Pueblos originarios

Tierra del Fuego y la historia de extermino Yagán

Por Carina Carriqueo

El misionero Martín Gusinde recibió las ordenes sacerdotales en 1911. Podía ejercer como misionero en el país que más le agradara. Intentó ir a Nueva Guinea, pero sus superiores lo rechazaron por una intoxicacion que había tenido en 1907, y en ese territorio, los misioneros colaboraban con la administracion sanitaria en la lucha contra la lepra. Finalmente lo destinaron como profesor de ciencias naturales al Liceo Alemán de Santiago de Chile, donde estuvo desde 1912 a 1924.

Su primer viaje a Tierra del fuego fue autorizado por el museo de antropología y el ministerio de Educación, con misión de estudiar la cultura de esas naciones. Cuando se despidió de amigos y familias destacadas de Chile, le advirtieron "padre Martín, no vaya a estos antropófagos horribles, quédese aquí". El barco lo llevó de Valparaíso a Punta Arenas donde llegó el 20 de diciembre de 1918. A poco de llegar, ya comenzó a juntar cráneos en la isla Dawson y se llevó unos cuarenta, más tres esqueletos.

En febrero fue a Ushuaia a visitar a la familia Lawrence, en la Isla Grande. Uno de los hermanos Lawrence se había casado con una yagán de nombre Nelly. Ella le dijo todo lo que necesitaba saber y él, que ansiaba reunirse con las tribus le pidió que coordinara una reunión. Por una mala combinación de barcos, no pudo concretar ese encuentro y volvió a Santiago. Regresó en diciembre y Nelly logró que su gente yagán lo recibiera. El alemán obtuvo la confianza de los yagán para su investigación y volvió a Santigo contando su gran éxito. Volvió en 1922, acompañado por Wilhelm Koppers, con Nelly otra vez de intermediaria. Quería que su amigo viera y participara de las sagradas ceremonias yagán.

Después de semejante experiencia, en Viena imprimió con gran éxito el segundo tomo de su obra sobre los indios fueguinos "Die Yámana", subvencionada por la congregación del Verbo Divino, el Seminario Misionero de San Gabriel y el Gobierno de Austria. Logró estar en las primeras filas de los etnólogos de su tiempo.

En 1918, fue también el año en que terminó la primera guerra mundial. Europa tuvo millones de muertos, la mayor cantidad de la historia bélica hasta entonces. Las repercusiones en la Argentina gobernada por Hipólito Irigoyen fueron una caída en picada del comercio exterior y conflictos gremiales con huelgas por la inestabilidad y el desempleo. El Buenos Aires de entonces estaba en su esplendor de teatros y lugares de diversión, pese a la gran tensión social. El Automóvil club organizó una gran exposición con treinta y ocho expositores y una variedad de vehículos importados. El 22 de junio se produjo la gran nevada que todos celebraron jugando a la guerra con copos de nieve, abrigados de pies a cabeza.

Era un mundo completamente distinto al que existía en Tierra del Fuego. Los yagán, también conocidos como yámanas, seguían confeccionando sus canoas, las mujeres tejiendo con fibras naturales. Hacían sus ceremonias de pubertad y no tenían ni la menor idea y mucho menos la intención de ver qué pasaba más allá de sus costumbres.

Gusinde escribió que "lo que los yámana reclaman como su territorio resulta conocido ampliamente como el Archipielago del Cabo de Hornos". Dando a entender que ellos reclaman, piden, ese pedazo de tierra en vez de hablar de "su tierra". Agrega que hacia fines de 1938 "no llegan a una docena. Los días de esta tribu están contados".

Tuvieron que pasar más de cien años, para que un yagán nos cuente su versión desde adentro, desde los recuerdos de sus abuelos que conocieron a Gusinde. El autor es Victor Vargas Filgueira, pertenece a esa nación, es artesano e investigador y se desempeña como guía en el Museo del fin del Mundo. Su primer libro fue publicado por La Flor Azul en 2021. Se titula Mi sangre Yagán, donde cuenta las narraciones de su bisabuelo Asenewensis, a quien los blancos le impusieron el nombre de Tomás Yagán.

Ellos siempre habitaron su tierra, desde Onashaga, nombre original del Canal Beagle, hasta el Cabo de Hornos. Filgueiras recupera esa toponimia y describe cómo sus abuelos pasaban los días en familia y las precauciones a tomar con la llegada de los blancos. En el siglo XIX, Onashaga conservaba su estado natural y era común oír a los usúanes, abuelos, contar sobre las gentes extrañas que habían ido a visitarlos. La preocupación era que cada vez eran más y con las codicias de siempre. Los ancianos auguraban un muy mal presagio. Esas gentes llegaban para ver qué redito económico se podía sacar de lo que sea.

En lo cotidiano, las mujeres se ocupaban de la recolección de bayas, frutas silvestres y confección de collares, brazaletes y pulseras. Los hombres cortaban madera para las canoas, construían las chozas, y se ocupaban de la caza y pesca.

El yagán Asenewensis transmitió a sus nietos que cuando el sol caía, solían ir hasta un lugar llamado Shumakush y desde ahí podían ver a los blancos en su campamento y a una gran cantidad de mamakús, hermanos, que estaban cautivos. Ellos tuvieron que andar escondiéndose y cuidando hasta de prender un pusáki, fueguito, para que no los pesquen. Las señales de humo ya no se podían utilizar como medio de comunicación porque los delataba.

El consejo de los viejos usúanes era no acercarse a Tushkápalan, donde en 1869 el reverendo Stirling, de la iglesia Anglicana inglesa, fundó el primer asentamiento europeo en Tierra del Fuego. Allí la gente moría. A ese sitio prohibido le decían "El cementerio yagán". Otros misioneros se asentaron en las costas de Onashaga, como Tomás Bridges en una zona llamada Waia ukatush y Juan Lawrence en Shumakush.

Los blancos no paraban de hacer preguntas y traían una caja de madera que ponían frente a ellos para atrapar luces y los vestían a ellos con atuendos que no les eran propios. Si no lo hacían, no les entregaban alimento.

Las enfermedades que trajeron los blancos, como el sarampión y la tuberculosis, se expandieron y fueron tantos yagán muertos que no alcanzaban las ceremonias para despedir a los seres queridos.

El abuelo del autor, Asenewesis, se casó con Juana Yagán. En 1900 tuvieron una hija llamada Catalina Yagán, madre del autor, quien escuchó con atención las palabras de su padre y de cómo eran los tiempos en que no había blancos rondando por ahí.

Un día otoñal apareció en la caleta de Wulaia, una canoa de corteza con dos tripulantes comunicando a los yagán que una ballena estaba varada al sureste del Onashaga. Todos desarmaron las chozas y juntaron las pertenencias para ir no solo a comer y abastecerse de carne y grasa, sino para encontrarse con otras familias, como ocurría siempre. Una oportunidad de encuentro por varios días con posibilidades de enlaces matrimoniales. Así, su hija Catalina tuvo un pretendiente que le habló a Asenewesis sobre sus intenciones. El consejo del suegro fue que cuidara mucho de su hija, que se protegieran de los blancos y de la bebida que los blancos repartían, porque les nublaba la cabeza y los enloquecía.

De boca en boca corrían las noticias. Y si no, a puras señas, como les ocurrió cuando se encontraron con un gurpo de haush, otra tribu canoera a quienes los Yagán recibieron con buenos modales y bastante comida para los viajeros. Antes de la llegada del invierno, los haush navegaban visitando a sus vecinos, porque con las intensas nevadas y congelamiento de las aguas, en los meses de invierno les sería imposible encontrarse. En agradecimiento por la recepción, uno de los haush se fue un buen rato para volver con dos piernas de guanaco.

En 1915 hubo una gran novedad; la yagán Nelly Calderón se uniría en matrimonio con un hombre blanco llamado Fred, hijo del misionero Lawrence. Todos estuvieron contentos porque esos Lawrence, a pesar de que eran blancos, eran de buen corazón y a veces alojaban viajeros. Asenewensis le preguntó al suegro Juan Calderón su opinión del enlace y el hombre manifestó que su única preocupación era que el hombre que estuviera con hija la cuide y la quiera. Además, estuvieron de acuerdo en que si los blancos protegían de esa manera a las mujeres, quizás, podrían subsistir. A lo mejor, conociendo la cultura yagán, los blancos la respetarían.

En 1916, un día en que la familia de Asenewensis se encontraba en la playa entonando canciones para agradecer, se acercaron en una canoa seis hombres escapados de la Misión Anglicana. Contaron que cada vez se ponían más raras las cosas allí: muertes, imposición de nuevas creencias y la llegada de nuevos blancos, en particular uno llamado Martín Gusinde, interrogando a los misioneros por los yaganes.

Una mañana, el hermano de Nelly, Juan, fue a visitar a la familia de Asenewensis y a contar que en Shumakush, donde vivía Nelly, habían conocido a Gusinde. El alemán les habló de su proyecto para escribir un libro para que todo el mundo supiera de ellos. Solo quería presenciar las costumbres prometiéndoles que no separaría familiar y tampoco se iba a llevar a ninguno a un país lejano. Asenewesis lo interrumpió dicendo que "todos los blancos dicen lo mismo, después resulta que quieren nuestros cueros y pieles, o robarnos nuestras mujeres".

Las mujeres interrogaron a Nelly sobre lo que dijeron los ancianos y ella estuvo de acuerdo. Su esposo y los blancos que ella conocía, eran buenos, querían ayudarlos. Además, les habló de Gusinde, que se había ido pero había prometido volver y ella se ofreció a colaborar en lo que necesitara.

Se convocó a la mayoría de los yagán a la casa grande de los Lawrence, donde vivía Nelly que fue la intérprete para hablar sobre la inminente llegada Gusinde. El debate comenzó con las palabras de uno de los ancianos, que dijo que confiaba en Nelly y que si ella decía que ese hombre era de buen corazón debían escucharlo. Pero, "si Gusinde no cumple con lo que dice, nos iremos sin más".

Asenewensis opinaba que los blancos los habían invadido, habían hecho daño y que no había razón para pensar que podían cambiar. Sin embargo, al estar la mayoría de acuerdo en recibirlo, accedió a colaborar y todos debían cuidarse de lo que dirían o harían para Gusinde. Luego les tocó el turno a las mujeres, que hacía rato venían debatiendo sobre el tema. Ellas confiaban en Nelly y decidieron confiar en que ese hombre no se aprovecharía de ellos.

Un atardecer, divisaron una canoa tripulada por Juan Calderón y familia. Los recibieron con fiesta y un manjar de centollas. Traían la noticia de que Gusinde ya estaba de vuelta y quería conocerlos. Se produjo un silencio y un anciano preguntó si había más yagán en la casa grande de los Lawrence para a conocerlo y le dijeron que sí. Inmediatamente juntaron todo para ir al encuentro. Nelly los recibió y agradeció que le llevaran centollas.

La reunión fue en el galpón de esquila. Había una gran incertidumbre, nervios, miedos. De pronto apareció Gusinde saludando en yagán a media lengua. Mientras el alemán explicaba la visita, sus investigaciones y demás, los abuelos murmuraban por lo bajo. "Si tienen algo para decirme me gustaría escucharlos" dijo Gusinde. Gran silencio. Asenewensis se animó a decir "Hemos recibido mucho daño de sus hermanos ¿por qué tendríamos que creerle? Ustedes podrían investigarnos toda una vida, pero hay cosas que son sagradas para nuestro pueblo". Gusinde dijo que él los veía de otra manera, que confiaba en su inteligencia y que no debían perder sus tradiciones. Finalmente los convenció. Al irse y prometer volver al año siguiente, se llevó cestos, armas de caza y muchos regalos que se confeccionaron para él.

En el segundo encuentro, una mujer le dijo que ya que "era bueno", por qué no los ayudaba, ya que en los pocos lugares que les estaban quedando a causa de la invasión de los blancos, si él no podía hacer algo para que no los molesten más. Otro le preguntó ¿Sabe usted porqué cada vez vienen más hombres blancos? Y de dónde y para qué? Gusinde les dijo la verdad; que venían para sacar rédito y ganarse la vida.

Cada día se ganaba más la confianza y hasta logró ser el primer blanco en las ceremonias del chiejáus, en la que los jóvenes pasaban a la adultez. Hubo charlas de fogón larguísimas, en los que se contaron modos de vivir y convivir en familia. Historias fascinantes sobre Lam, el sol, y su padre Taruwalen. El akainix, el arcoíris, y lo que significa para los yagán. Además del increíble poder que tiene Hanúxa, la luna, y cómo se da un nombre a los recién nacidos, entre otras historias contadas por Asenewensis.

El libro Mi sangre yagán es un valioso relato, necesario para oír las voces verdaderas. Esa huella borrada vuelve a despejarse para que Víctor Vargas Filgueira nos invite a navegar por Onashaga, volviendo a unir en un collar de caracoles los episodios de su nación en el sur argentino.

Fuente: Página 12