Pueblos originarios

Viviana Ayilef y la poesía mapuche como cura

 Por Claudia Prado

En la conversación, como en los poemas, Viviana Ayilef le hace lugar a un mundo complejo, delicado, resistente, vivo. Un mundo que existe si se encuentran las palabras para contar lo que le fue, y todavía le es, quitado. "No puedo decir ‘en mi recuerdo de infancia / los mayores...', algo. / Porque no había mayores", comienza un poema de "Choz rayen", uno de sus libros más recientes, publicado por la editorial "patagónica, feminista y colectiva" Las Guachas, y en los siguientes versos reconstruye el mundo como lo suele hacer la poesía, desde los detalles.

"No sé cómo presentarme./ Abro la boca y se traba el tuwün, / balbuceo el kupalme./ No puedo hacer pentukun./ Tengo, sin embargo, don de la palabra. // Yo soy Viviana Ayilef / Nací en Trelew. / Sigo viva".

La primera persona, cuando la enuncia Viviana, siempre va acompañada. Ella dice que va con el "malón de los antiguos". Así fue, por ejemplo, en las mesas del encuentro "La Palabra Indígena", que coordinó durante la reciente Feria Internacional del Libro. Al presentar a dos poetas mapuche que habían venido de Chile, para señalar lo ajena que les resultaba esa distinción geográfica, Viviana explicó: "Nos asiste una misma estrella y una misma ternura (...) Aprendimos a través de su poesía a escuchar con sensibilidad los latidos de la tierra y a entender que la poesía es un modo también de volver a ser gente, volver al mapuche mogen".

En una reflexión final, incluyó a poetas y público: "No es fácil tener que traer algunas memorias y no es fácil para ustedes estar allí escuchando".

¿Podrías contar cómo llegó la flor amarilla, "Choz rayen", al título de este libro?

-En principio el título era "Puel purrun", por la danza del choyke purrun, una danza ceremonial de los guillatun. El choyke es un animal con una identidad bien puelche, en la parte argentina del Wallmapu, el territorio ancestral mapuche. Había pensado ese nombre porque quería caracterizar el libro como poesía mapuche de este lado. Cuando lo empecé a conversar con mis lamgen nos dimos cuenta de que era muy sagrado ese título para tomarlo a la ligera, y que tendría que involucrar otros textos, más explicativos o de contexto, pensar en la posibilidad de nombrar a los purrufes más antiguos, algo así. La pregunta que me hice fue si tenía esa osadía, o ese kimün, ese conocimiento, y no me animé. Pasé al extremo opuesto que fue el todo de la humildad: "Choz rayen". ¿Por qué pienso en términos de humildad? Porque estas florcitas amarillas, incluso en otoño, en invierno, en épocas donde la naturaleza está descansando y todo se ha secado, están ahí como bancando el color. Son flores muy resistentes. Para los patagónicos es una imagen común ver todo el yuyerío amarillo al costado de la ruta. En un invierno me asomé a la ventana de mi casa y dije: "Pero, ¿cómo no se mueren?". Había caído una helada extravagante y estaban ahí muy vivas. "No, claro, son florcitas de la resistencia". Por otro lado, cuando me adentré como paciente en la medicina mapuche me di cuenta de que muchos de los lawen más importantes, por lo menos para mí, dan florcitas amarillas. Entonces, "Choz rayen" (rayen: flor, choz: el color amarillo), por su resistencia, por su potencial sanador y por su ternura, es un bello nombre.

¿Elegir la flor amarilla, lo chiquito, también abre posibilidades?

-Sí, es una pequeña intervención crítica y respetuosa del presente, al que le gusta tanto la pompa. Creo que el budismo tibetano, el taoísmo, son espiritualidades que también entienden que es mejor opacar, retirarse de las grandes escenas de las multivisualidades. Ser humilde en relación con un montón de decisiones, humilde en la elección del título de un libro, con los usos del mapudungun en su interior, con qué cosas se pueden contar y qué cosas no se pueden contar (porque el objeto libro llega a muchas partes) son decisiones que tomo de manera permanente en pro del bien común, del bienestar y porque creo que no nos favorece en el presente la grandilocuencia. Pronto saldrá un libro sobre el lawen, la medicina mapuche, y lo atraviesa la historia de los distintos procesos de persecución y criminalización vinculados a las curas ancestrales; no solamente de nuestro pueblo, sino en la historia del mundo, del curanderismo, de las yuyeras, de las yerbateras, de los chamanismos indígenas, de las mujeres sanadoras. Me costó mucho trabajo emocional, y después me llevó mucho tiempo de consulta protocolar averiguar si ese libro no estaba diciendo de más. Buscando la justa medida, nada en demasía, porque tampoco es necesario ni prudente poner a circular todos los conocimientos.

En uno de los dos prólogos del libro, Jorge Spíndola se pregunta: "¿Un libro puede ser lawen?". ¿Qué contestás a eso?

-Claro, nütxamkan: la conversación y la palabra también son formas de lawen. Las distintas espiritualidades entienden muchas cosas de la misma manera. Me gusta indagar cómo entienden esto las culturas no occidentales y siempre me da ternura la certeza y la convicción transcultural de que la palabra sana, porque ¿qué pasa cuando la gente no habla?

¿Pensás la poesía como medicina que también puede curarte a vos misma, igual que las flores amarillas?

-El otro día visitaba a un poeta amigo, Ymar Sioban, y hablábamos acerca de cómo nuestras adolescencias, problemáticas como toda adolescencia, heridas por distintas heridas (no solamente coloniales) fueron contenidas por la poesía y muchos de nosotros en la ciudad de Trelew fuimos contenidos emocional y políticamente en el taller literario de Jorge Spíndola. Era eso o vaya a saber qué hubiera sido de nosotros. La poesía siempre aparece a tiempo en las personas. Yo soy una gran predicadora de la necesidad de estas instancias de taller, porque sé por experiencia propia lo que me significó la herramienta de la poesía para sobrevivir. Eso, en la instancia fundacional y luego, en el presente, en la poeta que escribió "Choz rayen", que es un libro muy distinto de los anteriores, -y esto tiene que ver con los procesos de regreso a las espiritualidades ancestrales-, cambió la forma de vincularse con el modo de escribir, con cómo le toma a uno el cuerpo la poesía, cómo y para qué escribe, con qué tipo de cuidados por todo lo que significa lo que uno está comunicando y por el alcance que tiene. Cambió el vínculo con la ejecución del poema.

En uno de tus poemas se lee: "no tengo más que decir / menos que insinuar / los que debían decir ya dijeron" y en otro: "me gustaría guardar silencio / y no tener que andar revelando / estas cosas en un texto". ¿Estos versos tienen dos lecturas, una más política y otra más íntima?

-Sí, tienen las dos lecturas. Es cansador ver cómo las lógicas discursivas que fueron efectivas en los comienzos del Estado nación siguen muy activas. Como una brasa que nunca se apaga y vuelve, como el eterno retorno de lo reprimido, o como el flyer ese que dice: "No puede ser que estemos discutiendo esto". También hay una tendencia a requerirle al poema indígena cierta retórica de naturaleza, de belleza y de locus amoenus. En alguna entrevista, en donde se me invitaba a leer al aire en una radio, la productora me preguntó: "¿Pero no tenés algo más alegre, menos denuncialista?". Como decía Frantz Fanon, "Tú quédate donde estás" (a eso me invitaba). Ojalá uno pudiese hablar solo del alerce milenario, ¡pero estuvo a punto de morir! En estas últimas quemazones, un alerce al que todos le decían el anciano abuelo ¡casi se quemó! Entonces, mientras todavía no tengamos garantizada (y esto va para rato) la supervivencia del árbol en tanto árbol, de la flor en tanto flor, del animal en tanto animal o de la persona en tanto persona, los temas que piden ingresar al poema van a tener que seguir siendo abordados. Eso es así. Y es una obligación espiritual, no moral.

En estos poemas hay diálogos, distintas voces que se preguntan, contestan o añaden, humor, recursos que parecen traídos de los mensajes de WhatsApp ("guiño, guiño"). Son muchos los registros que entran y se equilibran. ¿Es una decisión consciente?

-Ojalá los pensara: aparecen. En la crónica que abre el libro, que se llama ‘Iñche Mapuchengen', aparece algo que por ahí mucha gente no sabe y que tiene que ver con el newen de nuestros apellidos, es decir: ¿cuál es la particularidad, cuál es la fuerza, cuál es el rasgo, qué es lo específico de la persona según la información que contiene su apellido? Hay personas que tienen en el küpalme, o sea, en el linaje, por ejemplo, guanacos. Por eso el libro de Anahí Rayen Mariluan se llama "Flor amiga de diez guanacos" (mari: diez, luan: guanaco). Muchos tienen animales, piedras, piedras azules, como el gran ñizol logko Kallfükura. Yo tengo la alegría y la urgencia en mi apellido, y eso es una cualidad. No puedo ser de otro modo y eso me ha ayudado mucho en este mundo. Mi hermano es igual. La gente Ayilef que conozco tiene esa misma característica, con amor y con humor, diríase. El poema es la vida cotidiana para mí. Entonces, del mismo modo en el que escribo un poema habito una conversación. Por otro lado, no me gusta la poesía que miente, que fuerza registros, términos, asuntos. Eso, en la poesía mapuche y en la poesía no mapuche, se nota y los lectores no merecen eso. Entiendo que el poema está allí para ayudar. Hay gente con necesidad de poner en relatos sus historias, lo que les ha pasado o cómo se sienten, cómo se piensan. Entonces todos los poemas tienen un carácter de verdad que para mí es sagrado. Así que todos los registros, términos, guiños, cosas que aparezcan son parte de la identidad de la Viviana que soy, no de ninguna cosa así como un yo lírico.

Tu apellido aparece varias veces en el libro. Contás cómo te ayudaron a descubrir su sentido. En algunos versos, Ayilef suena entre otros apellidos mapuche. Traés al libro el nombre propio pero en comunidad, entre los otros.

-Hay un historiador guluche, Pedro Cayuqueo, que suele utilizar un término que es el de ‘mapuchómetro'. A través de él ironiza acerca de cómo mucha gente al interior de nuestro pueblo se pone mapuchometrista. Te miden la indigenidad de acuerdo con una serie de variables dentro de las cuales está el apellido -hay muchos memes acerca de esto-, el doble apellido ni qué hablar. Mi madre tiene ascendencia italiana, yo estaría más abajo. El mapuchometrista mide esas cosas raciales y también lingüísticas y territoriales. Eso siempre me divirtió mucho, me divirtió porque ya no me lastima, ¿no? Pero esas lógicas de segregación duelen mucho cuando son malintencionadas. En la nueva edición de Ayün (Las Guachas, 2026) sumé un ensayo acerca de esto (‘En el origen de todo estuvo la poesía'). La enorme deuda histórica que tenemos en Argentina en relación con el reconocimiento, como parte de un pueblo originario, a las personas que han sido despojadas de su apellido, de su linaje, es importante. El pueblo mapuche tiene los Pereyra, los Monsalve, los Rojas, muchos apellidos que no son originarios porque han sido impuestos. La gente perdió su linaje y al ser desvinculada de su küpalme también queda desvinculada de su territorio y de su identidad. No saben de dónde ni quiénes ni cómo son. La explicación de mi apellido que me han dado quienes saben me ayudó a entender por qué soy como soy, en qué puedo ser útil en determinadas circunstancias, en cuáles no, qué mediaciones protocolares puedo hacer por la personalidad que tengo, por el manejo de la palabra. Yo soy nacida en Trelew, pero sé dónde está el origen de mi linaje, en Aldea Epulef, Langüiñeo. Tengo la certeza total de mi origen porque en mi familia han mantenido el apellido. Pero las trayectorias de otras familias mapuche han sido mucho más duras. Siempre pienso en cuánta identidad queda por recuperar con los nombres antiguos. En un país que cumple 50 años del Nunca Más, esa es una pregunta que sigue lacerando. ¿Qué pasa con todas esas personas que no han podido dar con sus linajes, diseminadas, por dónde? Esa es una pregunta verdaderamente muy doliente y por eso toda banalización de esa pregunta no puede más que hacer daño. Creo que algunos poemas generan lo que generan porque, lamentablemente, en las heridas de la memoria, en las memorias traumatizadas, la sociedad argentina y el pueblo mapuche somos una unidad: este es un territorio devastado. Terrorismo de estado, genocidio indígena son parte de una misma historia argentina. Entonces, me parece que mientras caminemos juntos esos procesos de reafirmación identitaria, esto ayuda a todos. En el pueblo mapuche también tenemos gente desaparecida. Ver cómo todo está vinculado nos ayuda a pensarnos como unidad, no como diferencia. Yo seré poeta del pueblo mapuche, pero nací en la actual Argentina, entonces también formo parte de una identidad múltiple que me enorgullece y me lastima por igual.

Contabas que hablaste con tus lamgen a la hora de pensar el título de "Choz rayen". Por otra parte, una de tus editoras, Tamara Padrón, dice en una entrevista que para ella un libro es "un objeto afectivo, un proceso, un vínculo". ¿De qué vínculos surgió este libro?

-Todas las lof que uno tiene... Yo ando desde muy chiquita con el hocico metido en el campo literario patagónico y algo que siempre noté es la enorme familiaridad que tenemos. No sé si esto se da en otros campos literarios. De chiquita me vinculé afectivamente con el movimiento Canto Fundamento de Patagonia, donde la mayor parte eran músicos. Canto político de resistencia en Patagonia, histórico. Y también con poetas como Julio Leite, Maritza Kusanovic, Panchi Ocampo, Liliana Ancalao, Washington Berón. Toda esa generación fueron mis referentes estéticos y políticos, mis mayores. Cuando falleció Cristian Aliaga, que era mi editor, mi cómplice, mi consultor, mi amigo, pero particularmente era la última figura paterna que me quedaba, la orfandad en la que muchos quedamos fue un desasosiego. En esos días de tanto dolor y de tanta urgencia -porque la poesía tiene que seguir haciendo su trabajo-, conversando con Tamara Padrón y con Dante Sepúlveda, les contaba que me estaba armando un librito para tener algo con lo que salir, porque no hay que llegar de visita con las manos vacías. Después de todo el trabajo que uno hace en las instancias de lectura de poesía y de conversación, la gente necesita algo para llevarse, y esa es la función medular del libro. Siempre es por un bien mayor, un bien colectivo. Cada vez que uno va, no va solito con su alma, va con todo el malón de los fütakecheyem, de los antiguos, de la gente y de los mensajes de nuestro pueblo. Llega uno y llegamos todos. Entonces me ofrecieron la hospitalidad de Las Guachas.

En "Choz rayen" suenan dos idiomas, el español argentino, patagónico, y el mapudungun. Los dos idiomas construyen ritmo, sentido, pero tomaste la decisión de no traducirte, sino de darle lugar a las lenguas una junto a la otra, en la misma voz. ¿Querés contar algo acerca de esa decisión?

Nosotros somos hablantes nativos del español y nuestros padres también lo eran, por los procesos de prohibición y criminalización de la lengua materna, del mapudungun, en las escuelas, en el campo. Creo que la historia se ha repetido en otras provincias, pero por lo menos aquí, en Chubut, cuentan que estaba prohibido bajo pena de castigo corporal el uso de las lenguas ancestrales. La lengua no tuvo la misma vitalidad que en el Gulumapu donde el uso cotidiano y fluido no se cortó por generaciones y entonces las personas han seguido naciendo en mapudungun. No es el caso del Puelmapu y esa es la gran diferencia con la poesía mapuche del lado chileno. Por lo tanto el vínculo con la lengua en cada poeta sigue una trayectoria o un derrotero diferente. En mi caso, como me rijo bajo la premisa de verdad, ninguno de los términos en mapudungun que aparecen en los poemas es un término que no me sea propio. Si bien nosotros no somos hablantes -cuando digo nosotros hablo de mucha gente de mi generación- sí somos, en algunos casos, comprendientes. Podemos entender conversaciones en mapudungun. Por ahí nos pueden hablar en esa lengua y podemos responder en español, a veces habitamos espacios donde el mapudungun es una lengua de intercambio. Entonces, cuando uno tiene oreja, va incorporando algunos términos específicos y esos términos son los que yo permito que entren al poema. Jamás iría a buscar a un glosario, a un diccionario, porque eso es artificial, y además porque sería una trampa. Tal vez lo hice en algún momento, pero ya no. Cada vez que alguien hace eso muere un hada, porque es una trampa. A veces a la poesía indígena contemporánea se le pide el uso de la lengua y yo soy la gran frustración para esas demandas porque no la tengo, y por principio no puedo mentir. De hecho, hay traducciones de algunos poemas, pero no las hice yo, porque me falta mucho conocimiento. Al ser muy torpe en el manejo de esa lengua, soy muy respetuosa. Todos anhelamos en algún momento poder manejarnos fluidamente en mapudungun porque probablemente los procesos que se vengan en este país en los próximos tiempos requieran de los aportes de las fuerzas de la naturaleza para mantenerse lo mejor posible en la tierra por venir, en la tierra arrasada por venir. Y dicen los mayores que uno puede pedir en español, pero el idioma antiguo de este territorio es el mapudungun, entonces las fuerzas se ponen más contentas si uno les pide en su propia lengua. Ojalá un día yo pueda alegrar a las fuerzas de mi territorio y a los lamgen de este espacio solicitando en la lengua que a ellos les es familiar. Mientras tanto, como lo que cuenta es la buena intención, y la rectitud de la persona, lo hago con lo que me toca.

Fuente: P12