Patagonia

El peligro invisible después de los incendios: cenizas en casas y riesgo de avalanchas de rocas

Por Fidel Tomjanovich Fourcade 

Cuando las llamas de los incendios se apagan, el problema recién empieza. Las 230 mil hectáreas quemadas en la Patagonia no son solo una cifra: son territorio vivo que cambió para siempre. El fuego no solo arrasó con árboles, sino también con la capa superficial del suelo, con las raíces que lo sostenían y con la estructura que durante siglos permitió que el agua se filtrara y las montañas se mantuvieran firmes.

Producto del fuego, en Esquel, Cholila y El Bolsón, los centros de salud vieron un aumento de consultas por problemas respiratorios y oculares durante los incendios. Pero el humo no fue lo único. Las cenizas finas que quedaron en el ambiente siguen viajando con el viento, metiéndose en las casas y en los pulmones. Nadie lleva un registro oficial de lo que viene después.

Asimismo, el bosque quemado tarda décadas en recuperarse, si es que puede. La erosión del suelo, los aludes y la caída de rocas son fenómenos que se aceleran después del fuego y ponen en riesgo a los pobladores, a las rutas, a los senderos turísticos. Lo que ardió no fue solo paisaje: fue el soporte físico de todo un ecosistema.

Mientras el gobierno recorta presupuesto para prevención y los brigadistas combatían las llamas con sueldos congelados, un equipo de científicos del CONICET empezó a mirar lo que otros no veían: el subsuelo, las laderas, lo que el incendio había dejado listo para desplomarse.

Cuando la montaña se mueve

"Después de los incendios, las gotas de lluvia pegan directamente sobre el suelo y lo erosionan. Todo el agua corre pendiente abajo y arrastra sedimentos, restos de vegetación, troncos. En un momento, todo ese material se moviliza de golpe y genera lo que llamamos flujos de detritos. Bajan muy rápido, sin aviso, y son bastante destructivos", explica Gustavo Villarosa, investigador del IPATEC (CONICET-UNCo).

El especialista viene trabajando en el área de la reserva natural Amprale, en Río Azul-Lago Escondido, una de las zonas más afectadas por el fuego. Lo que encontró ahí es un mapa de riesgos que recién empieza a desplegarse.

"En algunos lugares el suelo quedó como esponjoso, uno pisa y se hunde. En otros, una capa de ceniza lo volvió impermeable. El agua ya no se infiltra, corre toda junta y con fuerza", describe. Esa agua que corre de golpe no viene sola: baja cargada de sedimentos, rocas y troncos, y cuando encuentra un cauce, un sendero o una casa, el daño es inmediato.

Las rocas también sufrieron el calor. "En los paredones de roca, la acción térmica del fuego activa grietas. La roca se expande con el calor y cuando se enfría se contrae. Se producen caídas de bloques de muchas toneladas que bajan rodando por la pendiente". Si en el camino hay infraestructura o viviendas, el riesgo es concreto e inmediato.

El investigador grafica el peligro concreto: "Si vos estás cruzando un arroyo y te agarra un flujo de detritos, te puede matar. Imaginate un montón de rocas, barro, sedimento, madera, bajando todo junto por el curso de agua". No es una exageración: son fenómenos que ocurren naturalmente, pero después de los incendios "aumenta la frecuencia, la cantidad y la importancia".

Villarosa resume los peligros concretos para quienes viven en la zona o la visitan: "Los peligros son básicamente los relacionados a remoción en masa: flujo de detritos, caídas de rocas, inestabilidad de pendientes". Y después hay otros "menos críticos y más manejables, que tienen que ver con la aparición de turbidez en los cuerpos de agua". Ahí donde la gente se provee para riego o consumo, los sedimentos complican el bombeo y el agua deja de ser esa agua cristalina a la que están acostumbrados.

Para la recuperación del bosque, el problema es de base. "Si vos plantas semillas en un suelo que se está erosionando, dentro de seis meses desaparecieron los 20 centímetros superiores y se llevó todas las semillas. No va a crecer ningún árbol", advierte Villarosa. Por eso insiste en que antes de restaurar hay que estabilizar.

Lo que el humo deja en los pulmones

Pero el peligro no está solo en las laderas. También está en el aire que la gente respiró durante semanas. Carlos Luna, Profesor Titular Consulto de Neumonología de la Facultad de Medicina de la UBA, explica qué pasa cuando ese humo se mete en el cuerpo.

"Las partículas finas del humo de incendios en la Patagonia llegan hasta los alvéolos pulmonares y pasan al torrente sanguíneo, pudiendo provocar daño que eventualmente podría producir inflamación sistémica", describe el especialista. En personas con asma bronquial muy sensibles, esa exposición puede desencadenar crisis asmáticas.

Sobre el riesgo cardiovascular, Luna aclara que "para producir complicaciones cardiovasculares la exposición debería ser a una alta concentración en personas con una salud cardiovascular comprometida". No es lo más frecuente, pero puede pasar. Respecto del daño pulmonar crónico, el médico es cauto: "Es algo más difícil de prever. En todo caso, solo una exposición prolongada y/o intensa podría comprometer la salud de los afectados".

¿Hay un umbral seguro de exposición? "No existe un umbral seguro establecido. Debería considerarse si existiera alguna sustancia o material capaz de agredir los tejidos humanos afectados", responde Luna.

Para quienes estuvieron en la primera línea (bomberos, brigadistas, vecinos de zonas quemadas), el especialista recomienda no quedarse con la duda. "Yo sugeriría hacer una consulta con un profesional (cardiólogo y neumonólogo) para, a partir de un interrogatorio de síntomas y un examen clínico, y al menos una espirometría y un electrocardiograma, decidir si hace falta hacer estudios más complejos".

En términos de salud pública, Luna cree que el sistema está en condiciones de responder si la gente consulta. "Con una consulta con un médico que cuente con la posibilidad de indicar los estudios sugeridos, el médico estaría en condiciones de pedir estudios de mayor complejidad si aparecen evidencias de un compromiso significativo".

El problema, otra vez, es que no hay un protocolo activo de seguimiento. No hay un registro de quiénes estuvieron expuestos, ni una convocatoria para que se controlen. Queda en la iniciativa de cada uno.

Desde el IPATEC ya entregaron a la provincia mapas de riesgo y recomendaciones. Entre las más urgentes, un sistema de monitoreo con turbidímetros en los ríos, estaciones meteorológicas en altura y geófonos para detectar movimientos de tierra. "La idea es generar un sistema de alerta temprana, el primero en una reserva con explotación turística en el país", proyecta el investigador.

El incendio ya pasó. Lo que dejó adentro de la tierra y dentro de los pulmones recién empieza a moverse.

Fuente: El Destape