Patagonia, Campaña del Desierto, exterminio indígena y la entrega de tierras a extranjerosPor Claudia Ferri y Agustín Trapo
En 1878 comenzó una de las operaciones militares más importantes de la historia de la Argentina: la llamada Campaña al Desierto. El presidente era Nicolás Avellaneda y el encargado de dirigir el avance militar fue el general Julio Argentino Roca, que ese mismo año había sido nombrado ministro de Guerra después de la muerte de Adolfo Alsina.
¿Cuál era el objetivo? Expandir el territorio controlado por el Estado argentino hacia el sur de la provincia de Buenos Aires y, fundamentalmente, incorporar enormes extensiones de tierra a la economía ganadera. Esto era fundamental para el modelo económico que se estaba construyendo en Argentina.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, en Argentina se estaba consolidando un modelo económico agroexportador que consistía en producir materias primas, como carne y cereales, para venderlas en el mercado mundial.
Era una economía dependiente de las grandes potencias europeas porque dependía de los precios internacionales de esas materias primas y también de las inversiones extranjeras. Y entre esas inversiones tenían un peso enorme las británicas. Por eso, incorporar nuevas tierras no significaba simplemente agrandar el mapa sino también incorporar millones de hectáreas a un modelo económico basado en la producción agropecuaria y la exportación.
Ya se había avanzado anteriormente en la frontera sur. En la década de 1830, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, se había extendido hasta las zonas cercanas a los ríos Negro y Colorado. Pero Roca planteaba algo mucho más ambicioso porque quería avanzar militarmente sobre una enorme parte de la Patagonia.
Ahora para justificar ese avance había un problema y es que, en realidad, la Patagonia no estaba vacía.
¿Por qué se hablaba de "Desierto"
Este es uno de los puntos más importantes para entender la campaña. La palabra "desierto" puede hacernos imaginar un territorio prácticamente vacío pero eso no era así. La Patagonia estaba habitada desde hacía siglos por distintas comunidades indígenas, entre ellas, comunidades como la mapuche, y los tehuelches.
No eran grupos aislados que vivían completamente al margen del mundo político y económico. Durante siglos hubo relaciones comerciales, políticas y sociales entre las comunidades indígenas y también con las autoridades y pobladores criollos.
De hecho, la frontera era un espacio de intercambio, conflictos, negociaciones, comercio y alianzas. Es decir: no había un vacío que simplemente había que llenar, había personas viviendo allí, sociedades organizadas y había territorios que esas sociedades habitaban y controlaban.
Entonces, ¿por qué llamarlo "desierto"? El concepto no era inocente. Presentar esos territorios como un "desierto" permitía construir la idea de que se trataba de un espacio vacío, disponible para ser ocupado por el Estado. Sin población, sin personas, nadie tendría derechos sobre las tierras.
El término "desierto" ayudó así a deshumanizar a estas poblaciones y a justificar políticamente la violencia ejercida contra ellas. Se dejó de hablar de mapuche, tehuelches y todos pasaron a ser "el indio", el enemigo.
La campaña no buscaba simplemente incorporar a esas comunidades al nuevo Estado argentino. El objetivo fue avanzar militarmente sobre sus territorios y destruir las estructuras sociales que impedían la apropiación de esas tierras que ya estaban vendidas. Esto es probablemente uno de los aspectos más sorprendentes de toda la historia.
Las tierras que todavía estaban en manos de las comunidades indígenas comenzaron a ser distribuidas legalmente, a través de leyes, bonos y concesiones, cuando aún no habían sido conquistadas militarmente. En 1876, por ejemplo, la llamada Ley Avellaneda permitía entregar superficies de hasta 80.000 hectáreas a empresas colonizadoras. En 1878 otra ley estableció mecanismos para otorgar títulos de propiedad sobre las tierras que iba a conquistar la campaña militar.
Primero se diseñaba jurídicamente el reparto y después se avanzaba militarmente sobre el territorio. Incluso se vendían bonos a precios muy bajos: un bono de 400 pesos podía darle a su titular el derecho a elegir una legua de tierra una vez realizada la campaña.
El discurso oficial hablaba de colonizar y poblar. Pero las condiciones de acceso hacían que estas tierras pudieran quedar concentradas en manos de muy pocos. Y eso es exactamente lo que terminó ocurriendo.
Muchas de las concesiones establecían que quienes recibieran esas tierras debían fomentar la instalación de colonos, en algunos casos se estipulaba que debían radicarse hasta 2.500 familias pero en la mayoría de los casos no se instaló prácticamente nadie.
En lugar de pequeñas comunidades de colonos, se consolidaron grandes propiedades dedicadas a la ganadería extensiva. El proyecto de poblar el territorio fue "una vendida de humo". En realidad otro modelo: el latifundio, grandes extensiones de tierra concentradas en pocas manos.
Era mucho más que un proyecto de colonización. Era sobre todo un enorme proceso de apropiación y concentración de la tierra en muy pocas manos.
Los amigos del Estado
Ya durante las presidencias de Roca y de su sucesor, Miguel Juárez Celman, se produjo una enorme transferencia de tierras públicas hacia particulares y el Estado tuvo un papel central porque sin un control efectivo sobre muchas de estas operaciones, los compradores se repetían en los registros.
Algunos actuaban como testaferros, otros compraban tierras para luego venderlas a precios mucho más altos y así se fue consolidando un proceso especulativo. Las tierras podían ser transferidas, revendidas y acumuladas, y la distribución fue enormemente desigual. Grandes extensiones terminaron en manos de unas pocas familias vinculadas al poder económico y político.
Entre los grandes propietarios aparecen apellidos como Martínez de Hoz, Belisario Hueyo, Anzó, Ugarte y Cambaceres; además de muchos otros. Algunos recibieron superficies superiores a las 100.000 hectáreas. Martínez de Hoz, por ejemplo, recibió alrededor de 2.500.000 hectáreas. Quince veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires.
Otro nombre que surge de la repartición fue el de José Menéndez, que se convirtió en uno de los grandes propietarios de territorios del extremo sur, particularmente en Tierra del Fuego. Llegó a ser conocido como el "rey de la Patagonia" u su familia mantuvo durante generaciones una enorme influencia económica en la región.y
Pero hay algo todavía más importante es que la concentración de tierras no se limitó solo a unas pocas grandes familias argentinas, también participaron empresas extranjeras.
La Ley que terminó de legalizar este negocio se sancionó en 1891 en el Congreso. Ese año Argentina tenía que afrontar vencimientos de deuda y necesitaba conseguir dinero rápidamente. La llamada Ley de Liquidación, número 2875 facilitaba la venta de tierras y permitía obtener recursos rápidamente. Pero además tenía otro efecto fundamental: permitía entregar títulos de propiedad definitivos a los concesionarios.
Y había un detalle todavía más conveniente para ellos y era que muchas de las concesiones originales establecían condiciones que obligaban a poblar los territorios pero la nueva legislación permitió regularizar las propiedades aun cuando esas obligaciones no se hubieran cumplido. ¿Y qué debían hacer a cambio? Devolver al Estado una parte de las tierras.
En la práctica, los grandes propietarios podían quedarse con las tierras más productivas y devolver las menos atractivas y rentables; quedándose con títulos definitivos sobre enormes extensiones. Mientras, el Estado recibía tierras de menor valor.
Las grandes compañías extranjeras también aprovecharon este proceso para quedarse con tierras y con los recursos que generaban, sobre todo las empresas inglesas.
Las inversiones (¿invasiones?) inglesas
Cómo decíamos al principio, la economía Argentina era muy dependiente de las inversiones extranjeras y en particular de las británicas. Con ellas se construía una infraestructura pensada fundamentalmente para sacar la producción al extranjero.
Los ferrocarriles -en buena parte controlados por capitales británicos- conectaban las zonas productivas con los puertos. El objetivo era llevar materias primas hacia Buenos Aires y Rosario y desde allí hacia los mercados internacionales. También se construyeron caminos, comisarías y puestos de frontera cerca de las grandes propiedades. Todo lo necesario para garantizar la producción y circulación de mercancías.
Es importante destacar que el interés por el desarrollo local y regional de las poblaciones del lugar era nulo. La Patagonia se incorporaba a una economía orientada hacia la exportación.
En 1889, cincuenta empresas inglesas que habían ido adquiriendo territorios se unieron para crear la Compañía de Tierras del Sud Argentino, conocida en inglés como The Argentine Southern Land Company. Su directorio estaba en Londres y en total llegó a reunir más de 900.000 hectáreas. más de cuarenta veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires
Su actividad estaba orientada fundamentalmente a la producción y circulación de materias primas, sobre todo lana y carne ovina. Obtuvo condiciones particularmente favorables. Durante décadas la compañía pudo producir, importar y exportar con importantes ventajas impositivas y cambiarias. La presidencia de Roca y Juárez Celman fueron claves para su asentamiento.
La Compañía de Tierras del Sud Argentino funcionaba prácticamente como un enclave britanico. Producía en la Patagonia, importaba buena parte de sus insumos desde Europa y conectaba su producción con los mercados de Chile y con los puertos del Atlántico y del Pacífico. Incluso llegó a existir un proyecto geopolítico mucho más ambicioso: la posibilidad de construir un corredor terrestre bajo influencia británica que conectara Inglaterra con Australia a través de la Patagonia y el sur de Chile.
La historia de estas tierras no terminó en el siglo XIX. En 1975, la empresa Great Western, perteneciente a terratenientes de la burguesía argentina, adquirió el paquete accionario de la compañía. Y en 1991, durante el gobierno de Carlos Menem, el empresario italiano Luciano Benetton terminó adquiriendo esas tierras.
La misma estructura territorial que había comenzado a construirse después de la campaña militar del siglo XIX todavía tenía consecuencias más de cien años después. Por eso esta ocupación centenaria sigue teniendo consecuencias en la actualidad.
Lo que pasó con las poblaciones indígenas y algunas conclusiones
El final de la campaña suele establecerse en 1885, cuando se produjo la rendición del cacique Sayhueque y tuvo consecuencias devastadoras. Miles de personas murieron y miles más fueron desplazadas.
Lo cierto es que nunca hubo una política de integrar a las comunidades indígenas a la construcción del estado nacional y del proyecto productivo. La intención fue desde un comienzo destruirlas, por eso fue un genocidio.
Quienes sobrevivieron fueron muchas veces separados de sus comunidades y utilizados como mano de obra barata. Algunos fueron destinados a trabajar en los campos que habían sido conquistados y otros fueron enviados a las ciudades para realizar tareas domésticas.
No se trató solamente de cambiar una frontera en el mapa. Cambió quién podía vivir en esos territorios, quién podía trabajar allí y, sobre todo, quién podía ser propietario de esas tierras.
La "Campaña al Desierto" fue una campaña militar que permitió al Estado argentino incorporar enormes territorios del sur bajo su control. Entre 1880 y 1914 se incorporaron alrededor de 400.000 kilómetros cuadrados solamente en la zona sur, sin contar los territorios incorporados en el Chaco durante el avance sobre el frente norte.
Fue fundamental para la consolidación territorial del Estado Nacional pero esa incorporación tuvo un costo enorme. Las poblaciones indígenas fueron desplazadas, miles de personas murieron y muchos sobrevivientes fueron convertidos en mano de obra barata y las tierras conquistadas no fueron distribuidas equitativamente.
Una enorme cantidad terminó concentrada en las manos de unas pocas familias vinculadas al poder, grandes terratenientes y empresas extranjeras sobre todo vinculadas al capital británico. Por eso, cuando hablamos de la "Conquista del Desierto", hay una pregunta que vale la pena hacer: ¿conquistada para quién? Porque el territorio fue incorporado al Estado argentino. Pero eso no significa que haya sido incorporado de la misma manera para todos los argentinos por igual. Además de que para las comunidades indígenas significó la pérdida de sus territorios y la destrucción de sus formas de vida.
Por eso, quizás la pregunta más interesante sea: ¿qué se conquistó y quién se quedó lo conquistado?
Porque detrás de la campaña militar hubo una conquista territorial y detrás de esa conquista territorial había un proyecto económico capitalista de acumulación de una minoría.
Y detrás de ese proyecto económico hubo una enorme disputa por algo que sigue siendo fundamental hasta hoy: la tierra.
Fuente: La Izquierda Diario
Por Claudia Ferri y Agustín Trapo
En 1878 comenzó una de las operaciones militares más importantes de la historia de la Argentina: la llamada Campaña al Desierto. El presidente era Nicolás Avellaneda y el encargado de dirigir el avance militar fue el general Julio Argentino Roca, que ese mismo año había sido nombrado ministro de Guerra después de la muerte de Adolfo Alsina.
¿Cuál era el objetivo? Expandir el territorio controlado por el Estado argentino hacia el sur de la provincia de Buenos Aires y, fundamentalmente, incorporar enormes extensiones de tierra a la economía ganadera. Esto era fundamental para el modelo económico que se estaba construyendo en Argentina.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, en Argentina se estaba consolidando un modelo económico agroexportador que consistía en producir materias primas, como carne y cereales, para venderlas en el mercado mundial.
Era una economía dependiente de las grandes potencias europeas porque dependía de los precios internacionales de esas materias primas y también de las inversiones extranjeras. Y entre esas inversiones tenían un peso enorme las británicas. Por eso, incorporar nuevas tierras no significaba simplemente agrandar el mapa sino también incorporar millones de hectáreas a un modelo económico basado en la producción agropecuaria y la exportación.
Ya se había avanzado anteriormente en la frontera sur. En la década de 1830, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, se había extendido hasta las zonas cercanas a los ríos Negro y Colorado. Pero Roca planteaba algo mucho más ambicioso porque quería avanzar militarmente sobre una enorme parte de la Patagonia.
Ahora para justificar ese avance había un problema y es que, en realidad, la Patagonia no estaba vacía.
¿Por qué se hablaba de "Desierto"
Este es uno de los puntos más importantes para entender la campaña. La palabra "desierto" puede hacernos imaginar un territorio prácticamente vacío pero eso no era así. La Patagonia estaba habitada desde hacía siglos por distintas comunidades indígenas, entre ellas, comunidades como la mapuche, y los tehuelches.
No eran grupos aislados que vivían completamente al margen del mundo político y económico. Durante siglos hubo relaciones comerciales, políticas y sociales entre las comunidades indígenas y también con las autoridades y pobladores criollos.
De hecho, la frontera era un espacio de intercambio, conflictos, negociaciones, comercio y alianzas. Es decir: no había un vacío que simplemente había que llenar, había personas viviendo allí, sociedades organizadas y había territorios que esas sociedades habitaban y controlaban.
Entonces, ¿por qué llamarlo "desierto"? El concepto no era inocente. Presentar esos territorios como un "desierto" permitía construir la idea de que se trataba de un espacio vacío, disponible para ser ocupado por el Estado. Sin población, sin personas, nadie tendría derechos sobre las tierras.
El término "desierto" ayudó así a deshumanizar a estas poblaciones y a justificar políticamente la violencia ejercida contra ellas. Se dejó de hablar de mapuche, tehuelches y todos pasaron a ser "el indio", el enemigo.
La campaña no buscaba simplemente incorporar a esas comunidades al nuevo Estado argentino. El objetivo fue avanzar militarmente sobre sus territorios y destruir las estructuras sociales que impedían la apropiación de esas tierras que ya estaban vendidas. Esto es probablemente uno de los aspectos más sorprendentes de toda la historia.
Las tierras que todavía estaban en manos de las comunidades indígenas comenzaron a ser distribuidas legalmente, a través de leyes, bonos y concesiones, cuando aún no habían sido conquistadas militarmente. En 1876, por ejemplo, la llamada Ley Avellaneda permitía entregar superficies de hasta 80.000 hectáreas a empresas colonizadoras. En 1878 otra ley estableció mecanismos para otorgar títulos de propiedad sobre las tierras que iba a conquistar la campaña militar.
Primero se diseñaba jurídicamente el reparto y después se avanzaba militarmente sobre el territorio. Incluso se vendían bonos a precios muy bajos: un bono de 400 pesos podía darle a su titular el derecho a elegir una legua de tierra una vez realizada la campaña.
El discurso oficial hablaba de colonizar y poblar. Pero las condiciones de acceso hacían que estas tierras pudieran quedar concentradas en manos de muy pocos. Y eso es exactamente lo que terminó ocurriendo.
Muchas de las concesiones establecían que quienes recibieran esas tierras debían fomentar la instalación de colonos, en algunos casos se estipulaba que debían radicarse hasta 2.500 familias pero en la mayoría de los casos no se instaló prácticamente nadie.
En lugar de pequeñas comunidades de colonos, se consolidaron grandes propiedades dedicadas a la ganadería extensiva. El proyecto de poblar el territorio fue "una vendida de humo". En realidad otro modelo: el latifundio, grandes extensiones de tierra concentradas en pocas manos.
Era mucho más que un proyecto de colonización. Era sobre todo un enorme proceso de apropiación y concentración de la tierra en muy pocas manos.
Los amigos del Estado
Ya durante las presidencias de Roca y de su sucesor, Miguel Juárez Celman, se produjo una enorme transferencia de tierras públicas hacia particulares y el Estado tuvo un papel central porque sin un control efectivo sobre muchas de estas operaciones, los compradores se repetían en los registros.
Algunos actuaban como testaferros, otros compraban tierras para luego venderlas a precios mucho más altos y así se fue consolidando un proceso especulativo. Las tierras podían ser transferidas, revendidas y acumuladas, y la distribución fue enormemente desigual. Grandes extensiones terminaron en manos de unas pocas familias vinculadas al poder económico y político.
Entre los grandes propietarios aparecen apellidos como Martínez de Hoz, Belisario Hueyo, Anzó, Ugarte y Cambaceres; además de muchos otros. Algunos recibieron superficies superiores a las 100.000 hectáreas. Martínez de Hoz, por ejemplo, recibió alrededor de 2.500.000 hectáreas. Quince veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires.
Otro nombre que surge de la repartición fue el de José Menéndez, que se convirtió en uno de los grandes propietarios de territorios del extremo sur, particularmente en Tierra del Fuego. Llegó a ser conocido como el "rey de la Patagonia" u su familia mantuvo durante generaciones una enorme influencia económica en la región.y
Pero hay algo todavía más importante es que la concentración de tierras no se limitó solo a unas pocas grandes familias argentinas, también participaron empresas extranjeras.
La Ley que terminó de legalizar este negocio se sancionó en 1891 en el Congreso. Ese año Argentina tenía que afrontar vencimientos de deuda y necesitaba conseguir dinero rápidamente. La llamada Ley de Liquidación, número 2875 facilitaba la venta de tierras y permitía obtener recursos rápidamente. Pero además tenía otro efecto fundamental: permitía entregar títulos de propiedad definitivos a los concesionarios.
Y había un detalle todavía más conveniente para ellos y era que muchas de las concesiones originales establecían condiciones que obligaban a poblar los territorios pero la nueva legislación permitió regularizar las propiedades aun cuando esas obligaciones no se hubieran cumplido. ¿Y qué debían hacer a cambio? Devolver al Estado una parte de las tierras.
En la práctica, los grandes propietarios podían quedarse con las tierras más productivas y devolver las menos atractivas y rentables; quedándose con títulos definitivos sobre enormes extensiones. Mientras, el Estado recibía tierras de menor valor.
Las grandes compañías extranjeras también aprovecharon este proceso para quedarse con tierras y con los recursos que generaban, sobre todo las empresas inglesas.
Las inversiones (¿invasiones?) inglesas
Cómo decíamos al principio, la economía Argentina era muy dependiente de las inversiones extranjeras y en particular de las británicas. Con ellas se construía una infraestructura pensada fundamentalmente para sacar la producción al extranjero.
Los ferrocarriles -en buena parte controlados por capitales británicos- conectaban las zonas productivas con los puertos. El objetivo era llevar materias primas hacia Buenos Aires y Rosario y desde allí hacia los mercados internacionales. También se construyeron caminos, comisarías y puestos de frontera cerca de las grandes propiedades. Todo lo necesario para garantizar la producción y circulación de mercancías.
Es importante destacar que el interés por el desarrollo local y regional de las poblaciones del lugar era nulo. La Patagonia se incorporaba a una economía orientada hacia la exportación.
En 1889, cincuenta empresas inglesas que habían ido adquiriendo territorios se unieron para crear la Compañía de Tierras del Sud Argentino, conocida en inglés como The Argentine Southern Land Company. Su directorio estaba en Londres y en total llegó a reunir más de 900.000 hectáreas. más de cuarenta veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires
Su actividad estaba orientada fundamentalmente a la producción y circulación de materias primas, sobre todo lana y carne ovina. Obtuvo condiciones particularmente favorables. Durante décadas la compañía pudo producir, importar y exportar con importantes ventajas impositivas y cambiarias. La presidencia de Roca y Juárez Celman fueron claves para su asentamiento.
La Compañía de Tierras del Sud Argentino funcionaba prácticamente como un enclave britanico. Producía en la Patagonia, importaba buena parte de sus insumos desde Europa y conectaba su producción con los mercados de Chile y con los puertos del Atlántico y del Pacífico. Incluso llegó a existir un proyecto geopolítico mucho más ambicioso: la posibilidad de construir un corredor terrestre bajo influencia británica que conectara Inglaterra con Australia a través de la Patagonia y el sur de Chile.
La historia de estas tierras no terminó en el siglo XIX. En 1975, la empresa Great Western, perteneciente a terratenientes de la burguesía argentina, adquirió el paquete accionario de la compañía. Y en 1991, durante el gobierno de Carlos Menem, el empresario italiano Luciano Benetton terminó adquiriendo esas tierras.
La misma estructura territorial que había comenzado a construirse después de la campaña militar del siglo XIX todavía tenía consecuencias más de cien años después. Por eso esta ocupación centenaria sigue teniendo consecuencias en la actualidad.
Lo que pasó con las poblaciones indígenas y algunas conclusiones
El final de la campaña suele establecerse en 1885, cuando se produjo la rendición del cacique Sayhueque y tuvo consecuencias devastadoras. Miles de personas murieron y miles más fueron desplazadas.
Lo cierto es que nunca hubo una política de integrar a las comunidades indígenas a la construcción del estado nacional y del proyecto productivo. La intención fue desde un comienzo destruirlas, por eso fue un genocidio.
Quienes sobrevivieron fueron muchas veces separados de sus comunidades y utilizados como mano de obra barata. Algunos fueron destinados a trabajar en los campos que habían sido conquistados y otros fueron enviados a las ciudades para realizar tareas domésticas.
No se trató solamente de cambiar una frontera en el mapa. Cambió quién podía vivir en esos territorios, quién podía trabajar allí y, sobre todo, quién podía ser propietario de esas tierras.
La "Campaña al Desierto" fue una campaña militar que permitió al Estado argentino incorporar enormes territorios del sur bajo su control. Entre 1880 y 1914 se incorporaron alrededor de 400.000 kilómetros cuadrados solamente en la zona sur, sin contar los territorios incorporados en el Chaco durante el avance sobre el frente norte.
Fue fundamental para la consolidación territorial del Estado Nacional pero esa incorporación tuvo un costo enorme. Las poblaciones indígenas fueron desplazadas, miles de personas murieron y muchos sobrevivientes fueron convertidos en mano de obra barata y las tierras conquistadas no fueron distribuidas equitativamente.
Una enorme cantidad terminó concentrada en las manos de unas pocas familias vinculadas al poder, grandes terratenientes y empresas extranjeras sobre todo vinculadas al capital británico. Por eso, cuando hablamos de la "Conquista del Desierto", hay una pregunta que vale la pena hacer: ¿conquistada para quién? Porque el territorio fue incorporado al Estado argentino. Pero eso no significa que haya sido incorporado de la misma manera para todos los argentinos por igual. Además de que para las comunidades indígenas significó la pérdida de sus territorios y la destrucción de sus formas de vida.
Por eso, quizás la pregunta más interesante sea: ¿qué se conquistó y quién se quedó lo conquistado?
Porque detrás de la campaña militar hubo una conquista territorial y detrás de esa conquista territorial había un proyecto económico capitalista de acumulación de una minoría.
Y detrás de ese proyecto económico hubo una enorme disputa por algo que sigue siendo fundamental hasta hoy: la tierra.
Fuente: La Izquierda Diario
