Patagonia

Malvinas y el terror militar contra los soldados propios: "Nos golpeaban por pedir pan"

Ramón Delfín Arias tenía 19 años cuando llegó a las islas sin saber adónde iba. Había entrado a trabajar en una metalúrgica en Trelew, pero un telegrama lo devolvió al regimiento. Unos días después, ya estaba en Puerto Argentino, armado, con frío, haciendo pozos y esperando un bombardeo que sabía inevitable.

Lo que no esperaba era que el enemigo, durante la guerra, también estuviera del lado de adentro.

Arias es uno de los miles de conscriptos que padecieron la crueldad de sus propios oficiales en la guerra de Malvinas. Su testimonio, recogido en un relato de primera persona, reconstruye no solo la precariedad y el miedo en combate, sino también los castigos físicos que marcaron su cuerpo y su memoria hasta hoy.

"Te voy a tomar porque sos un soldadito"

Oriundo de Gan Gan, nacido el 30 de enero de 1962, Arias llegó a Trelew a los 15 años. Hizo el servicio militar en el Regimiento de Infantería 25 de Sarmiento, desde febrero de 1981 hasta marzo de 1982. Pero cuando creía que había cumplido, apareció una carta.

"Me tenía que presentar urgente el 29 de marzo en Sarmiento. Me presenté y me tocó ir a las Malvinas", recuerda.

Apenas había conseguido trabajo en una metalúrgica. El dueño, entre cargada y premonición, le había dicho: "Arias, para qué vas a trabajar vos si mañana te van a agarrar y te van a ir a parar allá a las Malvinas". Arias se reía. "No, no pasa nada", respondió.

No llegó a cobrar el primer sueldo. El telegrama del regimiento llegó a casa de su hermana. "Ramoncito, te llegó un telegrama, tenés que presentarte urgente".

Llegó a Malvinas alrededor del 10 de abril. Ahí conoció a Javier Rodríguez, otro soldado con el que compartiría pozos, guardias y castigos. "Éramos cuatro chatos -dice-, pero el único de la 62 que había en el grupo era yo, porque todos eran de la 63. Yo fui de rebote nomás".

"¿Pan te voy a dar yo?"

El hambre era una presencia constante. Una noche, él y Rodríguez salieron a buscar pan. Se acercaron a la pista de aterrizaje, donde sabían que podía haber comida. Fueron interceptados.

"A las once de la noche lo agarraron los tipos. ¿Qué andan haciendo ustedes? -Te digo la verdad, andamos buscando pan -¡Sí, pan te voy a dar yo!", relata Arias.

Lo agarraron a Rodríguez de la nuca y lo llevaron hasta el cemento de la pista. "Ahí nos pusieron bocabajo a los dos. Un frío hacía...".

Apareció otro oficial. Les preguntó qué hacían ahí. "Nosotros venimos a ver si podemos conseguir pan porque tenemos hambre". Los metieron en un galpón, los taparon, pero no los dejaron volver a su puesto.

"Creo que esa noche habían matado dos soldados -dice Arias con la voz sostenida en el relato-. Nos dejaron hasta el otro día a las nueve de la mañana".

Cuando por fin aparecieron los jefes de su grupo, la escena cambió de escenario pero no de violencia. "Me pegó una patada, nos llevó hasta allá a salto rana, cuerpo a tierra, patada, arrastrate, hasta que llegamos a la posición donde estábamos nosotros".

La estaca

El castigo más extremo que describe Arias es el estaqueamiento.

"Ahí nomás llamó dos o tres soldados más y buscaron cuatro palos y un pedazo de piña y nos estaquearon arriba de la roca, así unas piedras... ahí estábamos con Javier, los dos estaqueaditos, los dos al lado".

A él le sacaron el fusil. "Yo usaba una 1145 y un fal, así que el tipo me sacó eso y con eso me pegaba".

Lo hicieron pasar por filas de soldados que los golpeaban. "Encima que te estaqueaban te sacaban la campera, y te estaqueaban así en remera y en pulóver".

Rodríguez, su compañero, sufrió el estaqueamiento de manera sistemática. "Rodríguez estaba estaqueado día por medio. Yo estuve una sola vez estaqueado, porque me acobardé en seguida -admite-. Rodríguez ha estado estaqueado por lo menos quince o veinte veces".

Décadas después, las consecuencias siguen ahí. "Yo no puedo hacer fuerza, porque realmente me duelen los huesos o la columna. Rodríguez ahora anda jodido la columna, pobre loco".

"Nunca lloré, se me cayeron las lágrimas cuando perdimos"

Arias asegura que nunca lloró durante el castigo ni durante el combate. "Quise llorar, se me cayeron las lágrimas cuando perdimos, pero jamás lloré. Me amargué".

En las islas, los reunieron a todos en un pozo. Los subtenientes les dieron una charla: tenían que olvidarse de la familia. "Yo digo bueno, no pensé más de la familia -cuenta-. No te digo que nos pegamos unos julepes, porque te voy a mentir si te digo no tuve miedo, porque sí o sí vos tenés miedo, hasta que te acostumbrás".

Se bañaron una sola vez en todo el tiempo que estuvieron allá. "Y encima nos bañamos con agua salada, porque la ducha era de agua salada".

La vuelta: del caldo al atracón y la enfermedad

Cuando la guerra terminó, pasaron a órdenes de los ingleses. Subieron a un barco inglés, arriba, a la intemperie. Desembarcaron en un barco argentino y caminaron hasta embarcar de regreso.

"Empezamos a comer, vos ni te imaginás -dice Arias-. Primero nos dieron para el frío un caldo nomás, sí, un caldo y una naranja".

Después les dieron un guiso. "Agarramos el plato y no sé, capaz que hasta con el plato comimos. Y nos colamos de vuelta, y nos colamos de vuelta...".

La ropa que tenían estaba mugrienta. Se la sacaron y la tiraron al mar. Les dieron un mameluco azul. "Después nos enfermamos, de tanto comer -relata-. Una vez que me acosté no me levanté más, no quería comer, me enfermé, me enfermé y me enfermé".

Desembarcaron en Punta Quilla, tomaron un avión a Comodoro Rivadavia. Allí les daban cajitas con chocolate, turrón, alfajores y una botellita de whisky. "Yo se la regalé a otro muchacho, no, yo no quería saber nada de comida".

"Nos vinimos a dedo"

Cuando llegaron a Sarmiento, la gente los esperaba. "Estaba todo Sarmiento, había autos, desesperada la gente".

Pero la desmovilización tuvo un final que para Arias condensa el desamparo con el que muchos soldados cerraron la guerra.

"Después nos vinimos a dedo -dice-. Nos largaron a dedo porque dijeron: todos los chatos los que se quieran ir, se van a tener que ir a dedo".

Mientras tanto, los capos se habían ido a descansar. "Quedamos nosotros solos en la cuadra. Así que nos levantábamos tarde, eso sí, ya ahí nos trataban re bien, pero los que estaban ahí sabían que nosotros estábamos en la isla, pero no sabían lo que los capos nos hacían allá a nosotros".

Esa última frase, dicha sin estridencia, condensa el silencio que durante años acompañó a los soldados conscriptos: la guerra fue una cosa, pero lo que pasó adentro, entre ellos, quedó por mucho tiempo sin nombre.

Hoy, Ramón Delfín Arias lo dice con los años encima y el dolor en los huesos. Su testimonio no es solo memoria. Es un documento de lo que hicieron, también, los propios.

Este testimonio forma parte del libro «Malvinas en fragmentos», una obra que reúne diversos géneros discursivos recopilados por Viviana Ayilef.

Fuente: Canal12