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"No quiero ser ciudadano de una dictadura": Estadounidenses que hacen cola para renunciar a la nacionalidad

Margot se acercó al consulado de Londres a principios de año para renunciar a la ciudadanía estadounidense, pero la mandaron de vuelta. La lista de espera en Reino Unido, donde vive desde hace más de 30 años, era de más de 14 meses. Así que fue al consulado de Gante, en Bélgica. Allí el vestíbulo estaba adornado con una foto del puerto de Boston, donde nació, junto a retratos de Donald Trump, JD Vance y Marco Rubio. Le pareció que los rostros desprendían un triunfalismo sádico, aunque tal vez fuera cosa de la iluminación. Margot se sintió dividida. De un vistazo examinó todo lo que amaba de su país y todo lo que odiaba.

Margot entró y juró que sabía lo que estaba haciendo, que nadie la coaccionaba y que no renunciaba para evadir impuestos. El tono del funcionario era neutro, ligeramente aburrido. Las preguntas estaban en una tarjeta plastificada y el juramento era solo una formalidad. El consulado retuvo el pasaporte. Una vez aprobada la solicitud es posible pedir que lo devuelvan, debidamente perforado para que quede claro que ya no es válido.

Un semestre de espera para la cita

La lista de espera para renunciar a la ciudadanía estadounidense llega a los seis meses en muchas ciudades europeas. En los consulados de Sídney y de la mayoría de las grandes ciudades canadienses, la espera se alarga y es similar a la de Londres. En la primera década del siglo XXI, eran cientos los que renunciaban cada año a la ciudadanía estadounidense. Desde 2014, se cuentan por miles y para 2026 se prevé un récord comparable al de 2020, cuando se concedieron más de 6.000 renuncias: este año, las tasas del Gobierno de EE.UU. por la renuncia pasaron de 2.350 a 450 dólares tras una acción legal colectiva que terminó con éxito.

El costo se eleva notablemente con la necesaria contratación de un abogado. Según Alexander Marino, director del despacho de abogados Moody's (el mayor del mundo en este tema, y que gestiona una de cada cuatro solicitudes de renuncia con asesoramiento legal), la suma puede ascender hasta un total de entre 7.000 y 10.000 dólares si no hay complicaciones.

¿Por qué pasa?

Pero, ¿por qué querría nadie renunciar a la ciudadanía? Hace tiempo que los estadounidenses bromean con hacerse pasar por canadienses cuando viajan al extranjero, simplemente por la vergüenza de venir de un país que se caracteriza por su arrogancia y excepcionalismo. Pero los recientes acontecimientos de EE.UU., el ambiente que se vive en el país, las divisiones internas y la política exterior, lo llevaron a otro nivel.

Mary, de 73 años, está en Canadá desde 1987. En 2006, le dieron también la nacionalidad canadiense, pero nunca pensó en renunciar a la estadounidense. Dice que el punto de inflexión llegó, "literalmente, la noche de las elecciones de 2016". "Estaba en casa de mi hijo, y hacia la medianoche me dije: ‘Dios mío, ese hombre va a ganar'... Al final me quedé dormida, el vodka tampoco es infalible. Cuando a las 2:00 de la madrugada me desperté, en la pantalla gigante de la casa de al lado lo único que se leía era ‘Trump, Trump, Trump'".

Paul, de 55 años y que vive en Helsinki, tuvo que viajar al consulado de Milán para renunciar a la ciudadanía. Le tocó el día de su cumpleaños número 51. "Me regalé el divorciarme del Tío Sam", dijo. "Fue a finales de 2020, cuando Trump nombró a Amy Coney Barrett para el Tribunal Supremo. Hay una foto de la ceremonia de juramento, en la que ella sale con esa sonrisa entusiasta en la cara. Eso, lo primero. Lo segundo fue la sonrisa asquerosa y narcisista de Trump, con los ojos apenas abiertos; no es una sonrisa de alegría, no es una sonrisa de ‘oye, qué bien que ha pasado esto', sino de ‘hago con vosotros lo que quiero'. Vi esa foto y cinco minutos después estaba tecleando en Google ‘abogado especializado en renuncias a la ciudadanía'. A los cinco minutos, ya les había enviado un correo electrónico".

Desde Noruega, Joseph, de 36 años, es igual de directo: "No quiero ser ciudadano de una dictadura. Creo que mucha gente piensa que la prueba de fuego del sistema estadounidense llegará en las próximas elecciones presidenciales y creo que se equivocan. Este noviembre [en las elecciones legislativas de mitad de mandato] sabremos si este Gobierno está dispuesto a ceder el poder de manera democrática. Tengo serias dudas de que vayan a cederlo".

Ella tiene 66 años y vive en Alemania desde hace 34. Llevaba una década queriendo renunciar a la ciudadanía estadounidense, pero su marido se lo desaconsejaba. "Él nació en Rumanía, de padres alemanes, y durante muchos años quiso volver a Alemania sin poder hacerlo. Había vivido en carne propia lo que significaba quedarse atrapado en un país del que no te permiten salir; me decía: ‘Si hay guerra en Europa, querremos poder vivir en EE.UU.". En 2021, Ella renunció por fin a la ciudadanía. Ahora parece bastante improbable que su país natal le ofrezca un refugio estable, y lo más probable es que sea EE.UU. quien inicie una guerra.

Casi todas las personas con las que habló The Guardian para este artículo pidieron que no se publicaran sus nombres reales, y con razón. El Gobierno de EE.UU. tiene la potestad de rechazar por completo la renuncia a la ciudadanía cuando se cumplen unas circunstancias muy limitadas. Pero un resultado mucho más común es que te cataloguen fiscalmente como "expatriado encubierto", y eso es un desastre financiero. La categoría dura para siempre, tus hijos tendrán que pagar el impuesto de sucesiones estadounidense y EE.UU. podrá denegarte la reentrada al país o interrogarte en la frontera. Si tienes un ser querido en EE.UU. que no pueda viajar porque está demasiado enfermo, es posible que no vuelvas a verlo nunca más.

Una vez que has completado el proceso de renuncia, la ley no permite que EE.UU. te persiga, pero pocos de los entrevistados confiaban en que eso se cumpla en la práctica. Aunque todo el mundo prefiere pasar desapercibido y mantenerse al margen, cada trimestre se publica en Internet un listado oficial con las renuncias. "Algunos lo han bautizado como el juego de la vergüenza, no tiene ninguna finalidad jurídica", dijo Marino.

El ejército y el fisco, al acecho

Todo el mundo mantiene un perfil bajo y solo los abogados piensan en el futuro. Tal vez por eso Marino sea el único de los entrevistados en mencionar la legislación que entra en vigor en diciembre y vuelve automático el registro de los ciudadanos estadounidenses para el servicio militar obligatorio. El Sistema de Servicio Selectivo crea una base de datos de ciudadanos aptos, de entre 18 y 25 años, a los que se podría llamar a filas en caso de reclutamiento.

Aunque en EE.UU. la ley no causó mucho revuelo cuando se aprobó, los que tengan hijos de 18 años criados en Europa pueden estar subiéndose por las paredes cada vez que lean sobre la guerra en Irán. Sinclair, de 54 años, vive en Australia desde que tenía 22 años y renunció hace poco a la ciudadanía estadounidense. Pero tiene una hija que acaba de cumplir los 17. "No puedes renunciar a la ciudadanía en nombre de tu hija", dijo.

EE.UU. y Eritrea son los únicos dos países del mundo que gravan la ciudadanía y no la residencia. Esta regulación genera situaciones curiosas, como la siguiente: si un ciudadano estadounidense que reside en el extranjero se divorcia de un ciudadano no estadounidense y se reparten los bienes, el ciudadano estadounidense tendrá que pagar impuestos sobre la parte de su ex. En virtud de la Ley de Cumplimiento Tributario de Cuentas Extranjeras promulgada durante el Gobierno de Barack Obama, todos los bancos extranjeros tienen la obligación de identificar a los clientes estadounidenses y facilitar sus datos a las autoridades estadounidenses. "Ningún otro país del mundo podría obligar a otros países a firmar algo así", dijo Marino.

No se trata solo de millonarios y multimillonarios aferrándose a sus riquezas. La medida afecta a personas de todos los niveles de ingresos, como Ella, que es investigadora científica. "Me ofrecieron un trabajo en Suiza, con un sueldo realmente bueno, y no pude aceptarlo porque ningún banco suizo me abría una cuenta", dijo. En 2008, EE.UU. introdujo un impuesto de salida que llevó a algunos estadounidenses a renunciar a su ciudadanía antes de acumular un patrimonio neto de dos millones de dólares, equivalente a 1,7 millones de euros (eso es lo que se dice, nadie admite formalmente haberlo hecho para evitar futuros impuestos).

Cada proceso de renuncia es diferente. Según Sinclair, el vicecónsul de EE.UU. fue "quizás un poco brusco y se respiraba un aire de desprecio, algo como ‘oh, idiota, ¿por qué haces esto? ¿Por qué renunciaría nadie a su ciudadanía estadounidense?'". Mary no pudo conseguir cita en Toronto, su ciudad natal, así que la agendó en Halifax, Nueva Escocia, y organizó "lo que llaman unas ‘vacaciones para renunciar'".

Sinclair cuenta que el proceso fue absolutamente decepcionante. "Lo tenía todo preparado, llevaba un bonito conjunto y me había memorizado todas las frases. Entré en el consulado, que parecía la tercera planta de unos grandes almacenes, no tenía nada de aspecto gubernamental", dijo. A Tom Geller, de 57 años, también le llamó la atención el mal estado del consulado en Ámsterdam. El ruido, el caos y el hecho de que nada funcionara. "Una sensación como de volver instantáneamente a Estados Unidos", dijo.

Pero renunciar a la nacionalidad no siempre es sencillo. Joseph trabaja en Ciencia de Datos para una empresa que colabora con el Gobierno noruego. "Si eres iraní, no puedes trabajar con datos confidenciales porque se te considera un riesgo para la seguridad. Así que cuando surgen temas como [la amenaza de Trump de invadir] Groenlandia, me preocupo, ¿perderé mi trabajo si lo lleva adelante?". Si Estados Unidos hubiera invadido realmente Groenlandia, la lealtad de Noruega estaría sin duda del lado de Dinamarca, lo que podría convertir a Joseph en enemigo del Estado noruego.

"Mi arrepentimiento es existencial"

Joseph se enfrenta a un dilema. Todo lo que hace el Gobierno de Estados Unidos le parece deplorable y, si sigue siendo ciudadano estadounidense, su trabajo corre peligro. Pero también ha formado parte del ejército estadounidense. Se alistó en 2011 para pagarse la matrícula de la universidad, un contrato de tres años que terminó extendiéndose durante una década. "El ejército estadounidense tiene una forma estupenda de hacerte sentir que todo lo que haces tiene importancia mundial, aunque solo sea barrer el suelo", dijo. "Realmente sientes que tu vida tiene sentido". "Aunque quizá no siempre hiciéramos lo correcto [en Afganistán], al menos teníamos las intenciones correctas". No piensa lo mismo de Irán. Y tampoco de Groenlandia.

Todavía no habló con sus padres sobre la renuncia: "Creo que mi padre no se lo tomará muy a pecho, pero mi madre es nacionalista cristiana de extrema derecha, seguidora acérrima del [movimiento] MAGA. Ella lo vería como una declaración política y montaría una discusión por el tema". Joseph es una persona políticamente activa: "Como ciudadano estadounidense, ahora mismo puedo criticar a mi Gobierno, puedo manifestarme, puedo oponer resistencia a lo que veo y tengo peso político y social. Renunciar a mi ciudadanía es admitir que ya no creo tener la capacidad de cambiar nada". Otros piensan como Joseph, pero no son muchos. "Mi hermana es la única que me dijo: ‘Podías haberte quedado y luchado'. Pero nadie más dice eso", afirmó Mary.

Tal vez sea el famoso sesgo de optimismo humano. Ese que hace que sintamos como correctas nuestras decisiones, una vez que las hemos tomado. Pero ninguno de los que han renunciado echan de menos su ciudadanía. "Mi arrepentimiento es existencial", dijo Geller que añade que le hubiera encantado "crecer y vivir en un país en el que creer": "Hay ciertas cosas que echo de menos, como la forma en que conducir atravesando la nada durante seis horas cambia tu cerebro, o ciertas comidas, o la cadena [de restaurantes] del Medio Oeste Steak'n Shake... Pero si no vuelvo a ir a Estados Unidos nunca más, no me supone absolutamente ningún problema".

Algunos nombres se cambiaron.

Traducción de Francisco de Zárate

Fuente: elDiarioAR