Sociedad

A cuatro años del Covid-19, las secuelas invisibles que aún impactan en la salud mental y la vida cotidiana

Por Daniel Cassola

A más de cuatro años del inicio de la pandemia de Covid-19, sus efectos continúan presentes en la vida cotidiana de millones de personas en Argentina y la región. Lejos de tratarse de un episodio cerrado, distintos estudios advierten que las consecuencias emocionales, sociales y económicas persisten como un desafío vigente, especialmente en el ámbito de la salud mental.

Consecuencias

Un análisis reciente, realizado de manera conjunta por instituciones académicas de Argentina, Chile y Ecuador, pone el foco en los cambios experimentados por las familias tras la crisis sanitaria. A partir de entrevistas a 60 hogares, la investigación revela que el malestar emocional, la ansiedad y la sensación de soledad no solo no desaparecieron con el fin de las restricciones, sino que en muchos casos se intensificaron.

En el caso argentino, el impacto se vio amplificado por la extensión y rigurosidad de las medidas de aislamiento. La transición hacia la "normalidad" no fue lineal: muchas personas atravesaron dificultades para retomar la vida social y laboral, con temores persistentes y una sensación de incertidumbre que aún se mantiene. Especialistas señalan que este proceso afectó especialmente a niños y adolescentes, quienes atravesaron etapas clave de desarrollo en un contexto de encierro y ansiedad colectiva.

Las consecuencias psicológicas son diversas. En adultos, se observa un aumento de la ansiedad, dificultades para proyectar a futuro y una sensación constante de inestabilidad. En niños, se registran problemas en la regulación emocional y baja tolerancia a la frustración, mientras que en adolescentes crecieron los episodios de ataques de pánico y conductas de autolesión, vinculadas a la dificultad para expresar lo que sienten.

En el mundo

Este escenario se alinea con datos globales. La Organización Mundial de la Salud (OMS) reportó un incremento del 25% en los trastornos de ansiedad y depresión durante el primer año de la pandemia, una tendencia que aún tiene repercusiones en distintos países.

A la dimensión emocional se suma un factor determinante: la persistente crisis económica. La inestabilidad financiera, lejos de ser un fenómeno transitorio, se consolidó como un estresor crónico que impacta directamente en el bienestar de las familias. La presión económica sostenida genera desgaste, afecta los vínculos y limita las posibilidades de recuperación emocional.

En paralelo, el acceso a la atención en salud mental continúa siendo un obstáculo. Si bien la demanda de acompañamiento psicológico creció significativamente, muchas personas no logran acceder a tratamientos adecuados. Las dificultades para conseguir turnos en el sistema público, la cobertura limitada de obras sociales y los altos costos del sector privado profundizan una brecha que deja a gran parte de la población sin atención.

Especialistas advierten que esta situación refleja una crisis estructural del sistema de salud mental, caracterizada por recursos insuficientes, recortes en programas y falta de expansión de servicios, incluso frente a una demanda creciente. Esto se traduce en tiempos de espera prolongados, sobrecarga de profesionales y una atención muchas veces insuficiente.

Algo "bueno"

A pesar de este panorama, el estudio también identifica algunos aprendizajes positivos. En muchos casos, el fortalecimiento de los vínculos familiares funcionó como un factor de protección, generando redes de contención que permitieron atravesar los momentos más críticos. La comunicación y el acompañamiento emocional emergen como herramientas clave para enfrentar las secuelas.

Sin embargo, los expertos coinciden en que aún persiste una mirada reactiva frente a la salud mental. Es decir, se actúa cuando la crisis ya está instalada, en lugar de implementar estrategias preventivas sostenidas en el tiempo.

Fuente: www.curarconopinion.com