Gaby Caniza: "La nueva vanguardia va a ser venir al sur a detenerse, volver a lo natural"Por Camila Caamaño
Una excusa para hablar de unitarios y federales. Una clase de historia. Una afirmación identitaria. Una jugada sin desvivirse por resultados extraordinarios. Eso hizo el patagónico Gaby Caniza con su Rubicón, el disco que presenta el 14 de mayo en Strummer Bar. La misma intención que lo condujo durante el proceso del álbum, aparece rodeándolo en esta conversación por videollamada. Al conectarse a la entrevista, su cara se recorta por el sol que traspasa la ventana y resplandece, barriendo la posible asepsia concentrada entre dos desconocidos con un par de pantallas de por medio.
-El Rubicón fue el río que ofició de frontera para Julio César y que atravesó con sus tropas, convencido por un "llamado divino". ¿Por qué usaste esa historia?
-Fue la posibilidad de pensar en la épica, la guerra de egos. El mensaje que atraviesa es: ya está todo perdido, hagamos por hacer. El loco estaba por pasar el río que separaba la Galia Cisalpina de Italia, y tira "La suerte está echada". Esa frase me encanta, por eso hicimos todo con celeridad: si pasa, pasa; y si no, acá estamos, seguimos haciendo música.
-Visitaste Buenos Aires por primera vez en 2022 y mantuviste los encuentros pero sin trasladarte permanentemente. ¿Qué te pasa con la ciudad?
-No es fácil llegar a tener contactos, si no tenés la suerte de que alguien te quiera dar pelota es muy difícil entrar. Mis amigos tienen bandas increíbles e igual se siente esa distancia. Cada vez que viajo, trato de llevar la bandera del sur. Hace unos diez años que hago música y las cosas empezaron a tener cierto reconocimiento hace poco. De chiquito tenía mucha hambre de gloria y está bueno, pero perdés el eje de disfrutar de la música, esperando algún resultado. Después te das cuenta de que, cuanto más te aflojás, más cosas pasan. Se puede tocar en Buenos Aires, el que tiene plata va y lo hace, algún lugar conseguís. El tema es entrar en esos círculos, que se tornan bastante sectarios. Hay una puerta que se abre cada tanto, yo no entré pero metí la pata y me apretaron el pie.
-Hay un condicionante creativo también. No hubieses hecho Rubicón si no fueses de Comodoro Rivadavia.
-Me parece que hay una combinación entre el arraigo y el resentimiento hacia el porteño. Naciste acá, sentís el dolor de estar como exiliado: acá nos vienen a buscar cuando quieren petróleo, después seguimos a la deriva. De todos modos, fui con mucho recelo a Buenos Aires y encontré gente preciosa. Las personas se preguntan qué les pasa a los sureños que siempre están tristes, y es un poco cierto. El lugar te da espacio para reflexionar: salgo a la calle y tengo un pedazo de montaña, son tiempos más introspectivos. Comodoro es una ciudad petrolera, la gente tiene buenos sueldos mayormente, se tarda en ver desidia. La ciudad grande y ultracapitalista te lleva a acostumbrarte al dolor de una manera que deshumaniza, aunque también te curte.
Canciones felices, su disco anterior, se compone de temas con cierta antigüedad, de cuando Gaby conoció lo que son los ataques de pánico. Es un disco oscuro, que no habla de desamor, sino que es un relato sobre la pérdida de sus abuelos y un homenaje a ellos. Son temas que hoy siente lejanos -otra vez la distancia, pero esta vez más emocional que terrestre- y evita tocarlos porque no le parece adecuado defender algo que no lo representa. En cambio, Rubicón es más actual y es el trabajo con el que se llevó dos aprendizajes poderosos: hacer un disco y crear en comunidad.
"Para hacer un disco tiene que haber conceptos, mensajes, un orden, la misma paleta de sonido en todo. Lo mezclé y lo mastericé yo, fue medio tortuoso. Después aprendí a trabajar colectivamente con Raybet y Gonzalo Pereyra, los productores. En ese momento estaba yendo al psicólogo, pasando momentos jodidos, pero entendí que el único modo del humano para sobrevivir como especie es viviendo en comunión con un otro, con afectos, llevando una vida amable con los que te rodean, porque si no estás al horno mal, sobre todo en estos contextos. Por eso agarré a dos amigos que estaban dispuestos a hacer algo desinteresadamente."
La amistad justifica y abre posibilidades para el artista de Laprida. A los mencionados productores se les suman Máze y El Nota, amigos que encontró en el escenario y con quienes tiene charlas interminables. Con ambos grabó el tema "No llores más". El Nota le mandó un mensaje: "La verdad que yo te re quiero, loco", le dijo a Gaby pese a que de amistad deben tener "cinco o seis horas reloj, un día de trabajo".
Un gladiador con una espada clavada en el pecho. O, mejor dicho, lo que queda de un gladiador. Al cuerpo le faltan los brazos, una pierna y el cráneo. En su lugar, una rama asoma desde el cuello. Sangre derramada sobre un día tormentoso. La pintura de portada fue obra de Martina Acevedo, quien partió desde la tapa de Surf's Up, de los Beach Boys. El disco necesitaba ser creado por personas de la Patagonia, para interpelar a la gente de ese lugar. "Muchas veces nos achicamos frente a la estructura gigante que tiene Buenos Aires; que recuerden que las cosas hay que hacerlas igual e intentar", recalca el cantante.
-¿Cómo ves Comodoro desde su actividad cultural y en relación a otros lugares del país?
-Córdoba y Salta tienen una gran movida, por ejemplo. A Comodoro y Chubut les falta algo para ganar más fuerza. Acá la gente está concentrada en mirar el pozo de petróleo para ver si sale el líquido, pero hay de todo para inspirarse, es precioso y surrealista. El cerro emblemático de la ciudad es el Chenque, que es como una pirámide egipcia (porque lo talaron para que no se derrumbe) y enfrente tenés el mar. Es muy triste que no haya una estructura, porque bandas hay, pero van muriendo, no se puede subsistir si no tenés un terreno fértil. Es todo paso a paso y ver qué sucede, si de pronto vemos una punta tratamos de pasarla y así, somos una especie de SIDE patagónica, vamos insertando patagónicos de la nada, como los WRRN. En un momento, Buenos Aires se va a convertir en Comodoro y no se van a dar cuenta.
-¿Qué otra banda comodorense consiguió atravesar el localismo?
-Los 113 Vicios, unos Redondos de Comodoro, conquistaron toda la Patagonia. Hicieron la despedida, después de años de no tocar y con algunos integrantes fallecidos. Tocaron para 8000 personas. No hay patagónico que no sepa al menos un tema. Después Los Cheremeques, una banda de cumbia que hizo la banda sonora de Focus.
-¿Cuál es tu primer recuerdo asociado a la música?
-Estaba en casa, tenía a mi papá a la derecha, haciéndome unas papas fritas antes de ir a la escuela, todavía me acuerdo ese olor. Agarré Revolver, llegó "Eleanor Rigby" y dije "¿Qué es esto?" y entendí la misión. En casa siempre hubo instrumentos; en los asados no ponemos música, se baila y se toca folklore. Yo vengo de ahí, mi viejo es riojano y mi mamá santafesina, ellos quedaron en el sur de casualidad, pero mis raíces son de otro lado, aunque me encantaría tener sangre mapuche. A veces escucho tonadas y el ADN me empieza a vibrar, como si me estuviesen llegando mensajes encriptados. Hay algo en la identidad del sureño que queda dando vueltas, del dolor y esa sensación de que siempre fuimos olvidados, estuvimos en un segundo plano y así deben sentirse en las demás provincias. Es como un federalismo de mentira, porque a veces ves cosas que suceden y la gente no va a protestar por nada. Ahora nos instalaron las mineras.
-O los incendios...
-Los incendios ocasionales ocurren desde que tengo memoria. Parecería que somos un descarte, eso también te vuelve reacio a todo lo que podría venir de otro lado, inevitablemente te hace así, hay mucho dolor. Por eso es importante traer mi cultura. Hay una canción que hacía con mi banda anterior, Juan y la Suya, con la que cierro los recitales, que dice: "Tengo la piel de gallina, qué lindo está mi barrio Laprida". Que alguien de Merlo la cante, por ejemplo, me lleva a preguntarme qué será lo que lo conecta. Muchos lloran, son pequeñas victorias. Por eso quiero tocar solo, porque si va gente, la victoria es toda nuestra. No por ego, son muchos años de haberlo visto tan lejos y que ahora haya gente que te esté esperando es movilizante. Todos los que participaron de Rubicón son sureños, excepto los invitados ("oprimidos del Conurbano"). Se laburó con computadoras de acá, gente de acá, muy low cost, se hizo en tres meses, con la urgencia de decir "Acá estamos". No hay que esperar una fecha porque "se viene"; no se viene nunca, es mentira.
-¿Cuál es tu vínculo con la fantasía?
-Hacer música es una forma de crear imaginarios que no suceden como tales, en este disco hay muchas cosas imaginarias. Fuera de lo musical, tengo algo de grandilocuencia, de emocionarme por todo. Me gusta mucho lo chiquito, los detalles muy mínimos que me parecen mágicos, me conmueve ver una hojita moverse, una planta, hay mucho de perderme algo, por eso me quedo observando. Me emociona la calma del viento. Hay una especie de orquesta que sucede ante los ojos de alguien, a veces uno se pone a preocuparse por pavadas y siento que la vida es más simple. Si te detenés en los detalles, te das cuenta de que sos más feliz incluso de lo que pensás, sos más afortunado, estás más sano de lo que creés. Estamos en una batalla terrible en todos los aspectos, cultural, social, político, lo único que queda es refugiarte en esa fantasía. Detenerse un ratito y salir de todo el quilombo. Hay tanta información que siento que en algún momento la salida va a ser volver a lo natural, volver a mirar la hoja moverse; esa va a ser la nueva vanguardia, venir al sur a detenerse. En un par de años, nos vamos a comportar muy diferente. Ya no sabés qué creer, si un video es cierto; estoy muy enojado con que no se regularice la IA, por ejemplo. La gente se va a cansar y va a salir al patio a mirar una planta, e incluso mirándola se va a preguntar si es real. Creo que todo está más en picada de lo que parece, pero hay que buscar refugiarse en los afectos y las cosas chiquitas de la vida, eso es lo que queda.
Fuente: Página 12
Por Camila Caamaño
Una excusa para hablar de unitarios y federales. Una clase de historia. Una afirmación identitaria. Una jugada sin desvivirse por resultados extraordinarios. Eso hizo el patagónico Gaby Caniza con su Rubicón, el disco que presenta el 14 de mayo en Strummer Bar. La misma intención que lo condujo durante el proceso del álbum, aparece rodeándolo en esta conversación por videollamada. Al conectarse a la entrevista, su cara se recorta por el sol que traspasa la ventana y resplandece, barriendo la posible asepsia concentrada entre dos desconocidos con un par de pantallas de por medio.
-El Rubicón fue el río que ofició de frontera para Julio César y que atravesó con sus tropas, convencido por un "llamado divino". ¿Por qué usaste esa historia?
-Fue la posibilidad de pensar en la épica, la guerra de egos. El mensaje que atraviesa es: ya está todo perdido, hagamos por hacer. El loco estaba por pasar el río que separaba la Galia Cisalpina de Italia, y tira "La suerte está echada". Esa frase me encanta, por eso hicimos todo con celeridad: si pasa, pasa; y si no, acá estamos, seguimos haciendo música.
-Visitaste Buenos Aires por primera vez en 2022 y mantuviste los encuentros pero sin trasladarte permanentemente. ¿Qué te pasa con la ciudad?
-No es fácil llegar a tener contactos, si no tenés la suerte de que alguien te quiera dar pelota es muy difícil entrar. Mis amigos tienen bandas increíbles e igual se siente esa distancia. Cada vez que viajo, trato de llevar la bandera del sur. Hace unos diez años que hago música y las cosas empezaron a tener cierto reconocimiento hace poco. De chiquito tenía mucha hambre de gloria y está bueno, pero perdés el eje de disfrutar de la música, esperando algún resultado. Después te das cuenta de que, cuanto más te aflojás, más cosas pasan. Se puede tocar en Buenos Aires, el que tiene plata va y lo hace, algún lugar conseguís. El tema es entrar en esos círculos, que se tornan bastante sectarios. Hay una puerta que se abre cada tanto, yo no entré pero metí la pata y me apretaron el pie.
-Hay un condicionante creativo también. No hubieses hecho Rubicón si no fueses de Comodoro Rivadavia.
-Me parece que hay una combinación entre el arraigo y el resentimiento hacia el porteño. Naciste acá, sentís el dolor de estar como exiliado: acá nos vienen a buscar cuando quieren petróleo, después seguimos a la deriva. De todos modos, fui con mucho recelo a Buenos Aires y encontré gente preciosa. Las personas se preguntan qué les pasa a los sureños que siempre están tristes, y es un poco cierto. El lugar te da espacio para reflexionar: salgo a la calle y tengo un pedazo de montaña, son tiempos más introspectivos. Comodoro es una ciudad petrolera, la gente tiene buenos sueldos mayormente, se tarda en ver desidia. La ciudad grande y ultracapitalista te lleva a acostumbrarte al dolor de una manera que deshumaniza, aunque también te curte.
Canciones felices, su disco anterior, se compone de temas con cierta antigüedad, de cuando Gaby conoció lo que son los ataques de pánico. Es un disco oscuro, que no habla de desamor, sino que es un relato sobre la pérdida de sus abuelos y un homenaje a ellos. Son temas que hoy siente lejanos -otra vez la distancia, pero esta vez más emocional que terrestre- y evita tocarlos porque no le parece adecuado defender algo que no lo representa. En cambio, Rubicón es más actual y es el trabajo con el que se llevó dos aprendizajes poderosos: hacer un disco y crear en comunidad.
"Para hacer un disco tiene que haber conceptos, mensajes, un orden, la misma paleta de sonido en todo. Lo mezclé y lo mastericé yo, fue medio tortuoso. Después aprendí a trabajar colectivamente con Raybet y Gonzalo Pereyra, los productores. En ese momento estaba yendo al psicólogo, pasando momentos jodidos, pero entendí que el único modo del humano para sobrevivir como especie es viviendo en comunión con un otro, con afectos, llevando una vida amable con los que te rodean, porque si no estás al horno mal, sobre todo en estos contextos. Por eso agarré a dos amigos que estaban dispuestos a hacer algo desinteresadamente."
La amistad justifica y abre posibilidades para el artista de Laprida. A los mencionados productores se les suman Máze y El Nota, amigos que encontró en el escenario y con quienes tiene charlas interminables. Con ambos grabó el tema "No llores más". El Nota le mandó un mensaje: "La verdad que yo te re quiero, loco", le dijo a Gaby pese a que de amistad deben tener "cinco o seis horas reloj, un día de trabajo".
Un gladiador con una espada clavada en el pecho. O, mejor dicho, lo que queda de un gladiador. Al cuerpo le faltan los brazos, una pierna y el cráneo. En su lugar, una rama asoma desde el cuello. Sangre derramada sobre un día tormentoso. La pintura de portada fue obra de Martina Acevedo, quien partió desde la tapa de Surf's Up, de los Beach Boys. El disco necesitaba ser creado por personas de la Patagonia, para interpelar a la gente de ese lugar. "Muchas veces nos achicamos frente a la estructura gigante que tiene Buenos Aires; que recuerden que las cosas hay que hacerlas igual e intentar", recalca el cantante.
-¿Cómo ves Comodoro desde su actividad cultural y en relación a otros lugares del país?
-Córdoba y Salta tienen una gran movida, por ejemplo. A Comodoro y Chubut les falta algo para ganar más fuerza. Acá la gente está concentrada en mirar el pozo de petróleo para ver si sale el líquido, pero hay de todo para inspirarse, es precioso y surrealista. El cerro emblemático de la ciudad es el Chenque, que es como una pirámide egipcia (porque lo talaron para que no se derrumbe) y enfrente tenés el mar. Es muy triste que no haya una estructura, porque bandas hay, pero van muriendo, no se puede subsistir si no tenés un terreno fértil. Es todo paso a paso y ver qué sucede, si de pronto vemos una punta tratamos de pasarla y así, somos una especie de SIDE patagónica, vamos insertando patagónicos de la nada, como los WRRN. En un momento, Buenos Aires se va a convertir en Comodoro y no se van a dar cuenta.
-¿Qué otra banda comodorense consiguió atravesar el localismo?
-Los 113 Vicios, unos Redondos de Comodoro, conquistaron toda la Patagonia. Hicieron la despedida, después de años de no tocar y con algunos integrantes fallecidos. Tocaron para 8000 personas. No hay patagónico que no sepa al menos un tema. Después Los Cheremeques, una banda de cumbia que hizo la banda sonora de Focus.
-¿Cuál es tu primer recuerdo asociado a la música?
-Estaba en casa, tenía a mi papá a la derecha, haciéndome unas papas fritas antes de ir a la escuela, todavía me acuerdo ese olor. Agarré Revolver, llegó "Eleanor Rigby" y dije "¿Qué es esto?" y entendí la misión. En casa siempre hubo instrumentos; en los asados no ponemos música, se baila y se toca folklore. Yo vengo de ahí, mi viejo es riojano y mi mamá santafesina, ellos quedaron en el sur de casualidad, pero mis raíces son de otro lado, aunque me encantaría tener sangre mapuche. A veces escucho tonadas y el ADN me empieza a vibrar, como si me estuviesen llegando mensajes encriptados. Hay algo en la identidad del sureño que queda dando vueltas, del dolor y esa sensación de que siempre fuimos olvidados, estuvimos en un segundo plano y así deben sentirse en las demás provincias. Es como un federalismo de mentira, porque a veces ves cosas que suceden y la gente no va a protestar por nada. Ahora nos instalaron las mineras.
-O los incendios...
-Los incendios ocasionales ocurren desde que tengo memoria. Parecería que somos un descarte, eso también te vuelve reacio a todo lo que podría venir de otro lado, inevitablemente te hace así, hay mucho dolor. Por eso es importante traer mi cultura. Hay una canción que hacía con mi banda anterior, Juan y la Suya, con la que cierro los recitales, que dice: "Tengo la piel de gallina, qué lindo está mi barrio Laprida". Que alguien de Merlo la cante, por ejemplo, me lleva a preguntarme qué será lo que lo conecta. Muchos lloran, son pequeñas victorias. Por eso quiero tocar solo, porque si va gente, la victoria es toda nuestra. No por ego, son muchos años de haberlo visto tan lejos y que ahora haya gente que te esté esperando es movilizante. Todos los que participaron de Rubicón son sureños, excepto los invitados ("oprimidos del Conurbano"). Se laburó con computadoras de acá, gente de acá, muy low cost, se hizo en tres meses, con la urgencia de decir "Acá estamos". No hay que esperar una fecha porque "se viene"; no se viene nunca, es mentira.
-¿Cuál es tu vínculo con la fantasía?
-Hacer música es una forma de crear imaginarios que no suceden como tales, en este disco hay muchas cosas imaginarias. Fuera de lo musical, tengo algo de grandilocuencia, de emocionarme por todo. Me gusta mucho lo chiquito, los detalles muy mínimos que me parecen mágicos, me conmueve ver una hojita moverse, una planta, hay mucho de perderme algo, por eso me quedo observando. Me emociona la calma del viento. Hay una especie de orquesta que sucede ante los ojos de alguien, a veces uno se pone a preocuparse por pavadas y siento que la vida es más simple. Si te detenés en los detalles, te das cuenta de que sos más feliz incluso de lo que pensás, sos más afortunado, estás más sano de lo que creés. Estamos en una batalla terrible en todos los aspectos, cultural, social, político, lo único que queda es refugiarte en esa fantasía. Detenerse un ratito y salir de todo el quilombo. Hay tanta información que siento que en algún momento la salida va a ser volver a lo natural, volver a mirar la hoja moverse; esa va a ser la nueva vanguardia, venir al sur a detenerse. En un par de años, nos vamos a comportar muy diferente. Ya no sabés qué creer, si un video es cierto; estoy muy enojado con que no se regularice la IA, por ejemplo. La gente se va a cansar y va a salir al patio a mirar una planta, e incluso mirándola se va a preguntar si es real. Creo que todo está más en picada de lo que parece, pero hay que buscar refugiarse en los afectos y las cosas chiquitas de la vida, eso es lo que queda.
Fuente: Página 12

