La actuación del ganador del Grammy en el espectáculo más visto del deporte global rompió algunas puertas y techos: idioma español, celebraciones de Puerto Rico y América Latina, un llamado colectivo al continente y un mensaje explícito de unidad cultural. Entre invitados como Lady Gaga y Ricky Martin, su show no solo encendió al Levi's Stadium, sino que también incluyó y resaltó identidad, cultura y quiénes "merecen ser bendecidos" en la narrativa estadounidense.
Bad Bunny shouted out every country in Latin America with flags in his NFL #SuperBowl Halftime show %u2764%uFE0F%uD83D%uDD25 pic.twitter.com/XVmlXJzhCO
Si de cultura pop se trata, la realidad es que todo está bastante calendarizado: de enero a marzo, la temporada de premios; junio, el Mes del Orgullo; septiembre, los Emmy; octubre, Halloween; entre noviembre y diciembre, el entusiasmo navideño; y en febrero, el Super Bowl. Pero -sin desmerecer al deporte- al mundo entero le interesa, sobre todo, el show de medio tiempo. Este domingo, Bad Bunny le agregó a ese ritual global una dimensión que hoy escasea en suelo estadounidense: unidad. Su espectáculo giró precisamente en torno a eso, en medio de un clima político áspero, donde el inmigrante volvió a ocupar el lugar del enemigo interno y un gobierno de ultraderecha no deja de subir el tono. Sin consignas explícitas ni siglas del terror, el Conejo Malo -orgullosamente puertorriqueño- ofreció un show que quedará grabado en la retina de millones de latinos y funcionó, al mismo tiempo, como una trompada simbólica para los sectores más conservadores.
La cita tuvo lugar en el Levi's Stadium, en San Francisco, California, escenario del Super Bowl donde New England Patriots y Seattle Seahawks se disputaron el campeonato de la NFL, la liga nacional de fútbol americano. Pero más allá del partido, hubo una palabra -y una identidad- que atravesó todo el espectáculo: lo latino. No fue casual. El ganador de seis premios Grammy, y recientemente consagrado con Álbum del Año por "DeBí TiRAR MáS FOTos", se convirtió en el primer artista en obtener ese galardón con un disco íntegramente en español, y llevó esa conquista al centro del evento deportivo más visto del planeta.
En la semana más triunfal de su carrera, Bad Bunny había anticipado que "el mundo va a bailar", y su actuación -alegre, elaborada y atravesada por un mensaje de unidad- no defraudó. Acompañado por figuras como Lady Gaga, Ricky Martin y Los Pleneros de la Cresta, el músico recorrió distintas etapas de su discografía -sobre todo la más recientes- en un medley pensado tanto para sus fans como para presentarse ante los más de 100 millones de espectadores que siguieron el show en todo el mundo.
La puesta en escena replicó el espíritu de su residencia "No Me Quiero Ir de Aquí" en Puerto Rico y transformó el campo de juego en una vecindad puertorriqueña: una barbería, una licorería y la ya icónica casita, ese espacio íntimo desde el cual recibe invitados durante sus shows en la isla.
Y como si fuera poco hubo celebridades como Karol G, Cardi B, Young Miko, Jessica Alba y Pedro Pascal que fueron captados bailando al borde del escenario, mientras la actuación se desplazaba entre el campo, una pista de baile gigante repleta de bailarines y hasta una boda real -si, real con papeles-.
Raíces en escena: la casita, el Caribe y las apariciones estelares
Desde que el pop empezó a dialogar de manera directa con el mundo del deporte, el espectáculo ganó en ambición, narrativa y riesgo. En ese cruce, la vara del show de medio tiempo se elevó año tras año, y el escenario diseñado para Bad Bunny no fue la excepción. El corazón de la puesta estuvo dominado por la ya célebre casita, acompañada por una réplica de un campo de cañas de azucar, con decenas de bailarines caracterizados como trabajadores rurales. Lejos del decorado folclórico vacío, la imagen funcionó como una reivindicación explícita de las raíces caribeñas, la vida cotidiana y la memoria familiar puertorriqueña.
La plantación de plátanos -presente también en la portada de Debí tirar más fotos- simboliza la resistencia de las comunidades antillanas, la herencia cultural y los patios familiares donde se construye identidad. Las sillas de plástico, el entorno rural y los gestos mínimos evocaron una nostalgia concreta, lejos del glamour artificial. En ese marco, Bad Bunny abrió el show con un recorrido por algunos de sus hits más emblemáticos: "Tití Me Preguntó", "Yo Perreo Sola", "Eoo", "Voy a Llevarte Pa PR" y "Mónaco", marcando desde el inicio que el espectáculo sería tanto musical como simbólico.
Bad Bunny El puerto riqueño hizo bailar a todos en el Levi's Stadium de San Francisco (AFP -)
El primer gran momento de sorpresa llegó con la aparición de Lady Gaga. En medio de una boda escenificada sobre el campo, la sobresaliente artista interpretó una versión salsa de "Die With a Smile", su éxito de 2024 junto a Bruno Mars, mientras la pareja sellaba su unión ante millones de espectadores. La escena combinó teatralidad, celebración popular y cruce de estilos, antes de que Gaga y Bad Bunny bailaran juntos al ritmo de "Baile Inolvidable", preparando el terreno para la euforia colectiva de "NUEVAYoL".
El cierre de este tramo llegó con otro gesto cargado de sentido: la entrada de Ricky Martin, compatriota y referente histórico del pop latino. Juntos interpretaron una versión de "Lo que le pasó a Hawái", tema incluido en el álbum Debí tirar más fotos. El guiño fue claro: Puerto Rico no solo estuvo presente como estética, sino como sujeto cultural
Un "God bless América" para todo el continente
Como él mismo había anticipado, el objetivo central del espectáculo fue hacer bailar, y Bad Bunny lo logró con un recorrido por ritmos de salsa, merengue, reggaetón y pop latino que funcionaron como himnos globales. Pero el mundo también esperaba -con atención quirúrgica- el gesto político de un artista latino ocupando uno de los escenarios más poderosos de la industria mediática estadounidense, en un contexto atravesado por redadas migratorias, violencia institucional y el endurecimiento del discurso antiinmigrante bajo el paraguas de Donald Trump. Muchos aguardaban una consigna explícita, un "FUCK ICE". Lo que llegó, en cambio, fue algo más poético, más reflexivo y, quizás por eso, más eficaz.
En uno de los momentos más sensibles del show, se proyectó en un pequeño televisor la imagen de Bad Bunny y su reciente discurso de aceptación en los Grammy. En la escena, había un niño al que muchos le vieron un parecido a Liam Ramos, el niño de cinco años arrestado por el ICE en Minneapolis semanas atrás. Acto seguido, Benito tomó su premio Grammy y se lo ofreció en escena, en un gesto silencioso pero cargado de significado: la infancia y la vulnerabilidad, pero también los sueños y las metas cumplidas.
El cierre terminó de ordenar el sentido del espectáculo. "God bless America", dijo Bad Bunny, frase que en Estados Unidos suele leerse como una referencia excluyente al país. Pero inmediatamente después comenzó a nombrar uno por uno a los países de América del Norte, Central y del Sur, incluidos Estados Unidos y Canadá, mientras una frase se encendía en letras gigantes sobre el estadio: "Lo único más poderoso que el odio es el amor".
Ese cierre funcionó como una respuesta directa -sin insultos ni consignas explícitas- a los sectores de la derecha que habían cuestionado su presencia incluso antes de que el show comenzara. Un recordatorio tan simple como incómodo: América no es un país, es un continente, de norte a sur, con 35 Estados soberanos, lenguas, historias y pueblos distintos. Si hay algo que bendecir, pareció decir Bad Bunny, es esa América entera: la que migra, trabaja, crea cultura y también baila. God bless America, sí, pero toda.