Opinión

La reforma laboral y el éxito de una derrota previa

Por Gerardo Escobar

La escasa resistencia social frente a la reforma laboral que impulsa el gobierno de Javier Milei no puede explicarse únicamente por apatía, miedo o fragmentación sindical. Hay una razón más profunda y menos visible: la derrota cultural del trabajo como identidad colectiva ocurrió mucho antes del debate legislativo.

Durante años se llevó adelante un trabajo discursivo minucioso que fue desplazando al trabajador del centro del imaginario social para reemplazarlo por otra figura: el emprendedor. El sujeto de derechos fue progresivamente sustituido por el individuo autosuficiente, competitivo y responsable exclusivo de su destino. El conflicto estructural desapareció del relato; en su lugar emergió la épica del self-made man, esa narrativa reiterada hasta el cansancio en charlas motivacionales, conferencias TED y contenidos virales que presentan el éxito como resultado puro del talento y el esfuerzo personal.

Historias como las de Bill Gates o Steve Jobs -descontextualizadas, romantizadas y despojadas de sus condiciones materiales- funcionan como pedagogía política: enseñan que el triunfo es individual y que el fracaso también lo es. En ese esquema, la cooperación, la organización colectiva y los derechos laborales no solo resultan innecesarios, sino directamente sospechosos.

Este proceso encuentra su realización material en el Capitalismo de Plataformas (Caja Negra Editora 2018). Tal como analiza Nick Srnicek, las plataformas no son simples intermediarias tecnológicas, sino estructuras de poder que reorganizan el trabajo bajo la promesa de autonomía. Uber, Rappi o PedidosYa no ofrecen empleo: ofrecen la posibilidad de trabajar bajo condiciones impuestas algorítmicamente, trasladando todos los riesgos al trabajador.

La libertad prometida es mínima y profundamente reveladora. Un repartidor puede afirmar que es libre porque escucha música mientras trabaja dieciséis horas diarias. La pregunta no es por qué lo dice, sino cómo se logró redefinir la libertad en términos tan empobrecidos. En este modelo, no hay salario garantizado, no hay vacaciones, no hay cobertura ante enfermedad o accidente. Hay cuerpo, vehículo, tiempo y datos puestos al servicio de una rentabilidad ajena.

Este es el punto central para entender la falta de resistencia frente a la reforma laboral: millones de personas ya viven sin los derechos que ahora se pretenden eliminar. No se sienten interpeladas por la quita de algo que nunca les perteneció. La reforma no aparece como una pérdida, sino como la legalización de una precariedad previamente naturalizada.

El proyecto de reforma laboral no inaugura un nuevo paradigma: lo institucionaliza. Lleva al conjunto del mundo del trabajo hacia la lógica del trabajador autónomo, flexible y desprotegido que las plataformas instalaron como norma. En ese sentido, el verdadero éxito del programa no está en el Congreso, sino en haber convencido a amplios sectores de que no hay nada que defender.

La batalla decisiva no es jurídica ni parlamentaria: es cultural. Y, al menos por ahora, esa batalla ya fue ganada por quienes lograron que el "sálvese quien pueda" se viva como libertad.