Estados Unidos reescribe sus guías alimentarias y también le ordena al mundo lo que debe comerPor Daniel Cassola
Con el lema "Make America Healthy Again" (Hacer a América Saludable otra vez), Estados Unidos presentó una de las transformaciones más profundas de su política nutricional en décadas. Lo que se decide en Washington no solo impacta en la mesa estadounidense, sino también en el debate global sobre alimentación saludable, especialmente en países como la Argentina, donde la carne ocupa un lugar cultural y productivo central.
"Comida real"
Las nuevas guías alimentarias federales, actualizadas cada cinco años, dieron un giro significativo: colocaron a la carne roja, los lácteos enteros y las grasas de origen animal en un lugar central de la pirámide nutricional y promovieron su consumo diario, al tiempo que declararon una ofensiva directa contra los alimentos ultraprocesados.
Aunque estas guías suelen pasar inadvertidas para el público general, su peso es considerable. Funcionan como referencia oficial para programas de alimentación escolar, políticas públicas, coberturas sanitarias y recomendaciones médicas. Por eso, lo que se decide en Washington no solo impacta en la mesa estadounidense, sino también en el debate global sobre alimentación saludable, especialmente en países como la Argentina, donde la carne ocupa un lugar cultural y productivo central.
El nuevo enfoque propone "volver a la comida real" y priorizar proteínas de alta calidad, tanto animales como vegetales, combinadas con grasas consideradas "naturales", como las presentes en carnes, huevos, pescados, lácteos enteros, frutos secos y aceites no refinados. Al mismo tiempo, se recomienda reducir de manera drástica los carbohidratos refinados, los azúcares agregados y los aditivos artificiales, y favorecer el consumo de granos integrales, frutas y hortalizas.
Un cambio rotundo
El cambio marca una ruptura con décadas de recomendaciones que alentaban a limitar el consumo de carne roja y grasas saturadas, asociadas históricamente al riesgo cardiovascular. Desde la presentación oficial, se sostuvo que el foco exclusivo en la reducción de grasas no logró disminuir la obesidad ni las enfermedades crónicas, y que, en muchos casos, derivó en un mayor consumo de azúcares y harinas refinadas.
Este giro generó reacciones diversas en la comunidad científica. Algunos especialistas valoran el énfasis en alimentos menos procesados y en la calidad nutricional global de la dieta. Otros advierten que la promoción explícita del consumo diario de carne roja y grasas saturadas podría contradecir una amplia evidencia acumulada sobre su relación con enfermedades cardiovasculares, especialmente si no se comunica con claridad la importancia de las cantidades y la frecuencia.
Visión argentina
En la Argentina, el debate adquiere una dimensión particular. El país se encuentra en pleno proceso de revisión de sus propias guías alimentarias, que solo fueron actualizadas una vez desde su creación. Especialistas locales señalan que muchos de los conceptos de la nueva pirámide estadounidense -como la combinación de proteínas animales y vegetales, la priorización de granos integrales y la centralidad de frutas y verduras- probablemente aparezcan también en la próxima versión nacional.
Respecto a la carne roja, el consenso técnico reconoce su alto valor nutricional: aporta proteínas de calidad, hierro y vitamina B12. El desafío, advierten los expertos, no es demonizarla, sino trabajar sobre la moderación en cantidades y frecuencia, en un contexto donde el exceso calórico y la obesidad son los principales problemas de salud pública.
Uno de los puntos más controvertidos es la flexibilización del mensaje sobre las grasas. Mientras algunas voces celebran el abandono de un enfoque simplista que las trataba como enemigas absolutas, otras alertan sobre el riesgo de relativizar el impacto de las grasas saturadas presentes en manteca, crema y ciertos cortes de carne, especialmente en poblaciones con alta prevalencia de enfermedad cardiovascular.
Fuente: www.curarconopinion.com
Por Daniel Cassola
Con el lema "Make America Healthy Again" (Hacer a América Saludable otra vez), Estados Unidos presentó una de las transformaciones más profundas de su política nutricional en décadas. Lo que se decide en Washington no solo impacta en la mesa estadounidense, sino también en el debate global sobre alimentación saludable, especialmente en países como la Argentina, donde la carne ocupa un lugar cultural y productivo central.
"Comida real"
Las nuevas guías alimentarias federales, actualizadas cada cinco años, dieron un giro significativo: colocaron a la carne roja, los lácteos enteros y las grasas de origen animal en un lugar central de la pirámide nutricional y promovieron su consumo diario, al tiempo que declararon una ofensiva directa contra los alimentos ultraprocesados.
Aunque estas guías suelen pasar inadvertidas para el público general, su peso es considerable. Funcionan como referencia oficial para programas de alimentación escolar, políticas públicas, coberturas sanitarias y recomendaciones médicas. Por eso, lo que se decide en Washington no solo impacta en la mesa estadounidense, sino también en el debate global sobre alimentación saludable, especialmente en países como la Argentina, donde la carne ocupa un lugar cultural y productivo central.
El nuevo enfoque propone "volver a la comida real" y priorizar proteínas de alta calidad, tanto animales como vegetales, combinadas con grasas consideradas "naturales", como las presentes en carnes, huevos, pescados, lácteos enteros, frutos secos y aceites no refinados. Al mismo tiempo, se recomienda reducir de manera drástica los carbohidratos refinados, los azúcares agregados y los aditivos artificiales, y favorecer el consumo de granos integrales, frutas y hortalizas.
Un cambio rotundo
El cambio marca una ruptura con décadas de recomendaciones que alentaban a limitar el consumo de carne roja y grasas saturadas, asociadas históricamente al riesgo cardiovascular. Desde la presentación oficial, se sostuvo que el foco exclusivo en la reducción de grasas no logró disminuir la obesidad ni las enfermedades crónicas, y que, en muchos casos, derivó en un mayor consumo de azúcares y harinas refinadas.
Este giro generó reacciones diversas en la comunidad científica. Algunos especialistas valoran el énfasis en alimentos menos procesados y en la calidad nutricional global de la dieta. Otros advierten que la promoción explícita del consumo diario de carne roja y grasas saturadas podría contradecir una amplia evidencia acumulada sobre su relación con enfermedades cardiovasculares, especialmente si no se comunica con claridad la importancia de las cantidades y la frecuencia.
Visión argentina
En la Argentina, el debate adquiere una dimensión particular. El país se encuentra en pleno proceso de revisión de sus propias guías alimentarias, que solo fueron actualizadas una vez desde su creación. Especialistas locales señalan que muchos de los conceptos de la nueva pirámide estadounidense -como la combinación de proteínas animales y vegetales, la priorización de granos integrales y la centralidad de frutas y verduras- probablemente aparezcan también en la próxima versión nacional.
Respecto a la carne roja, el consenso técnico reconoce su alto valor nutricional: aporta proteínas de calidad, hierro y vitamina B12. El desafío, advierten los expertos, no es demonizarla, sino trabajar sobre la moderación en cantidades y frecuencia, en un contexto donde el exceso calórico y la obesidad son los principales problemas de salud pública.
Uno de los puntos más controvertidos es la flexibilización del mensaje sobre las grasas. Mientras algunas voces celebran el abandono de un enfoque simplista que las trataba como enemigas absolutas, otras alertan sobre el riesgo de relativizar el impacto de las grasas saturadas presentes en manteca, crema y ciertos cortes de carne, especialmente en poblaciones con alta prevalencia de enfermedad cardiovascular.
Fuente: www.curarconopinion.com

