El país

Menos nacimientos, vidas más largas: el giro demográfico que redefine a la Argentina

Por Daniel Cassola

La Argentina atraviesa una transformación demográfica profunda, acelerada y sin precedentes en la región. En poco más de un siglo, el país pasó de familias numerosas a hogares con uno o ningún hijo, en un proceso que se intensificó de manera abrupta durante la última década.

Cambio estructural

Los datos muestran que no se trata de un fenómeno coyuntural, sino de un cambio estructural que ya impacta en la educación, el mercado laboral, la salud pública y los sistemas de protección social.

A comienzos del siglo XX, el promedio de hijos por mujer rondaba los siete. Para mediados del siglo pasado, esa cifra ya se había reducido a la mitad. Sin embargo, el salto más significativo ocurrió entre 2014 y 2023, cuando la fecundidad cayó más de un 40% en apenas diez años. Esta velocidad resulta llamativa incluso frente a otros países de América Latina, que habían iniciado antes su transición demográfica pero de manera más gradual.

El descenso fue especialmente marcado entre adolescentes y mujeres con menor nivel educativo. La fecundidad adolescente se redujo cerca de un 70%, un dato que especialistas consideran positivo, ya que estuvo asociado a una mayor autonomía, más oportunidades educativas y mejores perspectivas laborales para sectores históricamente vulnerables. En mujeres de mayor edad o con más años de estudio, la caída también existió, aunque fue menos abrupta.

El costo de criar

Uno de los puntos que más debate genera es la relación entre esta baja de nacimientos y las políticas reproductivas. Los análisis coinciden en que la disminución de la fecundidad no se explica principalmente por el aborto. Incluso en países donde esta práctica es poco frecuente, la cantidad de hijos por mujer también es baja. La clave, señalan los expertos, está en el costo creciente que implica criar un hijo: no solo económico, sino también emocional y de tiempo. La inversión en cada niño es hoy mucho mayor que en generaciones anteriores, y las familias priorizan la calidad de la crianza por sobre la cantidad.

Este proceso se inscribe en una tendencia global. En 1950, el promedio mundial era de cinco hijos por mujer; para 2025, se aproxima a dos. En América Latina, el fenómeno se combina con una paradoja: muchas personas hubieran deseado tener más hijos, pero no pudieron hacerlo. Las dificultades para acceder a empleos estables, servicios de cuidado, vivienda y sistemas de salud adecuados limitan la libertad reproductiva, especialmente en contextos de precariedad económica.

La reducción del embarazo adolescente, aunque positiva, avanza de manera desigual en la región y todavía convive con brechas sociales persistentes. Al mismo tiempo, surgen debates sobre políticas que buscan influir en la natalidad. Desde organismos internacionales se advierte sobre los riesgos de medidas coercitivas, ya sea para fomentar o desalentar los nacimientos, por considerarlas violatorias de los derechos reproductivos.

Sociedades longevas y desafíos

Más allá de las causas, el efecto es claro: las sociedades serán cada vez más longevas, con más personas mayores y menos niños. La baja natalidad influye, pero el factor decisivo es la extensión de la vida gracias a los avances médicos y científicos. El desafío ya no es cuánto podemos vivir, sino cómo lograr que la mayoría de la población llegue a edades avanzadas en buenas condiciones de salud.

En este escenario, el problema central pasa por adaptar las instituciones a una sociedad distinta. Los sistemas previsionales, diseñados para poblaciones jóvenes, muestran signos de agotamiento. El mercado laboral sigue expulsando personas a edades cada vez menos compatibles con la expectativa de vida actual. Las ciudades no siempre están pensadas para envejecer de manera activa y saludable, y la salud pública enfrenta el aumento de enfermedades crónicas como obesidad e hipertensión.

La transformación también se refleja en la educación. En lugares donde antes faltaban vacantes para el nivel inicial, hoy sobran. Hay menos niños en las escuelas primarias, lo que desplaza el foco desde la expansión de la infraestructura hacia la mejora de la calidad educativa. Algo similar ocurre en otros ámbitos del Estado, que deben reorientar recursos y prioridades. La Argentina ya cambió demográficamente; el desafío ahora es que sus instituciones cambien al mismo ritmo para sostener el bienestar social en un país con menos nacimientos y vidas cada vez más largas.

Fuente: www.curarconopinion.com