Opinión

Lecciones de economía ricotera: "El valor no está en el precio"

Por Jorge Manuel Gil (*)

"La desvalorización del mundo humano crece en razón

directa de la valorización del mundo de las cosas"

K. Marx, Manuscritos económico-filosóficos, 1844.

(Una crítica al valor de cambio desde la poética del Indio Solari)

En la nota anterior habíamos manifestado que la economía ricotera es un proceso difuso, social, en construcción y cambio permanente. No necesita ni la metodología de la economía liberal, ni la de la estructura crítica de la economía heterodoxa. No tiene los límites de la economía financiera ni respeta las intencionalidades de la economía ecológica. Es una economía-otra, un mundo donde la sustancia de la vida supera las ganancias, las rentas, los patrimonios. Economía ricotera no tiene destino. Tampoco lo requiere. Es inmune a planes económicos, a la destrucción de los Estados, a la permanencia del mercado, a las multinacionales y a las Pymes. Es algo así como economía-vida.

Desde el utilitarismo alguien podría plantearse cuál es su utilidad. Nuestra respuesta es: ninguna. Apenas algunas ideas que pretenden un enfoque descriptivo (con el tiempo quizás normativo) de resistencia de las relaciones entre el ser humano y la naturaleza ante las demandas del capital, la tecnología y la información. Quizás pueda servir para alimentar.

Eje central

El valor es -se acepta- un término llave en la teoría económica. Se suele distinguir -tanto para la economía neoclásica como para el marxismo- entre valor de cambio y valor de uso. El valor de cambio es dinerario y transaccional en el mercado. El valor de uso es la estimación de la aplicación de bienes y servicios a requerimientos y necesidades individuales y colectivas. Está convenido y aceptado que el valor de cambio es objetivo en el precio y el valor de uso es subjetivo en la aplicación.

En ese contexto, el Indio Solari imagina -o más bien, siente- una economía donde existe un valor como equivalencia real, basado en contenidos humanos, sociales y subjetivos con componentes afectivos, los sentidos y los usos. Ese valor, reconoce, habita una dimensión moral y práctica superior al valor monetario de intercambio en el mercado. Es una economía donde el uso humano (vital) se contrapone al cambio de mercado (especulativo).

No es pertinente buscar en las ideas del Indio nociones explícitas de macroeconomía ortodoxa. Esa tarea es un ejercicio estéril. La frustración está asegurada: no hay referencias a curvas de oferta y demanda, ni análisis de tasas de interés, ni composición del PBI, ni referencias a políticas económicas.

En cambio, aparece algo mucho más disruptivo para el sentido común capitalista: una sospecha constante, una duda permanente sobre el valor de cambio como eje de la explotación humana y una defensa indeclinable del valor de uso como equivalente y estimación del valor afectivo.

En ese sentido la economía ricotera roza la economía popular crítica -esa mirada que pone su centro en la reproducción de la vida y no en la acumulación financiera-. Y esta postura no es ingenua. Es, directamente, una teoría práctica del desprendimiento individual, solidario que anima la búsqueda del buen vivir de la sociedad.

El precio como ficción

En la economía clásica y neoclásica, el precio es la gran síntesis del intercambio: expresa el trabajo, la escasez, la utilidad marginal, la lógica más pura del capital financiero. Pero, en la "economía ricotera", el precio monetario se des-precia y aparece siempre como un disfraz, una máscara, un cartón pintado. No se lo niega pero se lo trata como una convención frágil, casi una metáfora.

Si cantamos "Tarea fina" no hay pesos ni ganancias. Hay un beso. Nada más. Pero la canción entera es argumentar la idea de que todo se puede cambiar. El beso no tiene precio, dice el Indio sin decirlo. Y años después, cuando una revista quiso ponerle números a lo que él nunca quiso tasar por considerarlo evanescente -13 millones de dólares, dijeron-, la respuesta no fue un comunicado de prensa ni una rectificación amable. Fue una palabra rara, casi de otro siglo: dislate. Un disparate. Una cifra inventada. Como si le hubieran contado el valor de un abrazo en calesitas.

"Me siento indefenso", dijo entonces. No porque la plata le faltara, sino porque el relato era más grande que él. Y en esa indefensión, paradójicamente, se volvió a escuchar la misma música de siempre: la de alguien que sabe que el verdadero tesoro no se vende, ni se declara, ni se factura. Se canta, genera emociones. Y punto.

En la vida conviven besos (valores afectivos, irrepetibles) y pesos (billetes que valen porque el Estado dice que vale, que se repite y cambia de mano en cada transacción el mismo peso). En el beso no hay ganancia. Porque la ganancia -un puro cuento- supone que una cosa vale más que otra y que esa diferencia puede apropiarse en forma privada. Y siempre esa apropiación depende del trabajo vital de otros. Pero si comparamos magnitudes inconmensurables -un beso no se mide en pesos-, todo el edificio contable se derrumba.

Desde la economía popular, esta intuición es clave: el mercado no es el único ni el principal continente de vínculos humanos con valor porque su campo es el monetario. El cuidado, el afecto, el tiempo compartido, la memoria, no tienen precio porque su esencia es que no deberían tenerlo. Y cuando intentan asignárselo, algo se rompe. Algo se vuelve, justamente como en la canción, tarea fina mal hecha.

El tesoro que no se vende

En los versos del álbum "El tesoro de los inocentes" surge la pregunta de ¿qué tesoro puede ser ese en un mundo donde todo se ha vuelto mercancía? La canción no da recetas, pero sugiere pistas: lo que no se vende es aquello que constituye la identidad, el lazo comunitario, la experiencia solidaria.

Los economistas heterodoxos hablan de bienes relacionales: aquellos cuyo valor aumenta cuanto más se comparten y que no pueden ser producidos en serie ni intercambiados en un mercado sin perder su esencia. Una conversación de madrugada después de un recital, el pogo que regula la energía participativa y colectiva, la vaquita para comprarle la entrada a un amigo que no tiene un peso. Todo eso es un tesoro innegociable.

El Indio, sin usar esa jerga, lo canta hace décadas. Y lo vive: su propio trabajo artístico ha sido sistemáticamente desprendido de la lógica de hits, rankings y premios. Su negativa histórica a ir a los premios Konex o a otras premiaciones no es pose: es coherencia con una economía donde el reconocimiento no se mide con medallas sino en la memoria de los que cantan las canciones sin pedir permiso, en cualquier lugar del país.

Las actitudes autogestionarias de sus bandas (grabar sus propios discos, manejar sus fechas) son un ejemplo práctico de hacer música al margen de la gran industria, un ideal que resuena fuertemente con la idea de una economía más justa y menos corporativa y que posibilita el seguimiento popular de las misas ricoteras.

La ganancia como "cuento" y la vida como sustancia

La economía-otra distingue entre economía (la gestión de lo necesario para vivir en comunidad, en sociedad) y capitalismo (un modo de producción tecnofinanciero, una forma histórica particular que subordina la vida a la ganancia, a la acumulación indefinida de dinero). La obra ricotera hace esa distinción todo el tiempo. No es "antieconomía". Es una economía de valores con otra tabla de ponderaciones.

Cuando el Indio dice en entrevistas que "el éxito es una estupidez" o que "la plata sirve para no pensar en la plata", está señalando algo central: la acumulación no es un fin en sí misma, sino apenas una herramienta para despejar el terreno y dedicarse a lo que realmente importa. Y ese "realmente importa" es inefable, pero aparece en cada canción: el amor, lo solidario, la bronca, la fiesta, el duelo, la resistencia.

Los economistas-otros, populares y críticos, llaman a eso valor de uso ampliado: todo aquello que satisface necesidades humanas integrales, no sólo las que el mercado reconoce, paga y acepta. Una carcajada compartida, un abrazo después de mucho tiempo, un asado con lo justo, una mateada en familia, un recital donde no importa si estás en la primera fila o en la loma del orto. Ese es el tesoro. El que no se vende. Y el que habita en cada uno de nosotros, los popularicos de Daniel Viglietti.

Conclusión provisoria (para cerrar esta nota)

La economía ricotera no es -ni intenta ser- una economía crítica, ni economía política, mucho menos una propuesta de programa de gobierno. Es una filosofía y una práctica que el Indio Solari describió en versos, comentarios y entrevistas y que sus seguidores adoptaron como bandera. Esa economía es apenas un territorio simbólico desde el cual se vive la realidad y se mira al sistema capitalista y se le encuentra siempre falto de algo esencial. Ese algo es la vida puesta por delante del precio.

En esta nota recorrimos la crítica al valor de cambio y la reivindicación desde la economía-otra de otros valores (afectivos, relacionales, de uso). En la próxima nota nos preguntaremos cómo se organiza concretamente esa economía en la práctica cotidiana: trueque, ayuda mutua, la fiesta como dispositivo de distribución y la fidelidad como moneda. Y en la cuarta abordaremos el vuelo macro: qué pasa cuando ese mundo choca con el capitalismo real y su "alud" de crisis.

Mientras tanto, queda esta enseñanza básica, la más ricotera de todas: Si un día cambiás un beso por un peso, el que pierde no es el que da el beso. Es el que cree que el peso vale más.

En esencia, la "economía ricotera" propone vivir de manera más auténtica, rechazando la lógica capitalista del "tener" por encima del "ser", cuestionando el modo dinerario de organización social y proponiendo los sentidos humanos por sobre las acumulaciones monetarias.

(*) Economista, investigador y ex rector de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB).