Una guerra por elección: el verdadero motivo por el que EEUU e Israel atacaron IránPor Jesús A. Núñez
El desencadenamiento de los ataques contra Irán por parte de Donald Trump y Benjamín Netanyahu es buen ejemplo tanto del disimulo y el desprecio al derecho internacional, como de las motivaciones que pueden conducir a la guerra.
Es disimulo porque Trump jugó a aparentar una seria voluntad de explorar la vía de la negociación mientras ordenaba un espectacular despliegue militar que, para mayor sarcasmo, ha querido presentar como un mero instrumento destinado a presionar a los gobernantes iraníes y vencer las resistencias de los sectores más duros del régimen liderado por Alí Jamenei y Masud Pezeshkian. El argumento era en realidad insostenible porque para ejercer esa presión no era necesario montar el mayor despliegue militar estadounidense en Oriente Medio desde la invasión de Irak (2003), con dos grupos de combate aeronaval, más de un centenar de aviones de muy diverso tipo y una ingente acumulación de munición en bases avanzadas en diferentes países del Golfo, hasta totalizar unos 70.000 efectivos sobre el terreno.
Algo así solo podía responder, como ahora se está viendo, a una intención nítidamente belicista, para la que, al revés, la apariencia de negociación no era más que un subterfugio. Basta con atender a las declaraciones del ministro de Exteriores de Omán, en su calidad de mediador, insistiendo tan solo unas horas antes del inicio de los ataques en que el acuerdo estaba prácticamente listo, una vez que Irán había aceptado incluso la renuncia a enriquecer uranio, para comprender que estábamos ante una simple tomadura de pelo por parte de quienes sueñan con poder redibujar el mapa regional a su gusto.
Trump y Netanyahu -movidos también por sus intereses electorales para sumar puntos ante sus potenciales votantes- han concluido que Irán no era una amenaza inminente, sino más bien un actor capitidisminuido al que bastaba un golpe más para noquearlo definitivamente
Es, asimismo, un desprecio al derecho internacional porque, por muy corrupto, ineficiente y represor que sea un régimen como el iraní, en este planeta y desde la II Guerra Mundial la fuerza solo puede ser utilizada en caso de legítima defensa o cuando hay un mandato explícito del Consejo de Seguridad de la ONU para neutralizar lo que solo ese órgano puede calificar como una amenaza a la paz. Unas condiciones que no se daban en este caso. Y la vía de escape que han buscado los atacantes, argumentando que se trataba de un ataque preventivo ante una amenaza inminente no se ajusta tampoco a las reglas de juego que definen el orden internacional que ahora está colapsando ante nuestros ojos. Eso fue lo que intentó ya George W. Bush para justificar su invasión de Irak, pero nunca logró que se admitiera como tercera forma válida para usar la fuerza.
El análisis de urgencia sobre lo que está ocurriendo aconseja revisar lo que nos enseña el estudio de las guerras interestatales, atendiendo a los dos tipos más básicos. Por un lado, están las que se emprenden porque están en juego los intereses vitales de una nación, de ahí que se entiendan como existenciales, lo que lleva a entrar en ellas para hacer frente a una amenaza que se percibe como gravísima e inminente, cuando se han agotado todas las vías diplomáticas. Por otro, están las que se deciden libremente sin que peligre ni la existencia del Estado ni la de sus habitantes. En términos generales, mientras que las primeras son propias de las potencias medias y pequeñas, abocadas a la guerra cuando su propia existencia está en peligro, las segundas se suelen dar entre las superpotencias (y entre descerebrados e iluminados de distinto pelaje), al servicio de muy diferentes agendas.
En el caso de Irán, podemos entender que para un régimen que se siente en la diana de enemigos tan poderosos como Washington y Tel Aviv su estrategia se centra en garantizar su propia supervivencia. Con esa intención, y conscientes de su inferioridad de medios, ha buscado dotarse de elementos de respuesta para disuadir a sus enemigos de que se atrevieran a tomar las armas para derribarlo, entre los que destacan el programa nuclear y los peones regionales distribuidos en la región (Hizbulá, Hamás, Ansar Allah y varias milicias activas en Siria e Irak). El régimen iraní está, por tanto, en modo de supervivencia y dispuesto a emplear todos los medios a su alcance para desbaratar los planes de sus enemigos.
Pero para Trump y Netanyahu se trata de una guerra por elección. No han atacado a Irán porque temieran una acción militar contra sus intereses vitales sino, más bien al contrario, porque lo perciben como débil y, por tanto, vulnerable. Han calculado que, en clave interna, y como resultado tanto de su propia ineficacia y de las sanciones internacionales, se encuentra ante un panorama de generalizado malestar social, con la población atreviéndose a mostrar abiertamente su hartazgo con unos gobernantes que solo representan sus intereses particulares.
Por otro lado, como efecto de esas mismas sanciones, resultan bien visibles las penurias tanto de su economía como de su industria para mantener el pulso militar contra quienes buscan su ruina desde hace años, y así quedó de manifiesto en la llamada guerra de los Doce Días (junio de 2025). Saben, además, que sus peones regionales han quedado sumamente debilitados como resultado del castigo al que las Fuerzas de Defensa Israelíes los han sometido en campañas que todavía no han terminado. En definitiva, Trump y Netanyahu -movidos también por sus intereses electorales para sumar puntos ante sus potenciales votantes- concluyeron que Irán no era una amenaza inminente, sino más bien un actor disminuido al que bastaba un golpe más para noquearlo definitivamente. Veremos.
Fuente: elDiarioAr
Por Jesús A. Núñez
El desencadenamiento de los ataques contra Irán por parte de Donald Trump y Benjamín Netanyahu es buen ejemplo tanto del disimulo y el desprecio al derecho internacional, como de las motivaciones que pueden conducir a la guerra.
Es disimulo porque Trump jugó a aparentar una seria voluntad de explorar la vía de la negociación mientras ordenaba un espectacular despliegue militar que, para mayor sarcasmo, ha querido presentar como un mero instrumento destinado a presionar a los gobernantes iraníes y vencer las resistencias de los sectores más duros del régimen liderado por Alí Jamenei y Masud Pezeshkian. El argumento era en realidad insostenible porque para ejercer esa presión no era necesario montar el mayor despliegue militar estadounidense en Oriente Medio desde la invasión de Irak (2003), con dos grupos de combate aeronaval, más de un centenar de aviones de muy diverso tipo y una ingente acumulación de munición en bases avanzadas en diferentes países del Golfo, hasta totalizar unos 70.000 efectivos sobre el terreno.
Algo así solo podía responder, como ahora se está viendo, a una intención nítidamente belicista, para la que, al revés, la apariencia de negociación no era más que un subterfugio. Basta con atender a las declaraciones del ministro de Exteriores de Omán, en su calidad de mediador, insistiendo tan solo unas horas antes del inicio de los ataques en que el acuerdo estaba prácticamente listo, una vez que Irán había aceptado incluso la renuncia a enriquecer uranio, para comprender que estábamos ante una simple tomadura de pelo por parte de quienes sueñan con poder redibujar el mapa regional a su gusto.
Trump y Netanyahu -movidos también por sus intereses electorales para sumar puntos ante sus potenciales votantes- han concluido que Irán no era una amenaza inminente, sino más bien un actor capitidisminuido al que bastaba un golpe más para noquearlo definitivamente
Es, asimismo, un desprecio al derecho internacional porque, por muy corrupto, ineficiente y represor que sea un régimen como el iraní, en este planeta y desde la II Guerra Mundial la fuerza solo puede ser utilizada en caso de legítima defensa o cuando hay un mandato explícito del Consejo de Seguridad de la ONU para neutralizar lo que solo ese órgano puede calificar como una amenaza a la paz. Unas condiciones que no se daban en este caso. Y la vía de escape que han buscado los atacantes, argumentando que se trataba de un ataque preventivo ante una amenaza inminente no se ajusta tampoco a las reglas de juego que definen el orden internacional que ahora está colapsando ante nuestros ojos. Eso fue lo que intentó ya George W. Bush para justificar su invasión de Irak, pero nunca logró que se admitiera como tercera forma válida para usar la fuerza.
El análisis de urgencia sobre lo que está ocurriendo aconseja revisar lo que nos enseña el estudio de las guerras interestatales, atendiendo a los dos tipos más básicos. Por un lado, están las que se emprenden porque están en juego los intereses vitales de una nación, de ahí que se entiendan como existenciales, lo que lleva a entrar en ellas para hacer frente a una amenaza que se percibe como gravísima e inminente, cuando se han agotado todas las vías diplomáticas. Por otro, están las que se deciden libremente sin que peligre ni la existencia del Estado ni la de sus habitantes. En términos generales, mientras que las primeras son propias de las potencias medias y pequeñas, abocadas a la guerra cuando su propia existencia está en peligro, las segundas se suelen dar entre las superpotencias (y entre descerebrados e iluminados de distinto pelaje), al servicio de muy diferentes agendas.
En el caso de Irán, podemos entender que para un régimen que se siente en la diana de enemigos tan poderosos como Washington y Tel Aviv su estrategia se centra en garantizar su propia supervivencia. Con esa intención, y conscientes de su inferioridad de medios, ha buscado dotarse de elementos de respuesta para disuadir a sus enemigos de que se atrevieran a tomar las armas para derribarlo, entre los que destacan el programa nuclear y los peones regionales distribuidos en la región (Hizbulá, Hamás, Ansar Allah y varias milicias activas en Siria e Irak). El régimen iraní está, por tanto, en modo de supervivencia y dispuesto a emplear todos los medios a su alcance para desbaratar los planes de sus enemigos.
Pero para Trump y Netanyahu se trata de una guerra por elección. No han atacado a Irán porque temieran una acción militar contra sus intereses vitales sino, más bien al contrario, porque lo perciben como débil y, por tanto, vulnerable. Han calculado que, en clave interna, y como resultado tanto de su propia ineficacia y de las sanciones internacionales, se encuentra ante un panorama de generalizado malestar social, con la población atreviéndose a mostrar abiertamente su hartazgo con unos gobernantes que solo representan sus intereses particulares.
Por otro lado, como efecto de esas mismas sanciones, resultan bien visibles las penurias tanto de su economía como de su industria para mantener el pulso militar contra quienes buscan su ruina desde hace años, y así quedó de manifiesto en la llamada guerra de los Doce Días (junio de 2025). Saben, además, que sus peones regionales han quedado sumamente debilitados como resultado del castigo al que las Fuerzas de Defensa Israelíes los han sometido en campañas que todavía no han terminado. En definitiva, Trump y Netanyahu -movidos también por sus intereses electorales para sumar puntos ante sus potenciales votantes- concluyeron que Irán no era una amenaza inminente, sino más bien un actor disminuido al que bastaba un golpe más para noquearlo definitivamente. Veremos.
Fuente: elDiarioAr

