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Groenlandia en la mira de EEUU: el expansionismo de Trump amenaza con detonar la OTAN

Mientras el mundo se adentraba en los debates sobre las guerras tecnológicas del siglo XXI, el presidente de Estados Unidos decidió revalorizar las estrategias y avanzadas expansionistas propias del siglo XIX. Invasiones, aspiraciones coloniales y saqueo de recursos naturales. El imperialismo territorial apuntó primero a un país "rival", como Venezuela, pero ahora busca imponerse sobre "aliados" indiscutidos de Washington al reclamar el control de Groenlandia.

¿Es anómalo el interés de Estados Unidos por Groenlandia?

No. El primigenio interés estadounidense por hacerse con este territorio se remonta al siglo XIX. Poco después de la compra de Alaska a Rusia (1867), en una acción encuadrada en la estrategia de compras diplomáticas a potencias como Francia (Louisiana, 1803) y España (Florida, 1819), Washington hizo una oferta por Groenlandia. El objetivo era expandir la influencia de Estados Unidos en el Ártico y adquirir el control de las rutas comerciales del Atlántico Norte, en el complicado período de la reconstrucción política y económica que siguió a la Guerra Civil (1860-1865). El secretario de Estado William Seward encomendó la realización de un informe para determinar el valor de la isla para Estados Unidos. En el mismo se puntualizaron razones productivas (valor de la industria pesquera), control de recursos naturales explotables, comerciales (acceso a Alaska, Oregón, China y Japón), y de comunicaciones. El informe destacaba un beneficio ulterior: motivaría a Canadá, encerrada entre Estados Unidos, Alaska y Groenlandia, a solicitar el ingreso a la Unión. El proyecto de la compra debía ser aprobado por el Congreso, pero recibió tan poca atención que terminó siendo archivado. En 1910, el embajador estadounidense Maurice Egan propuso intercambiar Filipinas (ocupadas por Estados Unidos desde la guerra filipino-estadounidense, 1899-1902) por Groenlandia y las Indias Occidentales Danesas. Una vez más, la oferta fue rechazada.

En la primera posguerra, Estados Unidos volvió a la carga y, en forma exitosa, propuso la compra de las caribeñas Islas Vírgenes, colonizadas por Dinamarca desde mediados del siglo XVII. A Washington le preocupaba la presencia de países europeos (Francia, Italia, principalmente Alemania) en la zona del Canal de Panamá, por lo que ofreció hacerse con un territorio que había perdido interés para el gobierno danés. Este último no solo obtuvo 25 millones de dólares en oro, sino que logró que Washington ratificara por escrito la soberanía danesa sobre Groenlandia. La firma de la Convención entre Estados Unidos y Dinamarca por la cesión de las Indias Occidentales Danesas (1917) estipuló que el Gobierno de Estados Unidos no se opondría a que Dinamarca extienda sus intereses políticos y económicos a toda Groenlandia.

La invasión de Alemania a Dinamarca (1940) abrió interrogantes sobre la situación política de Groenlandia. Escudándose en los principios de la Doctrina Monroe, Estados Unidos alertó sobre lo que la posible ocupación nazi de la isla podría significar para el avance de la guerra y el potencial acercamiento del conflicto a las costas estadounidenses. En acuerdo con las autoridades danesas en el exilio, Washington instauró bases militares y científico-tecnológicas en Groenlandia, convirtiéndose en un territorio central para investigaciones meteorológicas, operaciones aéreas de los Aliados, y el control de las rutas transatlánticas. Fue entonces cuando la isla devino en una geografía vital para la agenda de defensa estratégica estadounidense.

Con el advenimiento de la guerra fría, la política de contención global del comunismo y la era nuclear, Estados Unidos aspiró a hacerse con el control absoluto de Groenlandia. En 1946, la Administración Truman realizó una nueva oferta a Dinamarca por unos 100 millones de dólares en oro. Si bien fue rechazada, la importancia geoestratégica del territorio en el contexto del enfrentamiento con la Unión Soviética hizo que Estados Unidos insistiera en la firma de un acuerdo de defensa (1951), en el que Dinamarca autorizaba la instalación de bases militares estadounidenses para la defensa del Atlántico Norte en el marco de los acuerdos de la OTAN. Dinamarca abrió así la puerta a que Estados Unidos se hiciera cargo de la defensa territorial groenlandesa.

Hacia 1952, Estados Unidos ya operaba siete bases militares. Según reportó The Guardian, cuatro de esas bases se encontraban cerca de Moscú y del extremo occidental de la Unión Soviética, "en la trayectoria que se espera que sigan los bombarderos soviéticos en cualquier misión contra las principales zonas industriales del este de Estados Unidos y alrededor de los Grandes Lagos." A continuación, Washington puso en marcha Project Iceworm, la instalación de una base militar secreta "bajo el hielo de Groenlandia". Publicitado como una estación de investigación ártica, fue un plan para establecer una red subterránea de túneles capaces de albergar y movilizar misiles nucleares, una estrategia tan clasificada que siquiera se informó al gobierno danés. Operativa entre 1959 y 1967, llegó a alojar hasta 200 soldados en un complejo de túneles bajo el hielo. La instalación habría sido abandonada cuando las condiciones dinámicas del hielo hicieron insostenible su mantenimiento. Los glaciales terminaron por enterrar los túneles bajo la superficie, siendo recientemente revelados debido al cambio climático del lugar.

En total, Estados Unidos llegó a tener hasta 50 bases y estaciones de radar en Groenlandia. Hoy en día, sólo queda la Base Espacial Pituffik, que alberga a unos 150 militares estadounidenses. Ubicada en la trayectoria de misiles más corta entre Rusia y Estados Unidos, es crucial para el sistema de defensa antimisiles estadounidense.

¿Es reciente el interés del gobierno de Trump por la isla?

No. Con la reconfiguración de las rutas comerciales del Ártico debido al cambio climático, el aumento de la actividad rusa en la zona, el interés de China por concretar acuerdos comerciales, de infraestructura y científicos con Dinamarca, y el descubrimiento de depósito de minerales raros esenciales para el desarrollo tecnológico y militar, el gobierno de Trump puso el tema de la compra de Groenlandia sobre la mesa durante su primer mandato.

Considerando el interés del trumpismo por sacar a Estados Unidos de la OTAN, su desestimación del consenso en torno al multilateralismo y su visión de que los aliados son en realidad competidores estratégicos, en 2019 Trump anunció su intención de comprar Groenlandia, tildándolo de "un gran acuerdo inmobiliario". Los líderes daneses y groenlandeses rechazaron la propuesta, aduciendo que Groenlandia "no estaba en venta".

¿Puede ser este un primer paso para el fin de la OTAN?

Sí. Groenlandia parece ser una nueva etapa en la crisis intra-OTAN. No solo porque ese ha sido el objetivo de Trump desde su primera presidencia, sino que sería un apropiado detonante: el ataque a un aliado de la Alianza. El 3 de enero de 2026, luego de la captura de Nicolás Maduro, Trump sugirió que el siguiente paso era una Groenlandia "azotada por barcos rusos y chinos. Necesitamos a Groenlandia desde el punto de vista de la seguridad nacional."

Las declaraciones provocaron fuertes críticas de los líderes groenlandeses, daneses y de otros países europeos, pero Trump redobló la apuesta al afirmar que se haría con el territorio "lo quiera Dinamarca o no", "porque si no lo hacemos, Rusia o China se apoderarán de Groenlandia. Y no vamos a tener a Rusia ni a China como vecinos... Me gustaría llegar a un acuerdo por la vía fácil, pero si no lo hacemos por la vía fácil, lo haremos por la vía difícil". Y eso es, simple y llanamente, una amenaza de ataque a un territorio de un miembro de la OTAN, lo que significaría que la Alianza ya no puede cumplir su función básica de defensa colectiva (Artículo 5).

¿Respondería la OTAN ante el potencial ataque de un Estado miembro a otro?

No. Lo que se evidencia es un vacío institucional y normativo en lo que hace a posibles conflictos militares entre Estados miembros. Es decir, por su propia naturaleza, la OTAN no contempla la gestión de conflictos armados entre miembros, por lo que no existe un mecanismo equivalente al de defensa colectiva para el caso de que un Estado miembro ataque a otro. El gobierno de Trump no solo cuenta con ello sino que, ante tal escenario, especula con que la Alianza apelará a canales políticos y diplomáticos, no militares.

La respuesta inicial se centraría en la contención del conflicto, la mediación y la presión política para lograr un cese de hostilidades. Sin embargo, para ello, ambas partes tendrían que estar dispuestas a poner fin a un enfrentamiento interno que desgasta la cohesión, credibilidad y defensa colectiva de la OTAN. Y este no es ciertamente el interés del presidente norteamericano.

Dado que el Tratado no contempla explícitamente la expulsión de un miembro, sería difícil que la OTAN vote por la expulsión de uno que además es miembro de su consejo de seguridad. Así, la disolución de la organización sería lo que Estados Unidos ponga sobre la mesa, en otro paso hacia la desestabilización de las instancias de multilateralismo.

Más allá de ello, hay cuestiones del derecho internacional que hacen que la compra de la isla a Dinamarca sea menos factible que la anexión. Dado que Groenlandia es un territorio autónomo dentro de la Corona Danesa, esta última no puede vender el territorio. Para poder pedir la incorporación a la Unión, Groenlandia debería primero independizarse - vía referéndum - y lograr la aprobación del acuerdo por los parlamentos de Groenlandia y Dinamarca. Sólo entonces, Groenlandia podría aceptar una oferta de Washington para integrarse a Estados Unidos bajo la forma "libre asociación", como es el caso de Puerto Rico.

El caso de Groenlandia refuerza la lógica imperialista de la doctrina de seguridad nacional del gobierno de Trump, en pos de la definición de áreas de influencia. Lo novedoso no es el interés por la isla, sino la evidencia de que Estados Unidos está dispuesto a confrontar abiertamente con sus propios aliados para preservar su primacía global en crisis.

Fuente: El Destape