Patagonia

Aguafuertes patagónicas: Cuando Roberto Arlt denunció "hambre entre los escolares del sur"

Por Adrián Moyano

El periodista y escritor quiso profundizar dichos de un compañero de viaje y visitó una escuela de la ciudad. Las maestras compartieron un panorama desolador. Hacia 1934, la mitad de los niños/as que concurrían a la escuela en Bariloche vivían en la "semi indigencia" y asistían al establecimiento "descalzos, sucios" y muchos "totalmente desnutridos". A su vez, aproximadamente el 70 por ciento de esa niñez era de ascendencia chilota, es decir, sus padres habían migrado al Nahuel Huapi desde el archipiélago de Chiloé. Para sorpresa del personal docente, hasta tres platos de sopa podían ingerir los vulnerados alumnitos. Hubo un periodista de Buenos Aires que dio cuenta de tamaña calamidad.

En los primeros meses de ese año estuvo por el norte de Patagonia Roberto Arlt, que por entonces escribía crónicas para el diario El Mundo. Más tarde, esas heterodoxas y precisas descripciones asumieron el nombre de aguafuertes y llevaron al hombre de prensa a los primeros planos de la literatura argentina. Hay un conjunto de "Aguafuertes patagónicas" y hace poquito menos de un año, ventilamos aquella que el porteño tituló "Alemanes en Bariloche".

Hubo otra de título más inquietante. "Hay hambre entre los escolares del sur". En sus primeras líneas, se refirió el cronista a situaciones que se daban en El Bolsón, aunque a través de un intermediario. "Acabo de saber que en el sur hay chicos tan hambrientos que cuando uno come pan, los otros se agachan para recoger las migas. A mí mismo me costó creerlo, al principio, cuando en el tren conocí a un juez de paz de El Bolsón, que es un pueblo cordillerano", contextualizaba, para su público lector, por entonces, básicamente porteño.

"Mi compañero de viaje me refirió escenas terribles, que pintaban con vigorosas pinceladas los azotes con que el hambre castiga a esa región". Según Arlt, su interlocutor confió que "hay niños que concurren a la escuela desde distancias de dos o más leguas ¡sin haber probado un solo bocado desde la noche anterior!" Ni siquiera tenían la chance de ingerir un poco de ñaco, es decir, "trigo tostado y pisado", ilustraba el autor.

Perros y yuyos

Para el funcionario, la responsabilidad no era adjudicable a la situación económica ni a la historia de despojos que se vivía en la región desde fines del siglo XIX. "Son los padres que no los atienden, que los dejan crecer como si fueran perros, como si fueran yuyos", según consignó el cronista porteño. Ante su asombro, añadió que la chiquillada andaba en harapos, "con arpillera, descalzos, sucios. En síntesis, la mayoría de esos chicos, más que asistir a la escuela, deberían internarse en un asilo, en un hospital". ¡Menuda solución!

Arlt tuvo interés en "investigar este asunto", porque "allá en Buenos Aires se ignoran estas terribles verdades". El periodista cumplió su cometido en esta ciudad, donde se hizo presentar "a la directora de la escuela local, un edificio vasto, y en el cual se registran inscriptos cuatrocientos setenta alumnos". El artículo no aclara, pero no podía referirse a otra que no fuera la Escuela 16 Francisco Pascasio Moreno.

Allí supo el autor de las aguafuertes que "que el cincuenta por ciento de los escolares viven en la semi indigencia; asisten a la escuela descalzos, sucios, estando muchísimos de ellos totalmente desnutridos. Hubo una maestra que encontró a chicos buscando comida en un cajón de basura (referencia de la subdirectora), otra, en un recreo miraba como varios niños se inclinaban por el suelo juntando las miguitas de pan que se le caían a otro que estaba comiendo".

Juzgó el escritor que "todos estos niños famélicos son, instintivamente, ladrones: roban de hambre. El robo, para ellos, es una actividad mediante la cual directa o indirectamente pueden proporcionarse medios para comer. Cuando se les da de comer, son insaciables. Dice la subdirectora: usted les da un plato de sopa, después otro, y le ofrece un tercero y siguen comiendo. Es inexplicable donde alcanzan a meter tanta comida. Será porque no comen nunca. El caso es que viven hambrientos, perpetuamente hambrientos. Y la cantidad de chicos hambrientos alcanza el 50 por ciento de la población escolar", añade el aguafuerte.

Según sus averiguaciones, "la estadística demuestra que el 70 por ciento de estas criaturas descalzas, tuberculosas y taradas, es hija de padres chilotes, peones que cruzaron la cordillera y se establecieron en esta parte del país. Casi todas concurren hasta segundo grado, después de lo cual se pierden definitivamente de la escuela. La asistencia en primer y segundo grado es pésima. Siempre tienen motivos para faltar".

Quejas docentes

Arlt citó palabras de la directora: "cuando no se trata de cuidarlas chivas, es de recoger frutilla. Los padres, además, saben organizar bailes en los ranchos; los chicos se duermen tarde. Al otro día no concurren a la escuela. En otras oportunidades ¡hemos visto a niños llegar borrachos!", se quejaba la docente. El cronista también reparó en que "el decreto escolar fija cinco kilómetros a la redonda el radio desde el cual deben concurrir los niños a la escuela; pero una cosa es cinco kilómetros hechos a caballo, y otra a pie, máxime cuando el que hace los cinco kilómetros a pie tiene el estómago vacío".

"Demás está decir que hay niños que llegan desde mayor distancia. En invierno, con una pésima calefacción, pues el Consejo Escolar provee de poca leña, descalzo o en alpargatas, con un traje de arpillera o de trapos rotosos, con el viento que corta la cara y la nieve cubriendo las calles y los caminos y los montes, no se le puede exigir a un niño una aplicación eficiente", disculpaba el de Buenos Aires.

Para él no era sorpresa: "hay alumnos que llegan a repetir primer grado hasta cinco años seguidos. Son clases terribles para las maestras, pues, agregado a la falta de capacidad del alumnado, se suma su escasa concurrencia; de manera que los esfuerzos por educarlos son casi totalmente estériles", concluía. Tampoco compartía la salida facilista y corta de vista de responsabilizar a los progenitores.

Según Arlt, "la verdad es que, en las estancias del sur, el personal ha quedado reducido en un setenta por ciento. Estancias que trabajaban con dos capataces y veinte hombres, lo hacen en la actualidad con ocho y un capataz. Y en algunas, no se les paga casi jornal, limitándose los peones a trabajar por el sustento. Los que pagan los platos rotos son los niños. La tuberculosis los diezma", advertía.

Se estaba a cuatro años de la famosa crisis global de 1930, que hizo considerable mella en la economía argentina, sobre todo agroexportadora. "Para atenuar esta situación, hay personas aquí, en la región de Los Lagos, que hacen verdaderos sacrificios. Un estanciero tuvo durante dos años a tres niños ajenos en su casa, que vivían a seis leguas de distancia, porque de otro modo no hubieran podido concurrir a clase".

Desafortunadamente para nuestros intereses de pago chico, el capitalino no consignó la identidad de aquel juez de Paz de El Bolsón con quien compartió charlas en el tren. Tampoco hizo nombres al referirse al personal docente que satisfizo sus inquietudes periodísticas en la Escuela 16 ni al estanciero bondadoso. Sería cuestión de cotejar la fecha de su viaje con los respectivos archivos.

El año en cuestión suele considerarse importante porque meses más tarde llegó el ferrocarril y también se puso en funcionamiento del Parque Nacional Nahuel Huapi. Pero transcurría la que quedó en la historia como la Década Infame y Arlt pudo ver más allá de la superficie: "De lo contado, se puede deducir en qué condiciones trabajan los maestros en los territorios del sur, y cuál es la situación de la infancia, hija de la clase trabajadora", concluye al aguafuerte. Esa también es historia de Bariloche.

Fuente: El Cordillerano