Opinión

Más allá del fútbol: el racismo de Argentina (y de otros países)

Por Sebastián Sayago

Es un fenómeno multicausal. El asunto es que, por motivos deportivos y políticos, por la tendencia de las redes a provocar la irritación moral, por algo de envidia al éxito del vecino y por rechazo a que el subalterno levante la voz contra el colonizador, se montó una campaña contra Argentina. En principio, para minimizar sus logros en la Copa del Mundo, para deslegitimar sus remontadas y para negar que, mal o bien, representaba en las últimas instancias el fútbol sudamericano frente a las potencias europeas.

La selección argentina, la mejor entre sus pares de América Latina (en esta competencia particular) fue vista con antipatía incluso en "países hermanos". En fin, si eso solo expresara que la rivalidad deportiva está por encima de la "unidad latinoamericana" sería triste, pero no tan grave.

La campaña contra la selección incluso alcanzó a Messi, que fue el mejor jugador del Mundial y que está cerrando una trayectoria admirable. Visto a grandes rasgos, fue el mejor jugador del mundo durante 20 años. No hay otro jugador en la historia que iguale esta marca temporal, nadie mantuvo un nivel de excelencia durante tanto tiempo.

Pero, más allá del estilo de juego de la selección y del brillo de Messi, hay otros aspectos a tener en cuenta. Por ejemplo, el efecto causado por la bandera que reivindicaba nuestra soberanía sobre Malvinas, las acusaciones de racismo y los reproches de violencia antideportiva y deslealtad por parte de los jugadores. Mucho se ha hablado acerca de la importancia del gesto implicado en la bandera. Fue un acto de revindicación política necesario en un contexto de mansedumbre diplomática y de entrega cotidiana de la soberanía por parte de este gobierno y de sus aliados ("cómplices", es una palabra más adecuada).

En este contexto, las acusaciones de racismo resultaron algo sorprendentes porque había selecciones que representaban a países que tienen un pasado colonialista, con la imposición de una autoridad blanca y europea, procesos de esclavización y robo de bienes naturales. El ejemplo más ridículo fue el del actor estadounidense Samuel Jackson afirmando que "Argentina es históricamente uno de los países más racistas del mundo (sino el más racista)", justo en una nación cuyo gobierno caza inmigrantes y los deporta a sus países de orígenes, destruyendo familias y vidas personales. Qué habrían pensado Martin Luther King y Malcom X, si hubieran podido escucharlo.

Los reproches de "suciedad deportiva" fueron parte de un mecanismo de condicionamiento del arbitraje y de creación de un clima antiargentino. Varios rivales "heridos" por el éxito de la selección se prendieron a las críticas y después celebraron el triunfo del "verdadero fútbol". Los ingleses sintieron, con alivio, que España había vengado la humillación sufrida unas horas antes.

Pero, más allá de estas cuestiones, quisiera decir algunas palabras sobre las acusaciones de racismo.

El racismo nuestro de cada día

En términos generales, a los argentinos no nos gusta que nos digan "racistas". Sin embargo, en nuestra sociedad, hay una matriz racista, mal que nos pese. Se expresa a través del humor (los chistes "de negros"), a través del sistema de clase ("la gente de bien" contra "los negros") y a través de la estigmatización de los pueblos originarios. Claro, el racismo aquí no es muy diferente del que hay en otros países de América Latina y del mundo, más allá de las comprensibles particularidades.

Invariablemente, esta matriz racista es reforzada por el pensamiento conservador y los sectores de derecha. El tuit de Santiago Caputo, asesor estrella del gobierno libertario, después de que Noruega derrotara a Brasil, es una muestra de eso: "Qué piedra se volvió ser negro". Y no fue solo él, toda la tropa de trolls de ultraderecha manifestó en estos días un chauvinismo racista y, además, homofóbico.

Si a esto le sumamos los insultos racistas de hinchas argentinos a Speed, las declaraciones de Hebe Casado, vicegobernadora de Mendoza, contra la selección de Francia y, más allá en el tiempo, la condena a la abogada santiagueña en Brasil por sus gestos racistas, se entiende rápidamente que el racismo es un componente básico de nuestra cultura (como la de otros países desde donde nos acusan de ejercerlo).

Algo más: cuando de trata de "usurpadores" a grupos mapuches que reclaman una ínfima parte del territorio que el Estado argentino les arrebató a fuerza de bala, también se es racista. Cuando, sin una sola prueba, se los acusa de incendiar la cordillera en verano o cuando se habla de "falsos mapuches" porque no se los identifica con el estereotipo construido por una ideología "blanca y eurocéntrica". Y todos sabemos quiénes son los que organizan y mantienen esta campaña.

Se trata de un racismo funcional al imperialismo que, muy claramente, ha denunciado Myriam Bregman en estos días. Se construye al mapuche como la amenaza sobre nuestros territorios, al vez que, mediante el RIGI, el Súper RIGI y la llamada Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, el gobierno de Milei promueve la extranjerización de nuestro suelo a manos de grandes capitalistas.

Si bien en cuestiones culturales siempre es arriesgado generalizar, lo es todavía más cuando se habla de racismo. No se puede sustancializar. No se puede decir "Los argentinos son racistas" ni "Los argentinos no son racistas". El asunto es más complejo. Hay grupos claramente racistas y otros que no lo son o que intentan no serlo. Hay quienes aprovechan el racismo para tratar de imponer una política de exclusión y quienes lo combaten para tratar de construir una sociedad más plural y democrática.

Por último, es evidente que la figura de Javier Milei no ayuda a que Argentina sea una nación más querida. Al contrario, su alineamiento servil a Trump y a Netanyahu, su apoyo al genocidio perpetrado contra el pueblo palestino es algo que despierta antipatía en gran parte del mundo. Y con razón.