vida y que el monumento que quiso

levantar para mí el Congreso de mi pueblo recoja las esperanzas de todos y

las convierta en realidad por medio de mi Fundación, que quiero siempre

pura como la concebí para mis descamisados. Así yo me sentiré siempre

cerca de mi pueblo y seguiré siendo el puente de amor tendido entre los

descamisados y Perón. Por fin quiero que todos sepan que si he cometido

errores los he cometido por amor, y espero que Dios, que ha visto siempre

mi corazón, me juzgue no por mis errores, ni mis defectos, ni mis culpas,

que fueron muchas, sino por el amor que consume mi vida. Mis últimas

palabras son las mismas del principio: quiero vivir eternamente con Perón y

con mi pueblo. Dios me perdonará que yo prefiera quedarme con ellos,

porque él también está con los humildes, y yo siempre he visto que en cada

descamisado Dios me pedía un poco de amor que nunca le negué.

30. UNA SOLA CLASE

Es necesario que los hombres y mujeres del pueblo sean siempre sectarios

y fanáticos y no se entreguen jamás a la oligarquía. No puede haber, como

dice la doctrina de Perón, más que una sola clase: los que trabajan. Es

necesario que los pueblos impongan en el mundo entero esta verdad

peronista. Los dirigentes sindicales y las mujeres que son pueblo puro no

pueden, no deben entregarse jamás a la oligarquía. Yo no hago cuestión de

clases. Yo no auspicio la lucha de clases, pero el dilema nuestro es muy

claro: la oligarquía que nos explotó miles de años en el mundo tratará

siempre de vencernos. Con ellos no nos entenderemos nunca, porque lo

único que ellos quieren es lo único que nosotros no podremos darle jamás:

nuestra libertad. Para que no haya luchas de clases, yo no creo, como los

comunistas, que sea necesario matar a todos los oligarcas del mundo. No,

porque sería cosa de no acabar jamás, ya que una vez desaparecidos los de

ahora tendríamos que empezar con nuestros hombres convertidos en

oligarcas, en virtud de la ambición, de los honores, del dinero o del poder.

El camino es convertir a todos los oligarcas del mundo: hacerlos pueblo, de

nuestra clase y de nuestra raza. ¿Cómo? Haciéndolos trabajar para que

integren la única clase que reconoce Perón: la de los hombres que trabajan.

El trabajo es la gran tarea de los hombres, pero es la gran virtud. Cuando

todos sean trabajadores, cuando todos vivan del propio trabajo y no del

trabajo ajeno, seremos todos más buenos, más hermanos, y la oligarquía

será un recuerdo amargo y doloroso para la humanidad. Pero, mientras

tanto, lo fundamental es que los hombres del pueblo, los de la clase que

trabaja, no se entreguen a la raza oligarca de los explotadores. Todo

explotador es enemigo del pueblo. ¡La justicia exige que sea derrotado!

Fuente: http://archivohistorico.educ.ar