Patagonia

Chau, Cristian

Es inútil. No lo voy a encontrar. Busco en la biblioteca el ejemplar de La sombra de todo, de Cristian Aliaga, ahora que lo necesito. Y nada. Busco entonces a la edición que hizo Ben Bollig, bilingüe, de La caída hacia arriba. En el final del libro leo, como si lo hubiera escrito para leer ahora: "la verdadera caída es hacia arriba", ese último verso del libro puesto ahí, solito, rodeado de la inmensidad blanca del papel, atrayendo la mirada como en un remolino de esperanza.

Esta tarde de otoño el viento inclemente acompaña el dolor, la tristeza. Cristian Aliaga partió hace algunas horas y en Patagonia -y en otras geografías también- hay quienes se duelen. Una mezcla de rabia por estos tiempos crueles y añoranzas del poeta y sus honduras, del tipo que ríe francamente, del periodista todo terreno, del editor que se cae y se levanta, siempre.

Y vuelve entonces el recuerdo de la entrevista de dos décadas atrás, cuando apareció La sombra de todo con ese merodeo infrecuente en él en torno de la vulnerabilidad. Era inevitable aludir con un comentario al libro de Héctor Viel Temperley, Hospital Británico.

Dijo que para él era un elogio, "porque mi admiración por Viel Temperley es profunda. Cierto, la enfermedad dispara procesos complejos y modificaciones significativas en nuestra percepción, en nuestra manera de ver lo que llamamos realidad. Si logramos sobrevivir, simplemente, jamás volveremos a ser como antes, en un sentido imprevisible. A mi juicio, hay un viaje particular hacia nuestro dolor, una exploración de lo que somos capaces de soportar, un territorio donde la mente es esencial para imaginar un futuro más allá de medicinas y tratamientos, que nos saque de ese lugar donde somos pasivos, sometidos. Si no, enloquecemos. Es una exploración de nuestros límites, una exacerbación de la vulnerabilidad que nos distancia de las rutinas de lo social".

Cierto, la sobrevivencia nunca nos deja como antes, y hay una operación de la mente para concebir ese futuro libre de los sometimientos de la enfermedad. Para Cristian Aliaga, cada recuperación era un retorno, la misma mirada sostenida por una voluntad íntegra aunque sin creer demasiado en que todo estaba resuelto. Para nada. Hacia arriba las caídas: así fue con sus periódicos, así fue con su editorial. Cuando las llamas de un incendio forestal mordieron y desaparecieron el archivo y las instalaciones de Espacio Hudson, Aliaga no se cayó. O si lo hizo, fue hacia arriba otra vez y como siempre. Salió, se recuperó y multiplicó los nuevos títulos, en una época adversa por no decir hostil a la edición de libros de manera independiente.

El viento sigue soplando en Neuquén, y acaso en un amplio territorio de la Patagonia. ¿Se lleva los dolores, las tristezas el viento? No. Quizá sirva para limpiar los ojos y mirar ese ancho horizonte:

Caer al infinito, y luego subir

hasta el alto de las murallas:

hay gente que exige más

que la peste.

No vamos a caer mordiendo el freno.

El polvo sí, eso masticamos hasta ahora.

Sin freno, el aire que respiramos es otro.

La marea desprendida de un barco

donde no se navega, el aire de sulfuro

imosible de respirar, esa belleza

cuando salimos a caminar el pasto de la rapaz.

Quiero dejarte mi abandono, mi razón

apreciada, la convicción de una vida entre muertos.

Olvidamos, no sabemos dónde, la libertad.

Quiero dejarles mi albedrío perdido, gotitas

condensadas de una especie.

Soy condenado a sufrir la felicidad que siempre termina.

El sol está acabándose: es tarde para empezar a entrar.

¿Es tarde para empezar a entrar, Cristian Aliaga? No lo sé. No lo sabemos. No es tarde, hay tiempo para saludar la amistad y la poesía, la esperanza que no termina. Abrazos, Cristian.

Gerardo Burton

geburt@gmail.com

Neuquén

Sefiní