Opinión

La deuda no es una cosa: tres visiones para pensar la soberanía financiera

Por Jorge M. Gil *

...no nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros...

J. P. Sartre en el prólogo a "Los condenados de la tierra" (1961), de Franz Fanón.

Una autocrítica, un diálogo fraterno y una propuesta para mirar el endeudamiento público con más matices.

I. El error de mirar con un solo ojo

Hay una tentación en cualquier ensayo crítico: la de endurecer el diagnóstico para que golpee más fuerte. Es comprensible.

Cuando uno escribe sobre deuda pública en América Latina, el material es tan abrumador que parece casi obsceno pedir matices. Las cifras de compromiso presupuestario, los condicionamientos del FMI, la fuga de divisas, el extractivismo financiado con bonos: todo empuja a una opinión monocorde y dolorosa: la deuda es un grillete, un dispositivo de poder, una condena.

Hace unas semanas publicamos un artículo en esa clave, tomando como caso la deuda de Chubut garantizada con regalías petroleras. Y sostuvimos, con la convicción que da la crítica, que el endeudamiento soberano en la periferia no es sólo un problema económico, sino un mecanismo de producción de subjetividad: nos convierte en deudores existenciales, siempre debiendo, siempre culpables, siempre pagando. La polisemia alemana de Schuld (deuda/culpa) sirvió como llave para abrir esa lectura. Pareciera que el texto tuvo recepción. Pero un amigo (1), de esos que leen con el cuerpo además de con los ojos, me lo devolvió con una pregunta cuestionadora.

Me dijo, con la franqueza que solo ofrecen los hermanos, que mi diagnóstico era demoledor, pero que corría el riesgo de quedarse sin oxígeno. Que al cerrar tan herméticamente la puerta a la posibilidad de que el crédito también sea, en ciertos contextos, una palanca de desarrollo, mi análisis se endurecía en una dicotomía demasiado rígida. Y que al no abrir ninguna rendija hacia alternativas concretas, el artículo se volvía un grito necesario, pero políticamente estéril.

Tiene razón.

El presente artículo es mi intento de ponderar esa crítica. No para refutarla, sino para aprender de ella y, de paso, ofrecer al lector un marco más útil para pensar la deuda pública. Porque si algo me enseñó su carta es que la deuda no es una cosa: no es ni solo grillete, ni solo puente. Es una relación social, y como tal, admite varias miradas. La pregunta no es cuál es la visión políticamente correcta, sino qué podemos construir con cada una de ellas.

II. Lección 1: La deuda como grillete (y lo que esta visión nos enseña)

Empecemos por la visión que domina mi artículo anterior: la deuda como grillete. Es la mirada crítica por excelencia, y abundan razones que justifican su existencia.

¿En qué consiste?

Esta visión entiende la deuda como un mecanismo de extracción y disciplinamiento. Los acreedores externos (FMI, bancos de inversión, Estados centrales, Fondos de inversión) imponen condiciones que limitan la soberanía de los países deudores, obligándolos a ajustar sus gastos, privatizar activos y privilegiar el pago por sobre la inversión y el gasto social. El resultado es una transferencia de recursos desde la periferia al centro, que acentúa la dependencia estructural.

¿Qué autores la sostienen?

Pensadores como Maurizio Lazzarato (La fábrica del hombre endeudado) o David Graeber (En deuda) han mostrado, con lucidez, cómo la deuda no es un contrato neutral, sino una tecnología de poder que moldea subjetividades. También hay una tradición latinoamericana que viene de la teoría de la dependencia y el pensamiento crítico sobre el extractivismo.

¿Qué aporta?

. Desenmascara la falsa neutralidad de los contratos financieros.

. Muestra el vínculo entre deuda, ajuste estructural y empobrecimiento.

. Da cuenta de la asimetría de poder entre acreedores poderosos y deudores débiles.

¿Cuál es su límite?

El que mi amigo señaló con precisión: puede caer en un determinismo que anula la capacidad de agencia de los Estados deudores. Si toda deuda es siempre y en todo caso un grillete, entonces no hay espacio para discutir condiciones, reestructuraciones o auditorías. La crítica se vuelve tan totalizante que se come su propia posibilidad de transformación.

La lección aquí es que la denuncia interpretada es necesaria, pero no suficiente. Señalar el grillete es el primer paso; el segundo es preguntarse cómo evitarlo o quitárselo.

III. Lección 2: La deuda como puente (y lo que esta visión nos enseña)

La segunda visión es la que falta. Llamémosla la deuda como puente. Es la mirada instrumental, que ve en el crédito una herramienta para el desarrollo.

¿En qué consiste?

Esta visión reconoce que es la aplicación del financiamiento externo, su gestión productiva, la que permite saltar los obstáculos que genera la insuficiencia de recursos propios. Un Estado nacional que no tiene suficiente ahorro interno (o que el mismo fuga) puede tomar deuda para construir infraestructura, fortalecer el sistema de salud o sostener el gasto social en momentos de crisis. Desde esta perspectiva, no hay que demonizar la deuda a priori; hay que evaluarla en sus condiciones, su destino, su productividad social y su sostenibilidad.

¿Qué autores la sostienen?

Es la visión predominante en la economía ortodoxa, pero también aparece en corrientes heterodoxas que no rechazan el crédito como tal, sino su mal uso. Muchos economistas del desarrollo -incluso críticos del neoliberalismo- reconocen que hubo momentos en que la deuda externa financió bienestar (por ejemplo, ciertos planes de infraestructura en América Latina entre los años 40 y 70).

¿Qué aporta?

. Reconoce que el crédito puede tener efectos positivos si se usa con criterio social y en beneficio de los pueblos deudores.

. No demoniza al acreedor ni al deudor; los sitúa en una relación de mutua conveniencia.

. Abre la puerta a la discusión técnica-política sobre plazos, tasas y destinos del gasto.

¿Cuál es su límite?

Puede naturalizar la dependencia externa y subestimar los costos políticos del endeudamiento. Además, suele omitir una pregunta clave: ¿quién gana y quién pierde en la redistribución de la deuda? No es lo mismo tomar deuda para construir escuelas que para financiar caminos para la megaminería; no es lo mismo endeudarse con el Banco Mundial para obras públicas que con fondos buitre para gastos improductivos. La mirada instrumental, si no se complementa con una crítica política, corre el riesgo de ser ingenua.

La lección aquí es que el puente no es bueno ni malo en sí mismo. La pregunta es hacia dónde lleva, quién lo construye, a quién beneficia.

IV. Lección 3: La deuda como vínculo (y lo que esta visión nos ofrece)

Ahora bien: si la deuda no es solo grillete ni solo puente, ¿qué es? Puede pensarse una tercera visión, que no niega las anteriores sino que las integra en un marco más amplio. Llamémosla -a priori- la deuda como vínculo.

¿En qué consiste?

Esta visión entiende la deuda como una relación social -con derechos, deberes, asimetrías y, sobre todo, con capacidad de ser renegociada. No es un objeto estático, sino un proceso político, abierto, atravesado por conflictos de poder pero también por posibilidades de acuerdo. Analizar la deuda no como destino sino como contrato social, auditable y revisable.

¿Qué aporta esta mirada?

. Deja de pensar la deuda como un mandato inevitable y eterno, concibiéndola como un campo de disputa.

. Reconoce que los términos del contrato son tema público de auditoría social y pueden reestructurarse y/o condonarse.

. Sitúa la discusión en el terreno de la soberanía política: no si debemos o no, sino en qué condiciones, con qué contrapartidas y con qué mecanismos de control democrático.

V. Lecciones de la historia: Experiencias concretas de auditoría y reestructuración

Para entender esta tercera visión en acción, vale la pena repasar algunos casos históricos donde la deuda fue cuestionada desde su legitimidad, no solo desde su sostenibilidad técnica.

El caso griego y la deuda odiosa (2015)

En 2015, el Parlamento griego creó el Comité de la Verdad sobre la Deuda Pública, un grupo de 30 expertos internacionales y griegos encargados de investigar la legalidad y legitimidad de la deuda externa del país. El Comité, coordinado por el historiador Éric Toussaint, concluyó que una parte sustancial de la deuda griega -que rondaba los 320 mil millones de euros- era ilegal, ilegítima, insostenible y odiosa.

¿Qué significaba eso? Según el informe, el aumento de la deuda no se debió a un gasto público excesivo, sino a:

. El pago de tipos de interés extremadamente altos a los acreedores.

. Un gasto militar excesivo e injustificado.

. La recapitalización estatal de bancos privados con fondos públicos.

. Irregularidades contables y legales por parte de las instituciones europeas para endosar al Estado griego los activos tóxicos de la banca privada.

El concepto de "deuda odiosa" tiene raíces en el derecho internacional. Fue teorizado por Alexander Nahum Sack en 1927, y sostiene que toda deuda pública contraída en violación de principios democráticos, por un gobierno que actúa contra los intereses de la nación, no debería ser ejecutable. En el caso griego, el Comité argumentó que los acreedores conocían (o debían haber conocido) que las condiciones impuestas violaban derechos humanos fundamentales y que el pago implicaba negar a la población sus derechos civiles, políticos, económicos y sociales.

El informe del Comité no tenía carácter vinculante, pero puso sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿puede una deuda ser legal en términos formales, pero ilegítima en términos políticos y humanos? La experiencia griega demostró que sí, y que la discusión sobre la legitimidad de la deuda no es un lujo académico, sino una herramienta política concreta.

Las reestructuraciones argentinas (2005, 2010, 2020)

Argentina ofrece otro ejemplo de cómo la deuda puede ser renegociada desde una posición de fuerza política, aunque con resultados desiguales.

. 2005 (Néstor Kirchner) y 2010 (Cristina Fernández de Kirchner): tras la crisis de 2001, Argentina llevó a cabo dos reestructuraciones de su deuda soberana, ofreciendo a los acreedores un "canje" con una quita significativa (aproximadamente el 70% del valor nominal). La estrategia combinó una posición de default con una negociación dura, y logró reducir el peso de la deuda sobre el presupuesto nacional, aunque un sector de acreedores (los "fondos buitre") quedó fuera del acuerdo.

. 2020 (Alberto Fernández): Argentina reestructuró nuevamente su deuda externa, esta vez en un contexto de pandemia y con el FMI como principal acreedor. El acuerdo implicó una quita menor, pero extendió los plazos de pago y alivió la carga financiera de corto plazo.

Estos casos muestran que la reestructuración no es un gesto de derrota, sino una herramienta soberana de ejercicio político. Los Estados deudores pueden, en determinadas condiciones, renegociar los términos de su endeudamiento. El problema es que esa capacidad depende de factores políticos (gobernabilidad, alianzas internacionales, poder de negociación, apoyo popular) y no solo de criterios técnicos.

Ecuador y la Auditoría Integral de la Deuda (2007-2008)

El caso ecuatoriano es quizás el más emblemático de América Latina en materia de auditoría ciudadana de la deuda. En 2007, el gobierno de Rafael Correa impulsó una Auditoría Integral de la Deuda, que revisó los contratos de endeudamiento externo firmados por los gobiernos anteriores, especialmente durante la crisis bancaria de los años 90 y el período de dolarización.

La Comisión de Auditoría, conformada por expertos nacionales e internacionales, concluyó que una parte significativa de la deuda era ilegítima por haberse contraído en violación de la ley ecuatoriana, con condiciones abusivas y sin beneficio para la población. El gobierno declaró la "moratoria selectiva" (es decir, dejó de pagar una parte de la deuda) y luego renegoció con éxito los bonos en default, logrando una quita de aproximadamente el 70%.

El caso ecuatoriano demostró que la auditoría no es solo un ejercicio técnico: es un acto político que redefine la relación entre el Estado deudor y sus acreedores. También mostró sus límites: la auditoría no eliminó la deuda por completo, y Ecuador sigue siendo un país endeudado, pero cambió los términos de la discusión.

VI. El grito, el puente y la soberanía

Llegados a este punto, quizás el lector se pregunte: ¿y entonces qué hago con estas tres visiones? ¿Cuál elijo?

La respuesta, después de revisar estos casos históricos, es que no hay que elegir una. Las tres son necesarias, y cada una opera en un registro distinto:

. La visión crítica (grillete) es necesaria para desnaturalizar la deuda y señalar sus mecanismos de poder. Sin ella, no hay conciencia de la asimetría. El caso griego mostró cómo un análisis de ilegitimidad puede cambiar el marco del debate.

. La visión instrumental (puente) es necesaria para no caer en el derrotismo y reconocer que el crédito puede ser una herramienta, no solo una condena. Como señalan algunos análisis, Grecia fue un país democrático cuando contrajo la mayoría de sus préstamos, y parte de ese financiamiento se destinó a gasto social e infraestructura.

. La visión relacional (vínculo) es necesaria para abrir el campo de lo posible y pensar en alternativas concretas, como auditorías, reestructuraciones y mecanismos de control democrático. Las experiencias de Ecuador, Argentina y el propio comité griego son pruebas de que la soberanía financiera no es una utopía.

Todas confluyen es que la deuda es impagable en los términos de su suscripción e inviable en el marco de la economía extractivista dependiente de nuestros países. El problema no es tener una visión; es tener solo una. La crítica radical, sin matices, se vuelve un grito sin oxígeno. La mirada instrumental, sin crítica, se vuelve ingenua. Y el vínculo, sin ambas, se vuelve abstracto.

Articular las tres miradas nos conduce a la soberanía financiera. La capacidad de un pueblo de decidir sobre sus propias deudas, no nace de una sola mirada. Nace de la tensión creativa entre la denuncia crítica, la herramienta democrática y la negociación equitativa.

VII. Lo que mi amigo me enseñó (y que comparto con el lector)

Mi amigo y compañero no me pidió que abandonara mi crítica. Me pidió que no la clausurara en sí misma. Que el grito sea el comienzo de una conversación, no su punto final. Que al diagnóstico le sigan las preguntas concretas: ¿Cómo se negocia con el FMI sin traicionar el mandato popular? ¿Cómo se audita una deuda sin caer en el lawfare? ¿Cómo se construye soberanía financiera en un mundo que nos empuja a la dependencia? ¿Cómo se opera en un sistema capitalista que exige pueblos cada vez más deudores en economía cada vez menos productivas? ¿Será el momento de una moratoria extensa en tiempo y volumen monetario? ¿Es esta solución sustentable?

Esas preguntas no tienen respuesta fácil. Pero no hacerlas también es una decisión política.

Lo que quiero ofrecer al lector, entonces, no es un recetario. Es un marco para pensar. Tres lentes para mirar la misma realidad, sabiendo que cada una revela algo que las otras ocultan. Y un consejo práctico: la próxima vez que leas un artículo sobre deuda pública, preguntate qué visión lo atraviesa. Si solo ves grilletes, buscá el puente. Si solo ves puentes, buscá los grilletes. Y si no ves el vínculo, preguntate qué se está omitiendo.

VIII. Cierre: La deuda no es una cosa

La deuda no es una cosa. No es un peso que se carga ni un número que se mira con angustia. Es una relación entre personas, entre Estados, entre generaciones. Y como toda relación no es simétrica y puede ser injusta, pero también puede ser renegociada. Vivimos la civilización de la deuda.

Mi amigo me devolvió el texto con un abrazo a la distancia. Y en ese gesto me recordó que la crítica no es un fin en sí misma: es un medio para construir algo mejor. Que el oxígeno no está en el grito, sino en la pausa que viene después. Y que la soberanía, como la deuda, se construye con otros, no contra ellos.

Este artículo es un intento de estar a la altura de esa enseñanza.

(1) Mi amigo es Javier Pérez-Capdevila, morador permanente y enamorado de su Cuba natal, desde su nacimiento en 1963. Doctor en Ciencias Económicas, profesor universitario e investigador reconocido. Su tarea científica en matemáticas aplicadas, administración, economía y econometría , conjuntos difusos le valió múltiples reconocimientos nacionales e internacionales como el Premio Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba por "resultados relevantes con impactos manifiestos" y la orden "Carlos Juan Finlay ", máximo reconocimiento científico otorgado por el Consejo de Estado de la República de Cuba a "ciudadanos cubanos y extranjeros en reconocimiento a méritos extraordinarios por sus valiosas contribuciones al desarrollo de las actividades de investigación que han contribuido excepcionalmente al progreso de las ciencias y al beneficio de la humanidad". Su amistad humana -por cierto, tan sincera como crítica- acompaña mi tránsito por la vida.

(*) Economista, investigador y ex rector de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB).